miércoles 4 de noviembre de 2009

En torno a José Corredor-Matheos



No hay ninguna razón
para estar triste.
No hay ninguna razón
para estar triste,
ni para estar alegre.
No hay razón para nada.
Y sé feliz así.

Para quienes hemos crecido sobre la convicción de que el poeta debe de alejarse de las evidencias con la misma determinación con que el gato lo hace del agua, enfrentarse a la poesía de José Corredor-Matheos es, en sí mismo, una experiencia tan perturbadora y tan desconcertante como pueda serlo toda cura de humildad.

José es, como su nombre cuenta, un auténtico corredor de fondo que merodea con humilde delicadeza en torno a todas aquellas evidencias que, por serlo, hemos dejado de ver; y, de entre todas ellas, escoge como material para su creación las que, sometidas a la más simple y austera contemplación, son capaces de convertirse por sí mismas en una ventana entornada hacia el conocimiento propio. Sus levísimos poemas nos sitúan ante lo que las evidencias guardan en sí mismas de misterio en el instante preciso en que, por nuestra ceguera, se tornan invisibles; si se me permite la metáfora, nos colocan frente al viento que pasa en el momento en que, acostumbrados ya a él, dejamos de advertir su paso. Sus poemas, en fin, nos ofrecen la deliciosa oportunidad de reencontrarnos con las pequeñas cosas que apenas advertimos y de iniciar, a través de ellas, un reconfortante camino de retorno hacia nuestra más abrumadora desnudez.

Su negativa a enfocar la mirada sobre las regiones más dramáticas y oscuras de la realidad, y su renuncia a manejarlas con retóricas extremas e incendiarias capaces de ensanchar literariamente las complejas emociones derivadas de la misma, situaron a José Corredor-Matehos en las antípodas de la “estética del dolor” con que los poetas del realismo social de la generación de los cincuenta –a la que pertenece- pretendían hacer de la poesía un instrumento revolucionario.
Cono Ángel Crespo, Ángel Valente o Antonio Gamoneda, se atrevió a merodear en torno a las zonas más misteriosas e inefables de la realidad visible; se atrevió a desnudar las pequeñas cosas hasta "dejar tan sólo el hueso, /…/ como puñal o luz / que ilumine la noche / a mediodía"; se atrevió a afianzar la emoción poética precisamente en ese íntimo temblor que acontece en las pequeñas cosas como un "algo que madura" y "no quiere morir", como un "algo" que crece en el silencio y que nos mira. Y se atrevió, finalmente, a utilizar la poesía como una construcción intelectual al servicio del conocimiento. En este sentido, Corredor ha llevado hasta el extremo y -en buena medida hasta su consumación- los principios de ese "realismo mágico" que se desarrolló en la periferia de la poesía española en los años cincuenta, y que anidó especialmente en las tierras manchegas de las que procede.
A nadie puede extrañarle pues que, dadas sus opciones, el poeta fuera acusado de nihilista por muchos compañeros de su propia generación, especialmente por aquellos que veían en la poesía una estrategia de político combate o –en palabras de Gabriel Celaya- un “arma cargada de futuro”. Tal vez por esa misma razón, y por su acercamiento particularísimo a la poesía oriental, cuando muchos de esos poetas que entonces le excluyeron comenzaron a adentrarse como enormes fardos viejos en las ciénagas de lo olvidable, su nombre emergió de la intrahistoria con inusitada fuerza para convertirse, en los años setenta, en uno de los más apreciados referentes literarios de la poesía española. La proverbial sencillez de sus composiciones y la extrema humildad de su abrazo constante a lo real, le permitieron seguir siéndolo incluso cuando, a partir de la década de los ochenta, los partidarios de la realidad –en sus diferentes versiones– se alzaron con la hegemonía en el mundo literario. Y en el año 2005, cuando menos lo esperaba, los continuos y sencillos gestos de sabiduría que su poesía, en medio del silencio, nos fue dejando, la granjearon el reconocimiento general y le valieron el Premio Nacional de Poesía y su consagración como una de las voces más singulares y capaces de la poesía española del siglo XX.

Me acerco muchas veces a los ligerísimos poemas de José, un hombre -y un poeta- que se muere de sencillo. Cuando, como hoy, la vida no me da ni para apoyarme en la mesita de noche, me ato a su palabra tal a un poste, como un San Sebastián cansado al que no ha llegado aún el fulgor de la primera flecha. En momentos así, si de algo me siento emocionalmente compensado es de haber editado, en el año 2005, su Deja volar la pluma en el paisaje, y de haberlo hecho meses antes de que aconteciera su consagración definitiva. Yo os invito a vivir una experiencia inolvidable acercandoos a él, no sólo a través de estos dos breves poemas que aquí dejo tallados, sino en esta extensa selección que, en otro lugar, hace tiempo ya ofrecí a quienes quisieron -y pudieron- entonces disfrutarla.

Quede todo aquí, como una brindis para el amigo, pero también como un gesto de amistad y de cariño hacia esos queridos merodeadores que, de vez en cuando, aquí llegan para dejar su fuego y para arder en este...

Qué maravilla
la de haber nacido.
Qué maravilla, sí:

haber nacido ciegos.. .

***

En estos enlaces podréis encontrar más información sobre José Corredor-Matheos

Poemas...Biografía...Libros del autor editados por El toro de Barro...




Carlos Morales






sábado 27 de junio de 2009

Francisco Mora, "Memoria del Silencio"

Rivera


NOVIEMBRE

Tarde gris de lumbre
y hojarasca.
Noviembre.
Silba un tren,
en el rail, un niño
atento, escucha.
Un temblor súbito.
Un vuelo amarillo.

Una flor
desvanecida.



Poemas así son como un navajazo. Y los navajazos siempre dejan cicatriz. Con él, y con otros como él, el poeta Francisco Mora abrió con Memoria del silencio, allá por el año 2000, una brecha formidable en el edificio de una obra poética -la suya- de gesto neoromántico; una poesía elevada sobre el plinto de la devastación que deja ese tiempo que pasa y no sabe detenerse pero que consagraba la memoria como el territorio más propicio y sagrado para el conocimiento del "yo":


Por el río van caballos

De nuevo, el otoño batiendo los postigos,
como si nunca antes la vida tejiera sus tapices
en la casa.
Otra vez el vértigo abisal de la existencia hurgando
en las cómodas, trazando signos de duda en las
paredes y sobre la cal de mi alma.
Inmóvil, en el cuarto hay un hombre que mira
y no pregunta,
inmóvil, junto a mi lecho, el curso del río
viste canas amarillas y paréntesis de hierba.
Este es el lugar de la ruina y el silencio,
bajo este techo de arrogancia alcé una cabaña
de naipes y palabras
que tumbó el vendaval. En tránsito
mi voz clamando por la herida,
en esta mies de nadie enjalbegada de fiesta
que cicatriza en mi carne.

Una vez más el otoño golpeando los cristales,
dibujando caballos ocres en el río,
hermosos caballos rotos entre la niebla.

Caballos de tristeza semejantes a mi alma.

"Noviembre" no era, en modo alguno el único camino de rupura con aquel mundo melancólico marcado por casas destruidas y galopes de caballos en el alma. Un majestuoso poema, La bruma, irrumpía como un potro jubiloso invitándonos a un viaje salmístico y desconocido por los laberintos de la propia desaparición: una de las joyas literias más asombrosas y bellas que he tenido la fortuna de tocar con las pequeñas manos de mi vida de editor, y que desde aquí invito a atravesar con la más absoluta y asombrada de las humildades. Todo ello, en fin, compartía protagonismo en Memoria del silencio, convirtiendo el poemario en la consumación de un mundo en el mismo momento en que el poeta comenzaba a dejar ese mismo mundo atrás.

Después vino un largo y adustísimo silencio, que Francisco Mora tardó casi diez años en romper, con esas Palabras para decir tu nombre que todavía andan con la tinta prendida en la solapa. Merecía la pena esperar.

lunes 15 de junio de 2009

"Resurección", de Rafael Talavera

Friedrich


ESCENAS EN EL JARDÍN

(IV)


Rafael Talavera



Da miedo dividirse, con un corte tan limpio en la mitad del ser: luz, sombra.
El alba, que es dulzura, soldará las dos partes, las restañará.
No existe herida alguna entre el día y la noche, ni vacío enquistado,
sino un vuelo sonámbulo que goza demorándose, aquí, allá, en las islas
más claras de los árboles, en los vacilantes dibujos de los lirios, en los brocales
de los pozos inciertos que imaginan las sombras en los jardines.
Algo sutil se mezcla, se funde, se difunde. Da miedo otra resurrección,
ser dibujado por claridades que dudan,
ser otra vez cuerpo real, carnal juego de aún dormidas luces.
El alba es un terreno peligroso, desconfianza, un éxtasis sin mente, desolada llanura,
desierto con dunas que ahogan el sentido común.
Dicen que así es la muerte: tierra de nadie entre ni luz ni sombra
y el universo encima, mutando, pivotando, agigantándose, agrietándose.
Uno no sabe qué hace aquí: de pie, lúcido, solo, absorto, ¿vivo?, ¿muerto tal vez?, ¿abandonado?
Da miedo dividirse, ser, volver a ser.
Pero se intuye, al fondo, nada aún, casi un rosa,
o un rosa muy, muy lívido, o un blanco, un casi blanco.
Ya vuelan, aún sin árbol, mariposas blanquecinas, las flores, las del peral.
Ya asciende terso el humo, pan recién hecho, hacia los altos nidos de los pájaros.






Desde la edición por El Toro de Barro, en 1975, de Llámale como quieras, Rafael Talavera había guardado un escrupuloso y sonoro silencio en los papeles. Un silencio que, gracias a la Excelentísima Diputación de Cuenca, se acaba de romper con la publicación de su Gran angular, el volumen antológico que recoge la práctica totalidad de la escritura que salió de sus manos de pintor desde que deciera abandonar los escenarios de la literatura para inciar una larga travesía entre los pinceles.
La composición con que hemos querido celebrar sus renovados golpes de nudillo en nuestra puerta, y que no es sino la cima de un poema de más largo recorrido, es -en buena medida- una metáfora de su resurección, y, a la vez, la expresión más ancha y en todo su explendor de una poesía pictórica que tiene en las imágenes su herramienta sagrada; una poesía, la suya, en la que, dejando a un lado algunas concesiones a los impulsos vitales de la íntima cotidianidad tan ligados a algunos momentos de su producción, aprovecha con sabiduría el lenguaje simbólico y la emoción derivada de los mitos de siempre para escenificar los complejas geografías de la pasión humana, de la que Rafael Talavera es un terco merodeador.





viernes 13 de marzo de 2009

"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla

Al Magnus

Ante un paisaje de Ma-Yuan
(Tinta sobre papel, siglo XIII, dinastía Song)


Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.


***

Cuenta una antigua y hermosísima leyenda cómo, cierto día, un comerciante europeo se quedó prendado de una adolescente que bailaba como una lengua de fuego en una de las tabernas que flanqueaban el zoco de Damasco. “Qué voluptuosa eres, muchacha”, le dijo blandiendo al cielo una copa de vino. Y ella, acercándose hacia él, le respondió mirándole a los ojos con los ojos redondos de su asombro: “Viajero, ¿qué es la voluptuosidad?”.
La leyenda no nos cuenta lo que hizo el venerable mercader de especias cuando aquella muchacha, con su enorme inocencia, le arrojo a la cara los vientos del este, pero sí sabemos lo que ha hecho Juan Ramón Mansilla en su Fugaz, al que pertenece esta delicada composición poética que otro viajero acaba de leer: un poemario nacido -tode él- de la contradicción, que se nos da como la inusual cosecha de un mundo literario crecido a la sombra abigarrada de la poesía inglesa pero alumbrado -de pronto– por Oriente y sus farolillos rojos.
Todo ello convierte Fugaz, ante mis ojos, en uno de esos palacios de invierno que, después de haberlos recorrido una y otra vez, te devuelven siempre la certeza de que aún existen puertas por abrir.
Por esa razón, El buscador de joyas
ha dedicado a ésta que ahora comparece ante los ojos de los merodeadoresde la noche, y que todavía es fácil de econtrar en algunas librerías, un apunte en su asombrado cuaderno de bitácora: no más que un brindis tranquilo por un autor de creciente y sinuosa bigrafía que, por la fuerza de los hechos y de algunas de sus arriesgadas cabalgadas literarias, se ha convertido para muchos en un poeta de culto llamado a perdurar en los bosques del alma...


(Biografía de Juan Ramón Mansilla; Antología poética; Comentarios y reseñas de su obra literaria; Títulos del autor editados por El Toro de Barro y blog del autor)

lunes 18 de agosto de 2008

La razón ebria, de Vicente Gallego...



VAMOS ALTO
(MDMA)

Vamos alto esta noche,
que me ha mirado mal
el alma mía.
Dame un dulce veneno y vamos lejos.

Dejémosle a la muerte
pan y agua,
porque vendrá hoy también a compartir
la mesa y no estaremos.
Ni un respeto de más:
lo que le debe el miedo solamente,
que el amor lo traemos con nosotros.

A su vicio peor va entregándose el alma,
que es no darnos consuelo,
que es pisar mal la uva
y es agriarnos el vino.

Sin temor,
vamos alto,
vamos hondo en el trago.
Porque somos ya el cuerpo de la noche
nos abandona el cuerpo,
y un claro tornasol se traga el mundo
para escupirlo libre
de su exacta ecuación, de su fiel resultado.

Y si alguien, un día,
os anuncia que he muerto,
decidle que a la muerte
le di tan sólo aquello que era suyo,
pan y agua,
que el amor aún lo traigo de mi parte,
que en el amor mi muerte va de vuelo.

***

Quién conozca un poco la biografía del poeta español Vicente Gallego, caerá en la cuenta de hasta qué punto es necesario adentrarse en el mundo de lo que ya nadie quiere para acceder al conocimiento de lo que no puede morir. Eso me dije cuando, allá por 2003, me dispuse a preparar la edición de sus poemas de La razón ebria en un humilde Cuaderno del Mediterráneo, un tiempo antes de que el jurado del Premio Nacional de Poesía honrara al joven poeta valenciano y de que los mismos fueran incluidos en uno de esos libros cuya navegación, como botella de náufrago, nunca hallará rada en que guarecerse, en la Santa deriva...

No era la primera vez que editaba la obra de un poeta de la experiencia, pero sí que, como consecuencia de ello, comencé a notar cómo comenzaban a debilitarse de hecho los vínculos -ya antiguos, y por mi parte firmes- que habían unido la tradición del Toro al destino de la poesía española de vanguardia: pareciera que reconocer lo valioso a que pudieran dar lugar las múltiples tendencias literarias que, en un momento dado, pueden competir por la prelacía en los papeles que administran la mayor o menor eternidad de los mortales pudiera ser tomado como delito de lesa traición. En fin, son cosas que pasan, pero que merman la confianza en nuestra capacidad como lectores y como creadores para caminar sin caerse por rutas distintas a las que marcan los númenes de de la propia mesnada; para mezclarse y aprender con los distintos -sin perder la propia identidad- las claves de un mundo que se nos escapa y de cuyos laberintos ninguno nacimos enseñados...












martes 19 de febrero de 2008

Palestina e Israel: el «peso de sus muertos».

Palestina, Israel: el «peso de los muertos»

