El Toro de Barro

El Toro de Barro

jueves, 28 de agosto de 2014

«Israel y Palestina: dos mitos para un solo dolor», de Carlos Morales


Meghar (Israel), fotografía  de C. Morales
dos mitos para un solo dolor 
____________________________________



Contemplo en un diario la mirada afable de Kenizé Mourad, la única heredera del último sultan del gran imperio turco. Su belleza madura sigue siendo hoy testimonio vivo de la orfebrería otomana. La suya es la mirada afable de unos ojos enredados en la melancolía, suspendida todavía de aquellos bravos tiempos en que una incendiada juventud bailaba como un derviche loco al son de los tambores del estalinismo, cuyo son de fuego proclamaba la naturaleza perversa de la nación judía, mientras -con un cigarro en la mano- se lamenta amargamente del silencio de la vieja Europa ante el drama palestino...
    La escucho, sí, pero no salgo de mi asombro pues, por más que me empino y saco la cabeza de la caja, por más que rastreo entre los papeles como un can irlandés venido a menos, no soy capaz de hallar en lado alguno alguna humilde hoja de papel que no se compadezca del “aplastamiento total de la sociedad palestina” por ese pueblo hebreo tan dado de natura a la barbarie. Nobeles hay incluso –y uno se acuerda de don José Saramago, y su monóculo de la ceguera– que no ven en Israel otra cosa que una corral de peludos animales con la fauce dispuesta a ensayar en Palestina un genocidio moderno, semejante al Holocausto que en propia piel vivieron bajo las botas brillantes del Führer y su Reich...Ni siquiera Stalin, cuyo manual del perfecto antisemita se abate todavía sobre la mejor izquierda europea como la sombra que proyectan las alas abiertas de un estornino, pudiera haberlo dicho mejor, ni tampoco más alto...

     Existen quienes, tristemente, parecen haber olvidado que la labor de un intelectual no es, precisamente, la de utilizar los papeles que su bien merecido prestigio les ofrecen como una linde de campo en donde desahogar las urgencias de un cuerpo ahíto de prejuicios antiguos y de mitos desde hace tiempo doblegados. Porque si la princesa y el Nóbel se hubieran empeñado en amansar los caballos levantiscos de su corazón; si se hubieran apartado de la frente el bucle de la melancolía con un apuesto gesto de cabeza se habrían seguido escandalizando -¡y quién no!- por la suerte de los niños palestinos muertos por las balas de Israel, pero también se habrían preguntado, a buen seguro, y públicamente, por las extrañas razones que, hoy como ayer, habrían llevado a unos padres, se supone que sensatos, a sacar a sus hijos de la escuela y a enviarlos en nombre de Alá, con un puñado de piedras en la mano, o una bomba en la cintura, a una muerte segura en las trincheras del rencor...
Margalit Matitiahu
Tengo un morboso interés en saber qué hubieran pensado algunos intelectuales al ver al poeta árabe Naim Araidy y a la poeta hebrea Margalit Matitiahu pasar cogidos de la mano por el estrecho pasillo que les dejó la multitud de Cuenca o del Círculo de Bellas Artes de Madrid, mientras me era dado el privilegio de conducirles al estrado adonde fuimos llamados a presentar Coexistence, una pequeña antología que recogía la obra de tres poemas palestinos y tres poetas judíos que tenían en común su férreo combate contra los muchos mitos culturales que, a día de hoy, impiden la reconciliación de dos pueblos condenados a entenderse. ¿Acaso que ese árabe tranquilo, cuyos gestos elegantes parecen los de un auténtico caballero inglés, es menos árabe, o un árabe traidor, por no querer la destrucción de Israel ni dejarse caer en los delirantes catones que entre los suyos promueven los árabes “verdaderos”, los únicos que cuentan, los radicales islámicos? ¿Acaso que esa menuda sefardí de los Balcanes que perdió a todos sus antepasados en los salones de Auschwitz es una loba hebrea disfrazada con una piel rubia de cordero, o una traidora a la causa de Israel?
Naim Araidy
Cada vez que algunos intelectuales de occidente levantan bienintencionadamente desde un púlpito el dedo anular de sus admoniciones, la realidad acaba convertida en algo no muy distinto a una vasija de barro que ellos mismos hubieran arrojado, escaleras abajo, desde la cima más altas de sus mitos seculares. No es que no quieran; no es que no quiera, es que, aplastados por el peso del prejuicio, su discurso no les permite dibujar en el cuadro a esos millones de ciudadanos hebreos que, a pesar de los atentados terroristas de los adoradores de Alá, siguen ocupando las calles de Tel Aviv exigiendo un acuerdo justo con los palestinos; ni tampoco a esos millones de árabes-israelíes que pueblan la hermosa Galilea y que se alejan como pueden de los espejismos de la ira y del rencor que, esparcidos por doquier por algunos enloquecidos imanes desde las escuelas coránicas, desde las mezquitas y las universidades, no aceptan la construcción de un Estado Palestino si no es sobre la destrucción –previa, absoluta y total– del pueblo y del Estado de Israel...

Nathán Yonathán

"Para occidente, nosotros no existimos”, reflexionaba en alto ese bellísimo árabe que es Naim Araidy ante un par de descolocados periodistas españoles. “Hablais de los árabes y os imagináis a sirios y jordanos, a egipcios e iraquíes, a iraníes o afganos, pero ¿y los árabes de Israel, los que no enviamos rodeados de bombas a nuestros hijos a las calles de Jerusalén ni glorificamos su muerte?...para Uds. no existimos, no somos nada. Nada. Nada. Nada”. Nadie sabe cuántos son los árabes hartos de sus líderes, de sus imanes y de las tiranías teocráticas que les gobiernan, porque con el beneplácito de occidente no existen entre ellos democracias que garanticen la más mínima libertad de expresión, y cualquier disidencia se paga en sus desiertos con la exclusión o con la misma la muerte. Más visibles son en la democracia israelí los hijos del valor que apuestan por la reconciliación, pero de nada les sirven sus trabajos porque el enorme ojo público del Gran Hermano de Occidente prefiere ver los tanques destructores al brazo que se extiende con ánimo de paz y una flauta en la mano.
     Ellos, los borrados del mapa de nuestras percepciones, los ausentes del terrible drama de Israel y de Palesina, los que creen posible una paz justa basada en el reconocimiento mútuo de dos estados viables e independientes, son los grandes, los auténticos, los únicos perdedores en esta guerra absurda de intelectuales ciegos cuyas torvas arengas y ligeras proclamaciones no hacen otra cosa que dar aire a los poderosos grupos extremistas que han convertido una tierra hermosa en una ciénaga de barbarie y de locura. Dos mitos terribles, sí, para un solo dolor. ¿Qué crédito nos puede merecer el objetivo de quien, en virtud de su antisemitismo, glorifica extenuadoramente al mundo árabe o el de quien, por su amor sin fisuras al pueblo de Israel, sólo ve en el mundo árabe un sumidero de fanáticos y de terroristas? No mayor que el que tiene un caballo hermoso para un gitano viejo que no ignora que, antes de adquirir el más bello de los animales, no está de más mirar su dentadura. Pero entre nuestros intelectuales no existen ya -o son muy pocos- los gitanos viejos de sombrero de fieltro y caña de rey, y el pensamiento europeo relincha como un caballo hermoso que cabalga sobre siglos de prejuicios con los dientes cariados bajo cuyos cascos, cada día, la razón dobla sus rodillas e inclina su ya vieja testuz de hermosa pero inútil cabellera. Por eso, en días como hoy, yo prefiero, francamente, el lomo de Platero...
Más no quiero concluir mis palabras bajo el peso de la decepción, sino con un poema homenaje dedicado a quienes, como su autor, Nathan Yonathán, iniciaron el camino, valeroso y difícil, que les condujo a liberar su espíritu de las cómodas cárceles de las ideologías. 


Al final del camino

En todo lugar
hay un precipicio para los valientes
y una sombra para los exhaustos
y un manantial volcando su frialdad.
En todo amanecer
hay rocío para los temblorosos
y luz para los amantes
y frías piedras y salvajes pastos.
En todo anochecer
hay un sosiego para los tempestuosos
y liviandad para los solitarios
y una roca para los que yacen al final del camino.


Traducción de Esther Solay-Levy

Posdata: Aquí os dejo los enlaces con una  breve selección de poemas de algunos de los poetas árabes e israelíes que trabajan por la reconciliación. Poetas, todos ellos, que por salirse del estereotipo acuñado en Occidente, pocas veces aparecerán en los papeles en los que se dirime la guerra por la eternidad.
Quede aquí mi particular homenaje:





 Grandes Obras de
EToro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
















 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 




miércoles, 18 de junio de 2014

martes, 17 de junio de 2014

«El libro de la hojarasca», de Nichita Stănescu,


 Nichita Stănescu  (Rumania, 1933-1983)  El libro de la hojarasca; Poemas escogidos     «Cuadriga»  «Afasia»  «Evocación»  «Paraguas»  «Náceme»  «Seña 10»  «Seña 19» (El ángel)  «Tentación de lo real»  «Hojarasca»  «Los jóvenes»  «Sexta elegía»; Col. «Cuadernos del Mediterráneo», nº 63 El Toro de Barro, nº 258; Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca 2014 (En proyecto)



Nichita Stănescu
(Rumania, 1933-1983)
El libro de la hojarasca



Poemas escogidos



 


 Nichita Stănescu  (Rumania, 1933-1983)  El libro de la hojarasca; Poemas escogidos     «Cuadriga»  «Afasia»  «Evocación»  «Paraguas»  «Náceme»  «Seña 10»  «Seña 19» (El ángel)  «Tentación de lo real»  «Hojarasca»  «Los jóvenes»  «Sexta elegía»; Col. «Cuadernos del Mediterráneo», nº 63 El Toro de Barro, nº 258; Carlos Morales Ed. Tarancón de Cuenca 2014 (En proyecto)
Col. «Cuadernos del Mediterráneo», nº 63
El Toro de Barro, nº 258
Tarancón de Cuenca 2014
(En proyecto)



















 




viernes, 6 de junio de 2014

«¿Fusilaría yo a Leni Riefenstahl?», por Carlos Morales



Carlos Morales


¿Fusilaría yo a Leni Riefenstahl?




