lunes 9 de mayo de 2011

"Forse il cuore", de Salvatore Quasimodo.

Dionisio Leilao

QUIZÁS EL CORAZÓN
Salvatore Quasimodo
(Versión de Carlos Germán Belli)


Se hundirá el olor acre de los tilos
en la noche de lluvia. Será vano
el tiempo de la dicha, su furor,
su mordisco de rayo que explosiona.
Apenas queda abierta la indolencia,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba,
pero como de un vuelo lento de aves
entre vanos de niebla. Y aún aguardas
no sé qué cosa, mi extraviada; acaso 
una hora que decida, que recuerde
el principio o el fin; similar suerte,
ya. Aquí negro el humo de los incendios
seca aún la garganta. Si lo puedes, 
olvídate de aquel sabor de azufre
y el pavor. Las palabras nos fatigan,
rebrotan de una lapidada agua;
quizás nos quede el corazón, quizás...


Lo que para mi tiene de maravilloso esta traducción del poema de Quasimodo llevada a cabo por el poeta peruano Carlos Germán Belli es que la descubrí de la mano de un ser cuyas elecciones literarias conforman los mil puntos cardinales de un mundo realmente fascinante del que, una vez en él, salir ya no tiene sentido. Me refiero a Marco Antonio Gonzales. ...

jueves 25 de marzo de 2010

Crucify it



Mito y realidad de la
crucifixión de Jesús de Nazareth


Carlos Morales

Dos mil años después de su muerte en una cruz romana, todavía continuan en tinieblas muchas de las circunstancias que condujeron al Rabbi de Galilea a morir crucificado sobre un promontorio yermo de Jerusalén. A pesar de los grandes esfuerzos por hacer luz en este confuso paisaje, la investigación histórica no ha podido aún sobrepasar la influencia que sobre un personaje tan trascendental han ejercido veinte siglos de mitología judeocristiana. La gran escasez de las fuentes, sus enormes contradicciones y su tantas veces manifiesta tendenciosidad, siguen bloquedando los ingentes trabajos destinados a encontrar una lógica interna que explique, en su contexto histórico, los acontecimientos que hicieron inevitable la crucifixión del personaje más manipulado y, sin duda alguna, uno de los más atrayentes de la historia de la Humanidad.
Las fuentes judías contemporáneas de Jesús apenas si repararon en él. Sus escasas apariciones en un pequeño número de pasajes del Talmud, escritos con seguridad en la época en que él vivió, sitúan la doctrina del maestro galileo en la órbita ideológica del gran Rabbi Hillel de Bailonia, a quien probablemente pudo escuchar, y que fue el primero en considerar el amor al prójimo como el más alto mandamiento de la Ley de Dios. Aparte de documentar un débil peso específico de Jesús en el encendido debate religioso de la época, estas breves y esporádicas apariciones talmúdicas del Rabbi de Galilea tienen, sin embargo, el gran valor de demostrar -al menos- la rigurosa historicidad del gigante nazareno. Su crucifixión, como era de esperar, tampoco sería considerada por los cronistas judíos de su tiempo como un acontecimiento de especial trascendencia pública. Hubieron de transcurrir setenta años desde su muerte para que un judío, el historiador fariseo Flavio Josefo, se hiciera eco de su ajusticiamiento en una cruz. En el breve pasaje que, con una no disimulada simpatía, dedica en sus Antigüedades judías (año 96 d. d. C) al Rabbi de Galilea, dejó clara su cercanía con el judaísmo y situó en la juscicia de Roma la responsabilidad de su proceso y de su muerte.
Las fuentes escritas romanas manifestaron un silencio histórico no menos elocuente sobre la figura de Jesús. lo que vendría a documentar su escasa importancia en la sociedad de su época. Habría que esperar al siglo II d. d. C. para que algunos historiadores como Plinio el Joven, Seutonio y, sobre todo, Tácito, comenzaran a reparar -casi siempre con desprecio- en el personaje, a quien contemplaron como un judío rebelde y sedicioso que, como tal, sería juzgado y condenado a la cruz por la Ley de Roma.
Ya por entonces, el cristianismo había elaborado -no sin muchas disputas- su particular mitología, tomando como referencia fundamental la muerte y posterior resurección del nazareno. Convertido en la encarnación humana del mismo Dios (el "Cristo"), el vástago de un humilde carpintero acabó personificando la promesa de liberación hecha por Yaveh al pueblo de Israel, y el cumplimiento de la promesa misma (el "Mesías"). El conjunto de las vivencias de quienes le conocieron fueron reinterpretadas y fijadas por escrito en los Evangelios a la luz de esta visión providencial de Jesús, en quien se habían cumplido todas las profecías. De acuerdo con ello, Jesús aparece como un personaje sobre el que, durante toda su vida, recayeron las iras fariseas; en cuanto a su muerte, la lectura evangélica vierte sobre los saduceos en particular, y sobre los judíos en general, la responsabilidad colectiva y única de su crucifixión, eximiendo de culpa en el proceso que le llevó a su fin al pusilánime Pilatos y a la Ley del Imperio. En todo caso, unos y otros no son sino meras comparsas de la providencia divina, que busca la consumación de las profecías del Antiguo Testamento en la muerte y resurección del Hijo de Dios.
La historiografía moderna, amparada en los trabajo filológicos llevados a cabo desde el siglo XIX, y sobre todo, en las revelaciones de los Manuscritos del Mar Muerto hallados en las cuevas de los montes de Qumrán, no sólo han arrojado mucha y buena luz sobre los acontecimientos que condujeron a la cruz al galileo, sino que también, y a consecuencia de ello, han permitido comprender el antijudaísmo evangélico y el anticristinismo de las fuentes judías como sendas construcciones ideológicas de carácter mítico que poco tienen que ver con la realidad social que vivió Jesús, y sí mucho con las necesidades surgidas en ambos cuerpos sociales cuando Roma, en plena fiebre antijudía, se lanzó a la destrucción definitiva del independentismo judío y de la misma Jerusalén (133 d.d.C). Los Evangelios, escritos a finales del siglo I, cuando aún no se habían apagado los ecos de la guerra independentista que se saldó con la destrucción parcial de la ciudad y de su Templo (66-70 d.d.C), habrían entonado el antijudaísmo ante las autoridades del Imperio para marcar distancias con el judaísmo rebelde y, con ello, facilitar su difusión entre los gentiles. Frente a quienes pretendían el fortalecimiento de los lazos de unión del judaísmo y el cristianismo primitivo, la redacción evangélica significó el triunfo de la apuesta ecuménica y universalista de Pablo de Tarso, que abogaba por el alejamiento cristiano de las tradiciones judías. Formulado en el contexo antihebreo abierto por la política imperial desde finales del siglo I, el antijudaísmo fue el primer paso en un largo camino que habría de conducir al cristianismo a su consolidación definitiva, tras ser aupado al nuevo estatus de religión oficial del Imperio a principios del sigo IV d.d.C. Del mismo modo cabría interpretar el silenciamieto de Jesús y la escasa valoración de su doctrina llevados a cabo por las fuentes talmúdicas, expresión viva de un inicial y creciente anticristianismo nacido del rechazo de quienes, como los cristianos, habían abjurado de la tradición común para conseguir el beneplácito de la tiranía romana.
Las consecuencias de esta fractura religiosa serían terribles. Del proceso de universalización del mensaje liberador de Jesús fue excluido el pueblo judío, que acabó convertido sobre la tradición evangélica en el protagonista de una confesión execrable y deicida a la que habría que tolerar por pura misericordia, y en un grave problema de coexistencia pare el que no podía hallarse otra solución que no fuera su conversión, su persecución, su expulsión o su muerte: cerca de dos mil años de manipulación cristiana acabaron transformando el prejuicio anitjudío propio de la cristiandad en un mito racial devastador sobre el que se elaboró la idea de que la judaidicidad era un problema para la civilización que no tenía otra
“solución final” que el exterminio.
A pesar de moverse en una zona de sombras demasiado densa, la historiografía más actual ha podido aventurarse en una reinterpretación de las circunstancias que llevaron a Jesús hacia su propia muerte, y lo ha hecho a la luz multidisciplinar emanada de las investigaciones filológicas e históricas en torno a los manuscritos del Mar Muerto y a otros hallazgos arqueológicos posteriores. Sus conclusiones, liberadas de los prejuicios ideológicos de carácter religioso, difieren en lo sustancial de la interpretación cristiana de los hechos y –al mismo tiempo- logran comprender las razones del silencio con que el judaísmo rabínico oscureció intencionadamente la figura del que fue uno de los intérpretes judíos de la Ley de Moisés más notables de su tiempo.
La crucifixión de Jesús en su contexto histórico
Cuando Jesús abandonó Galilea para dirigirse a Jerusalén, en el que habría de ser su último viaje a la Ciudad Santa, el rabbi era consciente de la enorme confusión que su doctrina había generado entre los judíos (Jn, 7, 43). Durante aquellos largos e intensos años de actividad pública entre los galileos, su doctrina había sido de naturaleza estrictamente espiritual, orientada solamente a la transformación interior del hombre. Combinaba en ella su insistencia en el cumplimiento estricto de la Ley -especialmente radical en las que hacían referencia al matrimonio o el divorcio (Mt. 5, 17), al voluntarismo personal –la importancia de las obras- (Mt. 7, 21-27) y la creencia en la resurrección de los muertos (Lc. 20, 25-40)- con la idea de que –por encima de todas las leyes- había una que las resumía a todas de un modo capital: la que obligaba al amor al prójimo (Lc. 6, 27-36) y aún a los enemigos (Mt. 5, 38,-48). Ello concitó sobre él el aprecio el aprecio de los fariseos de la escuela de Hillel –entre los que, probablemente, él mismo se encontraba-, que eran especialmente abundantes en las zonas de Israel, Galilea y Samaria y, en general, en los territorios donde se había desarrollado un judaísmo menos rigorista de origen babilónico. Por la misma razón, concitó
sobre él las iras de los fariseos puritanos y ultraortodoxos de la escuela de Shammai, cuyo poder se extendía sobre la misma Jerusalén y las zonas adyacentes, y con los que sostuvo durísimos y constantes enfrentamientos doctrinales. Participaba también Jesús en la inminencia de la llegada del Reino de Dios, muy en el tono de las prédicas espiritualistas de los profetas esenios como Juan El Bautista; y aunque ello atrajo sobre él las miradas expectantes de los celotes y de los grupos fariseos que participaban, como ellos, de un nacionalismo radical antiromano, sus frecuentes llamamientos a respetar la autoridad del César acabó por convencerles de que Jesús, si bien podía ser tácticamente utilizado para sus propósitos, en modo alguno era el Mesías esperado. Al final de su predicación en Galilea, Jesús no parecía tener enemigos irreconciliables, ni mucho menos entre los fariseos: fueron ellos los que, al fin, le aconsejaron marchar hacia Jerusalén porque Herodes Antipas, tetrarca de Galilea entre los años 4 y 39 d.d.C, lo buscaba para matarlo (Lc, 13, 31).
Sin embargo, cuando Jesús se dirige a la Ciudad Santa, su mensaje comenzó a adquirir progresivamente y en el mismo camino, una clara vocación profética. El Jesús que, finalmente, es recibido con júbilo por la multitud en una Jerusalén abarrotada de peregrinos (se calcula que su población en las Fiestas de Pascua llegaba a alcanzar los cien mil habitantes) es un Jesús distinto, mucho más radical y aparentemente decidido a asomarse a su propio precipicio. No se conforma con criticar abiertamente desde las escalinatas del Templo a los saduceos y a los fariseos rigoristas y ortodoxos, sino que pone en sus manos las herramientas precisas para eliminar su propia e incómoda presencia. Y lo hace jugando a la ambigüedad: no dice abiertamente que es el Mesías esperado, ni tampoco se declara abiertamente Hijo de Dios, pero –teniendo la posibilidad de hacerlo- se niega a cortar en seco las especulaciones en este sentido dejando así la puerta abierta a que los demás –en plena Pascua- así lo crean…
Cuando el rabbi de Galilea, arrebatado por la ira, expulsó a los mercaderes del Tempo de Jerusalén, selló su muerte de inmediato. Era la primera vez que alguien, en nombre de Dios, desafiaba tan abiertamente al Sanedrín saduceo, a cuyos ricos sacerdotes estaba encomendada la administración de los bienes de Yavé. El suceso debió inflamar al pueblo, que de un modo muy frecuente había manifestado su descontento en altercados violentos de suma gravedad, cuya represión había estado protagonizada por las fuerzas policiales del Sanedrín, que ostentaba la responsabilidad del mantenimiento del orden público en Judea. Desde la deposición de Arquelao (año 6 d.d.C), dicha institución había actuado como una auténtica correa de transmisión de la autoridad romana, y era por ello cuestionada por la inmensa mayoría del pueblo judío y, de un modo muy especial, por los miembros de los fariseos más radicalmente vinculados a la guerrilla celote, pertenecientes en su mayor parte a la clase media del mundo agrario, especialmente aplastado por los impuestos imperiales. Aquél suceso fue interpretado por la clase dirigente judía –los saduceos- y por la guarnición romana acantonada en Jerusalén como un inmenso desafío.
Los sacerdotes del Sanedrín temieron que aquel
suceso fuera el comienzo de una rebelión popular contra el poder romano. El riesgo de que aquel fariseo de la escuela de Hillel, que decía ser Hijo de Dios, fuera coronado como rey de los judíos, como el Mesías liberador, era demasiado grande tras la expulsión de los mercaderes del Templo y la acusación de impiedad que el rabbí de Galilea había descargado sobre ellos. Si la inminente rebelión triunfaba, el Sanedrín y la secta saducea desaparecerían de un plumazo. Y si fracasaba, la sangre judía inundaría las calles de Jerusalén, como lo hizo en los tiempos de Publio Quintiliano Varo, en el año 4 d.d.C, en que se crucificaron a 2000 judíos, o como sucedió pocos años después, cuando Coponio gobernaba en nombre de Roma sobre Judea, bajo cuyo mando las legiones aplastaron sin piedad una rebelión antifiscal. Además, y como afirmaba Filón de Alejandría, y más tarde Flavio Josefo, Pilatos, gobernador de Judea entre los años 26 y 36 d.d.C, podría ser extremadamente cruel con la rebelión, debido a su conocida inquina antijudía, y a su vengativa e inflexible naturaleza. El Sanedrín ordenó la detención del nazareno en la noche del día 14 del mes de nissán: “para que no alborotara”, dice Mateo (Mt., 26, 3-4).
Pilatos debió de estar plenamente advertido de los sucesos del Templo. Que el gobernador romano se tomó muy en serio la posibilidad de una rebelión es algo de lo que da cuenta el hecho de que enviara a un grupo de legionarios para colaborar con la guardia sanedrita en la captura de aquel agitador llegado desde Galilea.
A media mañana del día 15 del mes de nissán, Jesús fue conducido por blasfemo a las dependencias donde estab
a reunido el Consejo del Sanedrín. Aunque en los Hechos se afirma que nada pudieron probar en este sentido contra él, los evangelistas confirman que Jesús se declaró a sí mismo, de un modo indirecto, el “cristo”, el “Hijo de Dios” (Mt. 26, 57-65; Mc. 14, 53-65; Lc. 22, 54-65; Jn., 18). Bastaba con esa blasfemia para condenarlo a muerte, pero los sacerdotes no lo hicieron porque temieron la reacción del pueblo judío. El Sanedrín se lavó las manos.
Pilatos no. En su presencia, e indirectamente, el rebelde galileo se declaró Rey de los Judíos. De creer a Flavio Josefo, no era el gobernador hombre que se tomara a broma palabras como éstas, que convertían a Jesús en culpable de un delito de sedición. Jesús fue juzgado de acuerdo con el procedimiento romano. Se le encontró culpable del delito de rebelión, y en cumplimiento estricto de la Ley de Roma, se lo condenó a morir en la cruz, como era preceptivo para este tipo de delitos en el derecho del imperio. Jesús murió crucificado como otros muchos rebeldes lo hicieron antes de él, y como otros muchos lo harían después de él. Desde un punto de vista histórico, puede afirmarse pues que no fue el pueblo judío el que instigó el proceso que acabó con
su vida, sino un sector muy exiguo de su clase dirigente. También puede decirse que fue en cumplimiento de la Ley romana, y no de la Ley judía, que Jesús fue ejecutado en una cruz. Las interpretaciones posteriores de los exegetas cristianos, que convirtieron al judío en un pueblo deicida, son contrarias a la realidad de los acontecimientos que llevaron a morir al nazareno, y quienes las promovieron, por haber asentado los cimientos de un largo proceso que, miles de años después, desembocaría en Auschwitz, debieran ser juzgados como las fuentes ideológicas de un gigantesco delito contra la humanidad.
Si Jesús resucitó, o no, es otra cuestión. Pero, independiente de la respuesta que cada cual tenga para semejante pregunta, lo que está fuera de duda, absolutamente fuera de toda duda, es que hablar de Jesús siegue siendo hoy –como dijo de Schumman Ángel Crespo- algo parecido a sentarse en el centro de un diamante….



***

Hemos ilustrado este texto, que fue fublicado en El Juglar de la frontera el 15 de marzo de 1997, con fotogramas de películas de sobra conocidas y de alguna escena de Pasión Viviente de Tarancón (1997). En ellas, Jeffrey Hunter, Enrique Irazoki, Max Von Sydow, Robert Powel, James Kaviezel, Ted Nelly, Willem Dafoe y Antonio Moreno Catalán, han personificado la figura de Jesús. Entre los muchos films sobre el personaje, hemos escogido Rey de Reyes, de Nicolas Ray (1964), La Pasión según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini (1964), La historia más grande jamás contada, de George Stevens (1965), Jesus Christ Superstar, de Norman Jewison (1973), El Mesías, de Roberto Rossellini (1975), Jesús de Nazareth, de Franco Zaffirelli (1977), La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese (1988) y La pasión, de Mel Gibson (2004)

viernes 12 de marzo de 2010

La Danza del burka (Madrid, 11 de marzo)




Carlos Morales

LA DANZA DEL BURKA
(Madrid, 11 de marzo)

A Joelle Anidjar y a Mónica Uribe de Tomblai



La fosa cavad en el cielo las rosas bordad
los muertos del aire
clavad en los muertos la luna gamada
la mancha sajada in nómine dei
dejad dormida en los trenes
y alzad los tambores las reses que yacen alzad
las palas las flautas las dulces campanas
las puertas cerradas de hierro en el cielo pintad
la bosta en la cama común un burka en la fosa
que pájaros dancen
que suenen las ruedas del aire las arpas de rojo
las flautas más hondo en las cruces colgad
la sangre que luce
las flautas que sopla el silencio del alba
las puertas cerradas los trenes abrid un lecho en la noche
abrid una noche el cielo a canal
tallad sobre el cielo las cruces los muertos del aire
los cielos cavad en los ojos más hondo
los muertos pintad en el aire la noche más triste
las bestias cubrid las testas dormidas volad
con velos rasgados los trenes partidos que arden
alzad en el alba las rosas felices de marzo
que brille en la noche la luz del carnero
y dance la sharia
que baile la pala que bala in nomine Auschwitz
que baile la sharia gamada in nómine dei un burka en la fosa



(Del libro Salmo
)

domingo 28 de febrero de 2010

Carles Duarte, Meghar y El Dios de la Ternura

Conocí a Carles Duarte en la orilla del lago dormido de Genesareth, bajo la asfixiante quietud de los primeros días de la primavera galilea. Lo ví caminar como un turista más sobre su orilla caliente, al amanecer, intentando observar con sus gafas mojadas, y a través de una densísima neblina, el cansino ir y venir de los pequeños barcos de los pescadores que iban de Tiberias a Cafarnaum con sus redes recogidas, ya apagados los faroles cuya luz había seducido a los peces incautos en medio de la noche. Nadie hubiera dicho que detrás de aquel hombre despistado y feliz, que vestía con los colores más aparatosos y rutilantes que había visto en mi vida, habitaba uno de los filólogos más sobrios y serios de la lengua catalana contemporánea...
Ambos habíamos sido invitados por el poeta árabe Naim Araidy y por la poeta israelí Margalit Matitiahu a participar en el Encuentro de Escritores de Meghar, una pequeña ciudad árabe de Galilea situada a tiro de piedra del triángulo sagrado que dibujan en el mapa Magdala, Tiberias y Cafarnaum. Ambos éramos conscientes -también- del altísimo valor simbólico que podía tener la comparecencia pública, en torno a un mismo pan, de un puñado de poetas árabes y judíos en el mismo instante en que la II Intifada, en el momento más álgido y frenético, había dejado ya seiscientos muertos encima de la mesa. En medio de enérgicos debates y de airadas deserciones, Carlos y yo nos movíamos, asombrados y atónitos, como testigos mudos y angustiados, ante aquellos auténticos hijos del valor, ante aquellos hombres y mujeres que se habían reunido para construir "un puente de palabras" sobre el que plantarle cara a los muchos mitos del totalitarismo que, a un lado y otro de un conflicto interminable, parecían empeñados en agigantar la sima que separa a dos pueblos que intentaban entenderse. "Cuando esto acabe nosotros nos iremos, pero ¿y ellos, Carlos? ¿Qué será de ellos?...Carles no podía, no sabía como responder...

Recuerdo que, sentados los dos bajo un enorme terebinto que crecía voluptuoso y feraz en medio de un pequeño mirador situado en la ladera de una colina cubierta de olivares, Carles se lamentó de la enorme ceguera de Occidente, y se preguntó por lo mucho que quedaba por hacer para limpiar los ojos de las sociedades opulentas de las que formábamos parte. De ahí nació Coexistence, una antología que, más allá del eco que tuvo en su momento, sigue siendo hoy, para desgracia de todos, la única que ha podido reunir bajo su delicada cobija a poetas árabes, palestinos y judíos, testigos mudos de lo que nadie parece dispuesto a querer ver. Estando como estoy en esa extraña edad de los cincuenta años, en que los espejismos de la felicidad futura ya no pueden diluir con tanta facilidad los espejismos, un poco más duros, del medio a la muerte, leo este libro y lo acaricio como el único gesto valioso del que he sido capaz en toda mi vida. Sí, vivir me ha merecido la pena.
En este contexto, era natural que hablásemos mucho de la poesía catalana, o -más exactamente- de la lacerante exclusión de todo signo de catalanidad a la que, en Cataluña, estaban siendo sometidos -entonces y ahora- los poetas que habían cometido el error de escribir en castellano. Aun cuando es evidente que, en su lado más humano, las consecuencias del proceso de "reconstrucción nacional" que vive Cataluña a velocidad de crucero no son comparables, en modo alguno, al rastro de dolor a que está dando lugar en Israel y Palestina, los mitos sobre los que se levanta tal proceso, y la respuesta al mismo de la cultura española, llevan en su frente una fuerza totalitaria no menos devastadora. Carles, que formaba entonces parte del círculo más íntimo de consejeros del President de la Generalitar Jordi Pujol, me advirtió de que la imagen que yo tenía de la realidad catalana no se ajustaba la realidad, y se apostó una cena a que si intentaba una antología de la poesía catalana que incoporase a poetas que esribían en catalán o en castellano nadie -y menos él- querría excluirse o decir que no. Carles Duarte me debe una cena, que -sin ánimo de arruinarlo- procuraré opípara y bien regada de cava en el Café de La Ópera de Barcelona o en los maravillosos jardines del Ateneu: la imposible antología de poetas árabes y judíos tardé poco más de seis meses en confeccionarla y editarla, en medio de una guerra especialmente devastadora; la de la poesía catalana, cuyos trabajos comencé a la par y por entonces, no pude concluirla jamás, porque muchos de los llamados al encuentro se negaron a figurar en un proyecto anticatalán, españolizante y totalitario...
Las obligaciones de su cargo político forzaron a Carles a abandonar antes de tiempo el Encuentro de Meghar. Me dejó, eso sí, un puñado de libros de naturaleza mística, que se acumularon, junto a otros muchos, en la mesita de noche del hotel de Tiberias en que me hospedaba. Los leí en el avión que me trajo de vuelta a casa, con el impacto de lo mucho que acababa de vivir. Y me quedé asombrado. Meses después, publiqué en los Cuadernos del Mediterráneo El dios de la ternura, una selección -a la fuerza breve- de aquellos poemas suyos nacidos del grande espíritu de la bondad y que leí en un pájaro de hierro en el que, rumbo a Madrid, había abandonado desde Tel-Aviv los territorios fértiles de la hermosa Galilea, tierra de mujeres que flotan en el aire y de mariposas que cantan en la orilla del lago Kenereth, el lago de las Arpas, aquel en el que un hombre aplacó una tormenta con un gesto tranquilo de sus dedos...
Ahora mismo los acabo de colgar en el blog que El Toro de Barro dedica a los poetas que tuvo la dicha de editar, junto a una epístola que Carles dirige a su Maestro -ya fallecido- Joan Corominas, en nuestras Cartas en la Noche. Demasiado poco, en verdad, nada que ver con el abrazo que ahora mismo necesito dar, no ya al filólogo ni al poeta de Dios, sino al hombre bueno....
Pero la cena, Carles, ¡kiá!, la cena no te la voy a perdonar...¿Tienes ya sonante el flaco monedero?










martes 23 de febrero de 2010

Cartas en la noche, nº 1




Carta con "vino rojo" De Luis María Anson a Javier Villán
«…En nada me reconozco, pero aún tengo la llave de mi vida: morir por mi propia mano...»




«…Aes mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos...»


Carta allende el mar de Carlos de la Fe.

«El pacto podemos firmarlo sobre la cama y bajo las cobijas. Tú eliges las armas; me apadrina el amor y todo lo que no puedo decir por incapacidad bocal. Te apadrinan tus besos. Será un duelo sin funeral pero con velas y la única muerte será chiquita, une petitte morte...»




Carta de Gandhi a Adolf Hitler
«... En la táctica no violenta, como he dicho, no existe la derrota. Todo es "Vencer o morir" sin matar ni hacer daño ...»




Stéphane Mallarmé a Henri Cazalis
«Lo que mi ser ha sufrido durante esta larga agonía es inenarrable, aunque, afortunadamente, estoy perfectamente muerto, y la región más impura a donde mi Espíritu podría aventurarse es la Eternidad»



Carta de Pedro Salinas y Katherine Whitmore

«De ti sólo puede venir la luz del paraíso»







Cartas de Virginia Wolf y Vita Nicholson
«Abre el primer botón de tu blusa y allí me verás anidando, como una ardilla de hábitos inquisitivos pero de todos modos adorable...»

jueves 4 de febrero de 2010

Israel y Palestina: dos mitos para un solo dolor

Meghar (Israel), fotografía  de C. Morales



DOS MITOS PARA UN SOLO DOLOR

Contemplo en un diario la mirada afable de Kenizé Mourad, cuya belleza -en toda su madurez- sigue siendo hoy uno de los mejores testimonios de la orfebrería otomana. La suya es la mirada afable de unos ojos enredados en la melancolía: el gesto elegante de la única descendiente del último sultán turco, que llora por aquellos viejos tiempos de incendiada juventud en que las calles bailaban, como un derviche loco, en torno a esa enorme hoguera del estalinismo, cuyas lenguas de fuego proclamaban la naturaleza perversa de la nación judía, mientras -con un cigarro en la mano- se lamenta amargamente del silencio de la vieja Europa ante el drama palestino...
La escucho, sí, pero no salgo de mi asombro pues, por más que me empino y saco la cabeza de la caja, por más que rastreo entre los papeles como un can irlandés venido a menos, no soy capaz de hallar en lado alguno alguna humilde hoja de papel que no se compadezca del “aplastamiento total de la sociedad palestina” por ese pueblo hebreo tan dado de natura a la barbarie. Nobeles hay incluso –y uno se acuerda de don José Saramago– que no ven en Israel otra cosa que una corral de peludos animales con la fauce dispuesta a ensayar en Palestina un genocidio moderno, semejante al Holocausto que en propia piel vivieron bajo las botas brillantes del Führer y su Reich...Ni siquiera Stalin, cuyo manual del perfecto antisemita se abate todavía sobre la mejor izquierda europea como la sombra que proyectan las alas abiertas de un estornino, pudiera haberlo dicho mejor, ni tampoco m
ás alto...
Existen quienes, tristemente, parecen haber olvidado que la labor de un intelectual no es, precisamente, la de utilizar los papeles que su bien merecido prestigio les ofrecen como una linde de campo en donde desahogar las urgencias de un cuerpo ahíto de prejuicios antiguos y de mitos desde hace tiempo doblegados. Porque si la princesa y el Nóbel se hubieran empeñado en amansar los caballos levantiscos de su corazón; si se hubieran apartado de la frente el bucle de la melancolía con un apuesto gesto de cabeza se habrían seguido escandalizando -¡y quién no!- por la suerte de los niños palestinos muertos por las balas de Israel, pero también se habrían preguntado, a buen seguro, y públicamente, por las extrañas razones que, hoy como ayer, habrían llevado a unos padres, se supone que sensatos, a sacar a sus hijos de la escuela y a enviarlos en nombre de Alá, con un puñado de piedras en la mano, o una bomba en la cintura, a una muerte segura en las trincheras del rencor...
Tengo un morboso interés en saber qué hubieran pensado algunos intelectuales al ver al poeta árabe Naim Araidy y a la poeta hebrea Margalit Matitiahu pasar cogidos de la mano por el estrecho pasillo que les dejó la multitud de Cuenca o del Círculo de Bellas Artes de Madrid, mientras me era dado el privilegio de conducirles al estrado adonde fuimos llamados a presentar Coexistence, una pequeña antología que recogía la obra de tres poemas palestinos y tres poetas judíos que tenían en común su férreo combate contra los muchos mitos culturales que, a día de hoy, impiden la reconciliación de dos pueblos condenados a entenderse. ¿Acaso que ese árabe tranquilo, cuyos gestos elegantes parecen los de un auténtico caballero inglés, es menos árabe, o un árabe traidor, por no querer la destrucción de Israel ni dejarse caer en los delirantes catones que entre los suyos promueven los árabes “verdaderos”, los únicos que cuentan, los radicales islámicos? ¿Acaso que esa menuda sefardí de los Balcanes que perdió a todos sus antepasados en los salones de Auschwitz es una loba hebrea disfrazada con una piel rubia de cordero, o una traidora a la causa de Israel?
Cada vez que algunos intelectuales de occidente levantan bienintencionadamente desde un púlpito el dedo anular de sus admoniciones, la realidad acaba convertida en algo no muy distinto a una vasija de barro que ellos mismos hubieran arrojado, escaleras abajo, desde la cima más altas de sus mitos seculares. No es que no quieran; no es que no quiera, es que, aplastados por el peso del prejuicio, su discurso no les permite dibujar en el cuadro a esos millones de ciudadanos hebreos que, a pesar de los atentados terroristas de los adoradores de Alá, siguen ocupando las calles de Tel Aviv exigiendo un acuerdo justo con los palestinos; ni tampoco a esos millones de árabes-israelíes que pueblan la hermosa Galilea y que se alejan como pueden de los espejismos de la ira y del rencor que, esparcidos por doquier por algunos enloquecidos imanes desde las escuelas coránicas, desde las mezquitas y las universidades, no aceptan la construcción de un Estado Palestino si no es sobre la destrucción –previa, absoluta y total– del pueblo y del Estado de Israel...
Para occidente, nosotros no existimos”, reflexionaba en alto ese bellísimo árabe que es Naim Araidy ante un par de descolocados periodistas españoles. “Hablais de los árabes y os imagináis a sirios y jordanos, a egipcios e iraquíes, a iraníes o afganos, pero ¿y los árabes de Israel, los que no enviamos rodeados de bombas a nuestros hijos a las calles de Jerusalén ni glorificamos su muerte?...para Uds. no existimos, no somos nada. Nada. Nada. Nada”. Nadie sabe cuántos son los árabes hartos de sus líderes, de sus imanes y de las tiranías teocráticas que les gobiernan, porque con el beneplácito de occidente no existen entre ellos democracias que garanticen la más mínima libertad de expresión, y cualquier disidencia se paga en sus desiertos con la exclusión o con la misma la muerte. Más visibles son en la democracia israelí los hijos del valor que apuestan por la reconciliación, pero de nada les sirven sus trabajos porque el enorme ojo público del Gran Hermano de Occidente prefiere ver los tanques destructores al brazo que se extiende con ánimo de paz y una flauta en la mano.
Ellos, los borrados del mapa de nuestras percepciones, los ausentes del terrible drama de Israel y de Palesina, los que creen posible una paz justa basada en el reconocimiento mútuo de dos estados viables e independientes, son los grandes, los auténticos, los únicos perdedores en esta guerra absurda de intelectuales ciegos cuyas torvas arengas y ligeras proclamaciones no hacen otra cosa que dar aire a los poderosos grupos extremistas que han convertido una tierra hermosa en una ciénaga de barbarie y de locura. Dos mitos terribles, sí, para un solo dolor. ¿Qué crédito nos puede merecer el objetivo de quien, en virtud de su antisemitismo, glorifica extenuadoramente al mundo árabe o el de quien, por su amor sin fisuras al pueblo de Israel, sólo ve en el mundo árabe un sumidero de fanáticos y de terroristas? No mayor que el que tiene un caballo hermoso para un gitano viejo que no ignora que, antes de adquirir el más bello de los animales, no está de más mirar su dentadura. Pero entre nuestros intelectuales no existen ya -o son muy pocos- los gitanos viejos de sombrero de fieltro y caña de rey, y el pensamiento europeo relincha como un caballo hermoso que cabalga sobre siglos de prejuicios con los dientes cariados bajo cuyos casos, cada día, la razón dobla sus rodillas e inclina su ya vieja testuz de hermosa pero inútil cabellera. Por eso, en días como hoy, yo prefiero, francamente, el lomo de Platero...

Más no quiero concluir mis palabras bajo el peso de la decepción, sino con un poema homenaje dedicado a quienes, como su autor, Nathan Yonathán, iniciaron el camino, valeroso y difícil, que les condujo a liberar su espíritu de las cómodas cárceles de las ideologías.

Carlos Morales



Nathán Yonathán

Al final del camino



En todo lugar
hay un precipicio para los valientes
y una sombra para los exhaustos
y un manantial volcando su frialdad.
En todo amanecer
hay rocío para los temblorosos
y luz para los amantes
y frías piedras y salvajes pastos.
En todo anochecer
hay un sosiego para los tempestuosos
y liviandad para los solitarios
y una roca para los que yacen al final del camino.


Traducción de Esther Solay-Levy

Aquí os dejo una breve selección de poemas de algunos de los poetas árabes e israelíes que trabajan por la reconciliación. Poetas, todos ellos, que por salirse del estereotipo acuñado en Occidente, pocas veces aparecerán en los papeles en los que se dirime la guerra por la eternidad.
Natán Yonatán
.Naim Araidy

miércoles 27 de enero de 2010

Aniversario de la liberación de Auschwitz

En el aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, he creido necesario reproducir aquí una parte de las conclusiones obtenidas tras más de diez años de estudio de la poesía a que dio lugar el más grande genocidio de la Historia, y que espero editar no taradando mucho en el sello de El Toro. Mientras llega ese momento, estoy colgando poco a poco dichas reflexiones en su totalidad en el blog
Las fotografías reproducidas con este texto pertenecen a los archivos del Yad Vashem de Jerusalén, con el que me honro en colaborar.


La Shoa, esa cicatriz

Carlos Morales


Una fotografía tomada en el ghetto de Kovno: eso es todo lo que quedó de Abraham y de Inmanuel, dos pequeños lituanos cuya suerte no fue muy distinta de la que corrieron aquel millón y medio largo de niños o los más de seis millones de personas que, entre 1939 y 1945, fueron víctimas de un sofisticado programa de exterminio de la población judía europea diseñado por los jerarcas nazis como «Solución final» a la decadencia de Occidente. Su gesto perplejo y agotado señala, mejor que ningún otro, el límite que el pensamiento, después de más de seis décadas de esforzadas reflexiones, no ha podido, o sabido, dejar atrás en la difícil hora de encontrar para aquel apocalipsis un mínimo de racionalidad histórica que nos ayude a pensarlo con la misma naturalidad y sentido de la lejanía con que, por ejemplo, solemos hacerlo de la Revolución Francesa o de cualquier otro acontecimiento de nuestro Historia.
Los esfuerzos desplegados en este sentido por la historiografía han sido realmente extraordinarios. En líneas generales, y como ya lo hiciera Winston Churchill, las investigaciones más notorias han venido a encontrar ese “mínimo de racionalidad” en el contexto histórico concreto de la II Guerra Mundial, de la que el genocidio judío habría sido -se nos dice- uno más, pero el más terrible de sus efectos colaterales. Algunos, como Laurence Rees, han especificado incluso aún más el impacto de este contexto histórico, señalando que la «Solución Final» se abrió paso en el horizonte bélico como una suerte de «opción militar» de carácter estratégico “impuesta” a los jerarcas nazis por las distintas contingencias derivadas de un conflicto sin el que, probablemente, jamás hubiera podido ocurrir. Se ha tendido también a diluir su peso en el conjunto de la tragedia europea, destacando que, en el contexto de los veinticinco millones de muertos que los nazis arrojaron a los suelos de Europa, o de los más de cuarenta que el conflicto nos dejó, el exterminio de seis millones de judíos no puede ser considerado como un ejercicio extraordinario o inusitado de crueldad, sino como un «asesinato» jurídicamente equiparable al de los millones de rusos ejecutados como «enemigos de guerra» o al de los que cayeron bajo las ardientes llamaradas de Hiroshima: es decir, como uno más de los muchos «crímenes de guerra» o «contra la humanidad» cometidos durante la Guerra. Los hay también quienes han identificando el asesinato colectivo de millones de judíos con los llevados a cabo, en otros momentos de la Historia, por regímenes más o menos fascistas o autoritarios –de “derechas” o de “izquierdas”– como los que encabezaron Franco, Stalin, Mussolini, Videla, o Augusto Pinochet. Algunos, como José Saramago, han llegado incluso a compararlo, en el fondo y en la forma, con el «genocidio» (¿?) del pueblo palestino en el que estaría empeñado, a día de hoy, el moderno Estado de Israel... En realidad –se nos dice– la tragedia judía no fue para tanto, y si la sola evocación de la Shoa nos sigue provocando escalofríos es algo que tiene menos que ver con su “grandeza” que con los esfuerzos por mantener artificialmente viva la memoria del Holocausto desarrollados con éxito por quienes ven en él la mejor coartada para dar rienda suelta a otros “genocidios” o para ocultar algunos que -como el soviético-, en palabras de Roger Lafont, fueron “mucho más graves que él”...¿?
Más allá de la opinión que nos mereza, y por mucho que nos escandalize decirlo, a semejante visión del Holocausto hay que reconocerle algunas -no muchas- ventajas, que en realidad no tienen más sustancia que la de los espejismos. Al concebirlo como un efecto colateral de la II Guerra Mundial, descarga sobre los hombros de todas de las potencias que participaron en ella una parte importante de las responsabilidades en la tragedia judía que hasta ahora soportaba en exclusiva la sociedad alemana en su conjunto. Por la misma razón, ofrece una respuesta sencilla a la inquietud que se deriva de la posibilidad de que una tragedia de tal mangitud pueda repetirse, señalando que la única manera de impedirlo descansa sobre nuestra capacidad para evitar, a toda costa, un conflicto semejante. Sin embargo, y aun siendo verdad que ya va siendo hora de acotar las responsabilidades de la sociedad germánica y de limitarla a algunos de los muchos intereses que en su seno, y de un modo u otro, estuvieron detrás de la catástrofe, conviene preguntarse si no existen argumentos suficientes para hacerlo que no pasen necesariamente por algunas asombrosas reflexiones como las que hemos reseñado -más impropias de los historiadores que de aquellos contadores “de almas muertas” de Nicolai Gogol- y que no impliquen afirmaciones cuya naturaleza, al tiempo que debilita las complejas tareas de detección y represión de los variados movimientos totalitarios emergentes, están neutralizando severamente la capacidad de respuesta de nuestra Civilización ante los muchos peligros, interiores y exteriores, que -como el totalitarismo islámico- a día de hoy nos amenazan...