Carlos Morales

N
ada tiene de extraño que la Organización Islámica de la Educación de las Ciencias y de la Cultura, en la que se encuadran organizaciones gremiales -públicas y privadas- financiadas por los gobiernos teocráticos y más o menos totalitarios de 50 países del mundo árabe, hayan lanzado una especie de «fatwa» contra el Salón del libro de París, aduciendo que con él se ha querido homenajear la literatura de un estado que, como el de Israel, practica el «genocidio» contra el pueblo palestino. Lo que sí resulta demoledor para los que, desde distinto campos, hemos procurado establecer un cauce de encuentro entre las culturas de dos pueblos condenados a entenderse, es la incapacidad de las grandes individualidades de la literatura árabe para emanciparse no tanto de la «presión moral» nacida de la tragedia palestina como del uso que de ella están haciendo los gobiernos árabes para mantener intacta la «cultura de guerra» generada por sesenta años de conflicto.
La sumisión a este anatema protagonizada por algunos de los más grandes escritores árabes contemporáneos, entre los que cabe destacar al egipcio Alaa Al Aswani, el anglopaquistaní Tariq Ali, los argelinos Boualem Sansal o Maïssa Bey y los marroquíes Fouad Laroui o Youssef Jebri, es tanto o más desconcertante cuanto los cerca de cuarenta escritores hebreos que han sido convocados a cónclave son gentes que en su vida pública y profesional están lanzando los más demoledores alegatos contra la actual «política de defensa» del gobierno israelí, poniendo todo el peso de su voz en favor del abandono de los territorios ocupados y de la creación de un Estado Palestino viable e independiente. Si intelectuales de la talla de Amos Oz, David Grossman, Avraham B. Yehoshua, Meïr Shalev, Margalit Matitiahu o el desaparecido Nathán Yonathán han sido capaces, en su obra y con su vida, de interiorizar la «presión moral» de sus hijos muertos -que también los tienen- para convertirla en el gran argumento vital de una sociedad israelí que clama por la reconciliación con el pueblo palestino; si han tenido el coraje de de hacer de ella la principal razón de su combate radical contra los grandes mitos antiárabes y antipalestinos con los que cierta cultura israelí ha generado su poderosa y particular «cultura de guerra» ¿qué impide a estos grandes escritores árabes hacer lo mismo en sus propias naciones?

En los años noventa, y en el contexto pacificador abierto por los Acuerdos de Oslo, también ellos comenzaron a dar pasos en esa misma dirección, haciendo de las ferias y congresos literarios internacionales escenarios habituales para la confraternización franca y pública con sus colegas hebreos. Es verdad que nunca dejaron de proclamar la «suciedad de origen» del Estado de Israel, pero su apuesta por el diálogo intelectual llevaba implícito el reconocimiento de que una gran parte de la cultura y de la sociedad civil israelí estaba apostando decididamente por la creación de un Estado Palestino independiente y viable. Y aunque su manifestación pública siguiera siendo dubitativa, resulta evidente que estas nuevas percepciones de la intelectualidad árabe, que habían dejado de contemplar al pueblo y al estado hebreo como un pueblo y un estado genocidas, supuso un duro golpe para la maquinaria ideológica de guerra con que los partidarios de seguir utilizándola para ampliar su hegemonía –Irán, Irak y Siria- venían apuntalando los posicionamientos más radicales de la «resistencia palestina».
Todo este proceso comenzó a desmantelarse poco a poco cuando la laboriosa coordinación de estas potencias regionales y las provocaciones de Ariel Sharon desencadenaron, en el año 2000, la II Intifada. En un contexto democrático homologable al de los países de Occidente, los intelectuales y escritores de Israel pudieron resistir con mayor vigor el fortalecimiento y la expansión en su propio territorio de esa «cultura de guerra» para la que todo palestino era un terrorista. La energía con la que, desde el primer momento, Amos Oz, David Grossman, Nathán Yonathán, Yoav Hayeck, Orsion Bartana o Margalith Matitiahu levantaron su voz contra la solución militar al problema palestino contrasta vivamente con el retraimiento casi generalizado de los intelectuales y escritores del mundo árabe a la hora de mantener públicamente el mismo posicionamiento crítico que con tantas dificultades habían logrado apuntalar en los tiempos de paz, y del que sus homólogos israelíes estan haciendo gala aún en tiempos de guerra.

Sólo un puñado de escritores de la mayoritariamente árabe región israelí de Galilea, como Shamer Khair, Mohamed Ali Taha o Naim Araidy, lograron a duras penas retorcer el cuello al corazón y enfrentarse con éxito a la «cultura de guerra» que parecía obligar a lanzar violentos anatemas contra el pueblo de Israel. No les fue fácil arrastrar hacia los principios pacifistas el fiel de la balanza de ese delicado y terrible «conflicto de doble fidelidad» que amedrenta y confunde los espíritus en tiempos de guerra, ni mantener vivo el movimiento que abogaba por la reconciliación ante la incomprensión por parte sus colegas árabes y de los peligros que podía representar para su prestigio profesional y para su propia vida manifestar públicamente una actitud que podía ser entendida por los sectores más radicales de su propia cultura como un acto de «traición» hacia la causa árabe. La celebración cada primavera de los ya legendarios Encuentros de Maghar se ha convertido desde entonces y durante muchos años en el único escenario donde ha sido posible la confraternización literaria entre las cultura árabe e israelí, y en los que sólo en fechas muy recientes tuvieron el valor de hacerse oír el poeta jordano Zakaría al Omari y los poetas palestinos Saed Abo Tbanja y Mona Abo Jousif. De ese más que notable ejercicio de valor protagonizado por quienes consintieron en compartir el mismo pan y la misma mesa nació, precisamente, Coexistence , una pequeña antología que tuve el honor de coordinar y publicar en el año 2002, y que sigue siendo el único documento literario que ha sido capaz de aglutinar la obra de algunos de los poetas árabes y hebreos más firmemente comprometidos con la causa de la reconciliación.