4 de diciembre de 2007


    Escucho el Carmina Burana. El alma vuelve atrás, a las navidades de 1981. Llama a la puerta y entra de nuevo y un poco de  perfil entre los muchos libros que tenía en su casa humildísima de Carboneras del Guadazaón el poeta y sacerdote Carlos de la Rica, al que se tenía como un «piccolo abatino encuadernado en Cuenca»  y que ejercía un poco de caballero andante de la coexistencia con «un tridente colgado de la axila» y una kipá bordada con que decía su misa en las fiestas de guardar.   Las notas de su ópera se coloran de pronto entre los incunables que atestaban pasillos, la mesa de la cocina, los papeles de su despacho, los butacones rojos y los sietes brazos de una menorah encendida de aquella navidad de 1981. 
       Ante los ojos asombrados de sus padres, la joven Acacia Uceta ha envuelto su cuerpo desnudo en una sábana blanca, y ha decidido volar y desgarrar el aire con sus piernas esbeltas y encendidas como antorchas anudadas a mis manos. Danzamos y danzamos presos los dos de los cantos del vino que no se acaba nunca. Extendemos el cuello. Agitamos los brazos. Sólo existen los cuerpos brillantes y cansados de dos adolescentes cubiertos de sudor y de belleza.
        De pronto, la música se acaba. De pronto el «piccolo abatino» empina su «tridente» y nos pregunta: ¿Fusilaríais a Karl Orff? ¿Daríais el «paseo» al autor del Carmina Burana sólo por haberse dejado seducir por la locura nazi, y ser para Hitler –después de Wagner- el más amado de sus compositores? ¿Y a Leni Riefenstahl? ¿Qué habría sido de su visión de la belleza si hubiera acabado frente a un pelotón de fusileros? Carlos de la Rica se sabía hijo de Ruth, la que medía a solas con los haces del trigo que otros despreciaban los límites dolientes que Yahvé había reservado al alma judía. Pero, a pesar de sus vínculos con el terror y de los hilos dorados que le unía con aquél apocalipsis, admiraba al músico, y le quemaban el vientre los hermosos muchachos que la Reifensthal había retratado como nadie y sin pudor en los papeles. Enfermos de ideología antifascista, y con el cuerpo y el espíritu cansados de volar arrastrados por la música de Orff, tampoco Acacia y yo  acertamos entonces a encontrar respuesta alguna…


     Han pasado desde entonces treinta y tantos años, y el tiempo no me ha ayudado a responderla. Me ha sobrecargado incluso con más preguntas que ni siquiera hoy puedo responder.  ¿Qué hubiera hecho yo de haber vivido en el entonces? ¿Habría escogido el destino del burrito del Giotto, que carga con Aquél que ha echado sobre sus espaldas el dolor del mundo? ¿habría sido como el perro que yace bajo el mantel de la última cena que pintara El Veronés, ansioso por coger entre sus fauces la migaja de pan que le arroja su amo en la creencia de que con ello retrasará su propia muerte? ¿Habría sido yo de los que señalaban con una cruz el nombre de los que iban a morir, o acaso el gaseado número 100358? Ahora es fácil decirlo. Pero las víctimas del Reich, y los verdugos, eran seres como yo. Son apenas del ayer. Podrían ser como el abuelo que nos ofrece un cantero de pan pringado de aceite. Como el tendero que nos vende la fruta al mejor precio. Como el cartero que nos hace llegar las sobres oscuros de ese amor perdido que ya nunca ha de volver.
     He apagado la música. He vuelto delicadamente boca abajo el poema que Emilio Coco me envío en su día de Antonella Anedda, esas Tres estaciones suyas que edité en el año 2001 pero a las que la zozobra de mi espíritu me impiden contemplar esta noche de nuevo con sosiego. ¿Cómo responder a sus preguntas? ¿Hasta dónde llega el valor de un hombre sometido a cerco? ¿Qué es el valor? En madrugadas así, los libros no dejan de mirarme con los ojos abiertos y redondos como los de una becerra que ignora adónde va, y me preguntan adónde ha de llevarles su destino. Ahora estoy mirando el cuerpo dormido de mi pequeño Amós, que ignora todo del mundo al que ha venido. También duerme mi esposa, con su rostro hermoso oculto tras los bucles de ese pelo suyo tan negro y tan brillante como el alma del carbunclo. Será mejor que acomode mi cuerpo cansado entre sus brazos, que escuche el canto de su boca, la boca que me dice que «mis pechos son las torres, y yo una muralla que a mi amado protege en su refugio»



  © Carlos Morales



Aquí, más reflexiones sobre

Grandes Obras de 
El Toro de Barro

Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
edicioneseltorodebarro@yahoo.esPVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.