Dejando a un lado los inconvenientes de este tipo de propuestas, lo que parece claro es que la línea argumental desarrollada por la historiografía dominante no puede responder algunas preguntas capitales. Y es que, a no ser que se acepte que eran peligrosos espías a sueldo de la Unión Soviética y de las perversas democracias de Occidente, o que se diga que fueron apresados armados hasta los dientes en una trinchera de combate, uno no puedo explicarse qué utilidad militar pudo haber tenido para los nazis la ejecución de más de un millón y medio de niños judíos, o la utilizáción de sus pieles para la confección de guantes de piel humana. Y, por lo demás, las estrictas precauciones con que, a diferencia de los bombardeos masivos o las ejecuciones públicas de prisioneros de guerra, buscaron alejar el genocidio del conocimiento de la opinión pública, no hacen sino levantar la sospecha de que las autoridades nazis tenían plena conciencia de que ni siquiera las contingencias impuestas por el conflicto podían justificar aquel espantoso acto de barbarie, que superaba con creces los límites morales en el ejercicio de la crueldad que, ni en tiempo de guerra, la Civilización a la que pertenecían se podía permitir el lujo de olvidar. Todo sugiere que aquel gigantesco genocidio no fue un mero efecto colateral de un conflicto planetario, y que la II Gran Guerra Mundial tampoco fue la excusa perfecta para su ejecución. En realidad, ambos formaban parte de un programa político cuya piedra angular había sido tallada en 1925 por Adolf Hitler en su Mein Kampf, con el que abogada por una guerra interminable que sólo alcanzaría su fin con el dominio absoluto alemán sobre el mundo conocido, y cuya viabilidad requería la absoluta erradicación del judaísmo de la faz de la tierra. Los que se vieron obligados a escuchar la música de los violines mientras cavaban con palas “una tumba en el cielo”, no lo fueron en su condición de «enemigos de guerra» o «enemigos políticos» del Reich sino como especimenes de una raza incompatible con la Civilización. Y el gran problema de la historiografía sigue siendo no sólo el averiguar cómo fue posible que una de las naciones más cultas de Europa no sólo conviniera en que la «Solución final» a los grandes males de Occidente pasaba por el radical exterminio del pueblo judío, sino también que, para llevarla a cabo, aceptara con absoluta naturalidad la creación de una gigantesca maquinaria de destrucción cuya asombrosa perfección en el ejercicio indiscriminado y gratuito de la crueldad representa, hoy como ayer, la más genuina representación del Apocalipsis. Y es aquí, y sólo aquí, donde la Shoa comienza a sobrepasar el contexto histórico en el que ocurrió y a hacerse relativamente invulnerable a todo intento de racionalización historiográfica capaz de permitirnos superar esa inquietud que el recuerdo de aquel irracional despliegue de crueldad nos sigue provocando todavía.
La Shoa puso en evidencia que la imagen que teníamos de nuestra Civilización como el modo histórico de organización social que mejor había logrado limitar el ejercicio de la violencia a un complejo marco de legitimaciones morales, no era otra cosa que un voluntarista mito protector. Después de Auschwitz, sabemos que lo único que nos separa de aquellas civilizaciones que siempre tuvimos por inferiores es que, para ejercer la crueldad, necesitamos tan sólo un más elevado nivel de sofisticación intelectual, como aquella con la que convertimos el viejo prejuicio antijudío generado por siglos de civilización cristiana en un mito racial devastador. Poner orden, música, a la extrema aflicción. Auschwitz aparece y reaparece ante nosotros como una gigantesca cicatriz cuyos bordes mal cosidos y peor cauterizados se enrojecen cuando las circunstancias nos recuerdan lo que un día no lejano también nosotros fuimos capaces de hacer y la extrema debilidad de nuestros valores culturales y políticos para hacer frente a las manifestaciones de un Mal Absoluto del que ya no nos podemos sentir ajenos. Su secreto escozor opera entonces con la fuerza de las premoniciones, y establece un vínculo entre nosotros y la Shoa que eleva el grado de nuestra concernibilidad ante aquella tragedia, situándola en el centro de la conciencia que tenemos de nosotros mismos como hijos de una civilización concreta, pero también como seres individuales más allá de las civilizaciones de las que formamos parte. En estas condiciones, no está en la mano de la historiografía evitar que su sola evocación nos siga suscitando escalofríos, porque su método no puede romper ese hilo que nos une a las simas insondables del "yo propio" cuya naturaleza imprevisible es sólo relativamente moldeable por las fuerzas de la Historia. Como advertía Primo Levi en un arrebato de extrema lucidez, el Holocausto sigue siendo un poderoso «agujero negro» que atrae vorazmente hacia su sima oscura, hasta inutilizarlos casi por completo, los prolíficos intentos con que la Historia ha intentado, infructuosamente, convertir en una forma muerta del «pasado» lo que, parafraseando a Faulkner, sigue siendo un pasado que se resiste a morir.



Sugerimos la lectura de los textos contenidos en los siguientes enlaces:

Reportaje gráfico de la representación de la obra de Teatro “Guantes de Piel Humana”, de Carlos Morales y Julio Clemente Lourtau.
”Guantes de Piel Humana” (Teatro, Reseña)
Amela Einat, La Cicatriz del Humo (Reseña).
Carlos Morales, “Nazismo y arte” (Artículo)
Carlos Morales, “En torno a Paul Celan” (Artículo)
Carlos Morales, “El silencio de Dios” (Artículo)
Carlos Morales, “El antisemitismo de Occidente” (Entrevista del novelista argentino Norberto Luis Romero)
Carlos Morales, Antología del Holocausto (Adelanto editorial)
Cartas en la noche: una carta de un superviviente.
Juan Ramón Mansilla, “Del antijudaísmo al antisemitismo” (Artículo)
Juan Ramón Mansilla, “Los libros negros” (Artículo)