A diferencia de sus colegas galileos e israelíes, las grandes individualidades de la cultura árabe de hoy no han sabido transformar el peso de sus muertos en una fuerza ideológica lo suficientemente sólida como para enfrentar los espejismos del mito antijudío construido por la clase política que los gobierna y como para extender entre sus sociedades la necesidad de promover el encuentro y la reconciliación con el pueblo hebreo. Y los que lo han logrado, no han salido a la calle o a los medios de comunicación para desmontar la «ideología de guerra» emanada de los poderes teocráticos bajo los que sobreviven, y que los movimientos religiosos de corte waabista no han hecho otra cosa que revitalizar. Eso es, precisamente, lo que han hecho los escritores hebreos con los que ahora parecen no querer compartir un plato caliente de comida, pero porque lograron mantener un contexto democrático que lo hacía posible. No. No es sólo la «presión moral» del drama palestino lo que hace comprensible la actitud de estos grandes escritores árabes. Es, también, el miedo a manifestarse en sociedades gobernadas por regímenes totalitarios y sacudidas, desde la guerra de Irak, por una marea yihadista que, nacida de la perversión del Islam, no puede tolerar la disidencia. En estas condiciones no siempre es posible ni exigible el ejercicio del valor. ¿O es que tenemos que recordar las «fatwas» lanzadas por los poderes religiosos islámicos contra los escritores e intelectuales árabes que han sido capaces de reivindicar para sí la libertad de expresión y pensamiento?







viernes 8 de febrero de 2008

Un pájaro en la luz...


"un pequeño infierno florido,
una cadena de rosas,
un calabozo de aire..."




Cuando te regalan un reloj, te entregan "la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo" un reloj, "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire...". Eso lo dijo Cortázar, madre, y no me preguntes dónde. Y en ello pienso ahora, en el reloj de boca quebradiza que hace lo que puede -que ya es poco- para entonar las horas, cuando te veo yacer sobre la cama de un hospital, con los ojos sin brillo, nublados y remotos...
¿Detengo el reloj y te ayudo a marchar?
¿O te ayudo a quedarte y te beso?
Te pregunto y no sabes responderme;
urjo una respuesta, y no puedes responder, o ya no sé escucharte...
Me cuesta saber que lo que queda de ti no tiene más consistencia que una rosa en el desierto,
y que las manos que me acariciaron un día no son más fuertes ya que las alas de una mariposa que el invierno ha congelado de repente bajo las botas del aire...
¿Apago el reloj?
¿Acorto las horas para ayudarte a entrar como un pájaro en la luz?
¿O te acuno el dolor y te lo duermo
para quedarme a solas con lo que fuiste tú,
y yo más limpio?
Hoy, madre, eres tú el libro de páginas selladas que no sé cómo abrir.
Tuya es la página que habla con invalida ternura entre mis manos confusas y pequeñas.
¿Azuzo el reloj?
¿Abro las puertas de la antigua y dorada jaula en que alguna vez volaste?
¿Te retengo un poquito más, aquí, conmigo,
o soplo sobre ti para que vuelvas a los montes
con tus ovejas y tus árboles
como una pavesa pequeña flotando entre las sombras?
¿Qué he de hacer, Madre, qué he de hacer para ayudar
a un pájaro dispuesto para entrar en la luz de la noche,
en "la hora que no es de los bühos ni de las alondras"...

Te quiero, pero no sé cómo decírtelo....
Adiós, madre,
Adiós.