Carlos Morales
¿Fusilaría yo a Leni Riefenstahl?
Escucho
el Carmina Burana. El alma vuelve atrás, a las navidades de 1981. Llama a la
puerta y entra de nuevo y un poco de perfil entre los muchos libros de la casa humildísima
y caliente que el poeta y sacerdote Carlos de la Rica tenía en Carboneras del
Guadazón, el «piccolo abatino encuadernado en Cuenca» que llevaba «un tridente colgado
de la axila» y la kipá bordada en su cabeza blanca con que decía su misa en las
fiestas de guardar, de la mesa a la cocina, de la cocina a la mesa en la mesa
donde ardían los sietes brazos de una menorah y los cuchillos duermen. Ante los
ojos asombrados de sus padres, la joven Acacia ha envuelto su cuerpo desnudo en
una sábana blanca y ha decidido volar y desgarrar el aire con sus piernas
esbeltas y encendidas como antorchas anudadas a mis manos. Danzamos y danzamos
presos los dos de los cantos del vino que no se acaba nunca. Extendemos el
cuello. Agitamos los brazos. Sólo existen los cuerpos brillantes y cansados de
dos adolescentes cubiertos de sudor y de belleza. De pronto, la música se
acaba. De pronto el «piccolo abatino» empina su «tridente» y nos
pregunta: ¿Fusilaríais a Karl Orff? ¿Daríais el «paseo» al autor del Carmina Burana sólo
por haberse dejado seducir por la locura nazi, y ser para Hitler –después de
Wagner- el más amado de sus compositores? ¿Y a Leni Riefenstahl? ¿Qué habría sido de su
visión de la belleza si hubiera acabado frente a un pelotón de fusileros? Carlos
de la Rica se sabía
hijo de Ruth, la que medía a solas con los haces del trigo que otros
despreciaban los límites dolientes que Yahvé había reservado al alma judía. Pero,
a pesar de sus vínculos con el terror y de los hilos dorados que les unieron a
aquél apocalipsis, admiraba al músico, y le quemaban el vientre los hermosos
muchachos que la Reifensthal
había retratado como nadie y sin pudor en los papeles. Enfermos de ideología
antifascista, y con el cuerpo y el espíritu cansados de volar arrastrados por
la música de Orff, tampoco Acacia y yo acertamos
entonces a encontrar respuesta alguna…
Han pasado desde entonces treinta y dos
años, y el tiempo no me ha ayudado a responderla. Me ha sobrecargado incluso con más
preguntas que ni siquiera hoy puedo responder. ¿Qué hubiera hecho yo de haber vivido en el
entonces? Habría escogido el destino del burrito del Giotto, que carga con
Aquél que ha echado sobre sus espaldas el dolor del mundo? ¿habría sido como el
perro que yace bajo el mantel de la última cena que pintara El Veronés, ansioso
por coger entre sus fauces la migaja de pan que le arroja su amo en la creencia
que con ello retrasará su propia muerte? ¿Habría sido yo de los que señalaban
con una cruz el nombre de los que iban a morir, o acaso el gaseado número 100358?
Ahora es fácil decirlo. Pero las víctimas del Reich, y los verdugos, eran seres
como yo. Son apenas del ayer. Podrían ser como el abuelo que nos ofrece un
cantero de pan pringado de aceite. Como el tendero que nos vende la fruta al
mejor precio. Como el cartero que nos hace llegar las sobres oscuros de ese
amor perdido que ya nunca ha de volver.
He apagado la música. He vuelto delicadamente
boca abajo el poema que Emilio Coco me ha enviado de Antonella Anedda, esas Tres
estaciones suyas que la
noche de mi espíritu me impiden contemplar de nuevo. En madrugadas así, los libros no
dejan de mirarme con los ojos abiertos y redondos como los de una becerra que
ignora adónde va. Ahora estoy mirando el cuerpo dormido de mi pequeño Amós, que
ignora todo del mundo al que ha venido. También duerme mi esposa, con su rostro
hermoso oculto tras los bucles de ese pelo suyo tan negro y tan brillante como
el alma del carbunclo. Será mejor que acomode mi cuerpo cansado entre sus brazos,
que escuche el canto de su boca, la boca que me dice que «mis
pechos son las torres, y yo una muralla que a mi amado protege en su refugio» …
© Carlos Morales
Aquí, más reflexiones sobre
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No
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autoría.
Grandes Obras de
El Toro de Barro
Coexistence es, a día de hoy, la primera y la única antología que ha podido reunir
en su sólo volumen antológico la poesía de tres poetas árabes y tres poetas judíos
comprometidos en un proyecto común, que no es otro que el de la reconciliación
de dos pueblos condenados a entenderse. No olvidéis jamás los nombres de estos
auténticos Hijos del Valor, de los que aquí os dejamos algunos de los poemas
recogidos en Coexistence:











