viernes, 22 de marzo de 2013

«¿Fusilaría yo a Leni Riefenstahl?», por Carlos Morales





Carlos Morales

¿Fusilaría yo a Leni Riefenstahl?





    Escucho el Carmina Burana. El alma vuelve atrás, a las navidades de 1981. Llama a la puerta y entra de nuevo y un poco de  perfil entre los muchos libros de la casa humildísima y caliente que el poeta y sacerdote Carlos de la Rica tenía en Carboneras del Guadazón, el «piccolo abatino encuadernado en Cuenca» que llevaba «un tridente colgado de la axila» y la kipá bordada en su cabeza blanca con que decía su misa en las fiestas de guardar, de la mesa a la cocina, de la cocina a la mesa en la mesa donde ardían los sietes brazos de una menorah y los cuchillos duermen. Ante los ojos asombrados de sus padres, la joven Acacia ha envuelto su cuerpo desnudo en una sábana blanca y ha decidido volar y desgarrar el aire con sus piernas esbeltas y encendidas como antorchas anudadas a mis manos. Danzamos y danzamos presos los dos de los cantos del vino que no se acaba nunca. Extendemos el cuello. Agitamos los brazos. Sólo existen los cuerpos brillantes y cansados de dos adolescentes cubiertos de sudor y de belleza. De pronto, la música se acaba. De pronto el «piccolo abatino» empina su «tridente» y nos pregunta: ¿Fusilaríais a Karl Orff? ¿Daríais el «paseo» al autor del Carmina Burana sólo por haberse dejado seducir por la locura nazi, y ser para Hitler –después de Wagner- el más amado de sus compositores? ¿Y a Leni Riefenstahl? ¿Qué habría sido de su visión de la belleza si hubiera acabado frente a un pelotón de fusileros? Carlos de la Rica se sabía hijo de Ruth, la que medía a solas con los haces del trigo que otros despreciaban los límites dolientes que Yahvé había reservado al alma judía. Pero, a pesar de sus vínculos con el terror y de los hilos dorados que les unieron a aquél apocalipsis, admiraba al músico, y le quemaban el vientre los hermosos muchachos que la Reifensthal había retratado como nadie y sin pudor en los papeles. Enfermos de ideología antifascista, y con el cuerpo y el espíritu cansados de volar arrastrados por la música de Orff, tampoco Acacia y yo  acertamos entonces a encontrar respuesta alguna…


     Han pasado desde entonces treinta y dos años, y el tiempo no me ha ayudado a responderla. Me ha sobrecargado incluso con más preguntas que ni siquiera hoy puedo responder.  ¿Qué hubiera hecho yo de haber vivido en el entonces? Habría escogido el destino del burrito del Giotto, que carga con Aquél que ha echado sobre sus espaldas el dolor del mundo? ¿habría sido como el perro que yace bajo el mantel de la última cena que pintara El Veronés, ansioso por coger entre sus fauces la migaja de pan que le arroja su amo en la creencia que con ello retrasará su propia muerte? ¿Habría sido yo de los que señalaban con una cruz el nombre de los que iban a morir, o acaso el gaseado número 100358? Ahora es fácil decirlo. Pero las víctimas del Reich, y los verdugos, eran seres como yo. Son apenas del ayer. Podrían ser como el abuelo que nos ofrece un cantero de pan pringado de aceite. Como el tendero que nos vende la fruta al mejor precio. Como el cartero que nos hace llegar las sobres oscuros de ese amor perdido que ya nunca ha de volver.
     He apagado la música. He vuelto delicadamente boca abajo el poema que Emilio Coco me ha enviado de Antonella Anedda, esas Tres estaciones suyas que la noche de mi espíritu me impiden contemplar de nuevo. En madrugadas así, los libros no dejan de mirarme con los ojos abiertos y redondos como los de una becerra que ignora adónde va. Ahora estoy mirando el cuerpo dormido de mi pequeño Amós, que ignora todo del mundo al que ha venido. También duerme mi esposa, con su rostro hermoso oculto tras los bucles de ese pelo suyo tan negro y tan brillante como el alma del carbunclo. Será mejor que acomode mi cuerpo cansado entre sus brazos, que escuche el canto de su boca, la boca que me dice que «mis pechos son las torres, y yo una muralla que a mi amado protege en su refugio»


  © Carlos Morales


Aquí, más reflexiones sobre

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No se prohíbe la reproducción de este texto, pero se ruega a quien lo haga que, por honradez intelectual, cite el medio en que fue o ha sido publicado y su autoría.


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El Toro de Barro


Shamer Khair, enCarlos Morales COEXISTENCIA, Antología de la poesía isralí -árabe y hebrea- contemporánea.
2ª Edición.
PVP 10 euros
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Coexistence es, a día de hoy, la primera y la única antología que ha podido reunir en su sólo volumen antológico la poesía de tres poetas árabes y tres poetas judíos comprometidos en un proyecto común, que no es otro que el de la reconciliación de dos pueblos condenados a entenderse. No olvidéis jamás los nombres de estos auténticos Hijos del Valor, de los que aquí os dejamos algunos de los poemas recogidos en Coexistence:












miércoles, 20 de marzo de 2013

Elogio de la sencillez...


Vo Anh Kiet

    Como creadores nos afanamos una y otra vez en reinventar la vida, olvidando que otros muchos lo intentaron antes. Nos hace falta humildad; nos hace falta reconocer que nuestra voz es sólo una cuenta más de un largo collar de voces que, como la propia, no son otra cosa que un pálido reflejo de esa única VOZ que duerme en el desierto. Nos come la soberbia. Y me digo que nuestra misión como poetas o como creadores tal vez no sea la de crear de nuevo el mundo, sino la de contemplarlo con los ojos redondos y abiertos de un niño que lo hubiera visto por primera vez. La de cantarlo con los poderosos brincos de un espíritu inocente que danza enfebrecido al son de sus tambores, sí, así, como si nadie nunca antes de él lo hubiera cantado todavía, como si fuera la primera vez que alguien lo danzara…. 

  © Carlos Morales



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El Toro de Barro

PVP: 8 euros Pedidos a:
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Yo, que he sobrevivido a cien lanzas
y he hecho temblar el vientre
del desierto con uno solo de mis carros,
perdí ante tus ojos mi última batalla.
Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.







Otros poemas de
 


"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci
El Buscador de Joyas
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



¿Por quien doblan los tambores?





Carlos Morales
Por quién suenan los tambores?



   Corren malos tiempos para la esperanza tranquila. El gesto violento asoma su cabeza por los en otro tiempo cerrados ventanales del espíritu. El descontento corre de una piel a otra silenciosamente, con el ritmo cansino pero implacable con el que el aceite se desliza sobre las baldosas de un pasillo oscuro y penetra sigilosamente bajo las puertas que protegen lo poco que nos va quedando de esperanza en nuestro pecho humano. La ira es un rumor que está dejando de serlo; se generaliza cada día un poquito más en todas las clases y grupos sociales. Prolifera la ceguera en todos los Estados de la vieja Europa con la misma insistencia con que cae por las calles la impiedad de su sistema. Proliferan también los errores políticos de la Unión y de su liderazgo alemán, como el que ha supuesto el “basta ya” radical en la boca pequeña de un Chipre con coraje, al que para colmo se la ha arrojado a la órbita económica de un Kremlin cuya tiranía se manifiesta de un modo conciso y claro, no con el sigilo con que lo hace en Occidente, oculta en los ropajes de una mentira a la que sólo la repetición constante está convirtiendo en verdad casi divina. Ya no es Alemania la que sufre, como sufría en la época de entreguerras la asfixia económica provocada por los miopes estados vencedores de la Primera y por la crisis económica generalizada; ahora son quienes entonces la sangraron los que inclinan su cerviz al son de los tambores de Alemania, a la que el orgullo y la soberbia han cegado hasta tal punto el oído que son las únicos que no alcanzan a escuchar el sordo rumor que se avecina. Sólo falta un líder mediático y populista que carezca de esos mínimos escrúpulos morales capaces de impedirle hacer del odio y la violencia el fundamento de un programa político redentor para que la historia pueda volver a su no tan pasado apocalipsis. Los tambores negros están sonando ya. Su estruendo crece al otro lado de la cima de los montes de un Tiempo que no era nuestra tiempo y ya creímos olvidado. Como un rumor que arde y en silencio se avecina. Y nadie escucha…


 © Carlos Morales

 

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El Toro de Barro
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  En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz vijaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista




"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci



















jueves, 24 de mayo de 2012

Confesiones de un editor: el olor de la gehena



Goya, Duelo a garrotazos.

EL OLOR DE LA GEHENA


Han pasado ya diez años desde que atravesé por primera vez los campos de Galilea,  y todavía no acierto a entender cómo me fue posible poder unir un puñado de poetas árabes y hebreos en esa humilde aventura editorial que cobró hechuras de piedra allá por el año 2002 en una pequeña antología que titulé Coexistence, y que sigue siendo hoy, al parecer, la única en que tal empeño se reveló como posible. No merece la pena recordar las tensiones extremas que hubimos de soportar quienes estuvimos al frente de aquél inusual proyecto que el tiempo ha convertido en un homenaje a los hijos del valor. Y es que los poetas árabes y hebreos que decidieron comparecer públicamente juntos con su literatura lo hicieron en plena Segunda Intifada, cuando el recrudecimiento del conflicto palestino-israelí había vuelto a levantar de sus cenizas los viejos mitos del rencor con que los fanáticos y radicales de ambos mundos habían hecho de la absoluta “destrucción del otro” el rasgo más patriótico de la identidad individual y de la voluntad colectiva.  
A pesar de esta atmósfera asfixiante, las libertades democráticas otorgaban entonces –y también ahora– a los intelectuales y escritores israelíes una enorme capacidad para manifestar su disidencia y sacudirse de encima el yugo ideológico y vital de esa mitología de guerra. Más allá de los calificativos de “traidores” que tuvieron que soportar por parte de algunos intelectuales ligados a los sectores más antipalestinos de la cultura nacionalista israelí, la mayoría de los poetas israelíes a los que pedimos su participación no vieron inconveniente alguno en comparecer a pecho descubierto con sus colegas árabes, conscientes de que esa era la única manera de hacer visible que el respeto y la mutua aceptación seguían siendo un horizonte probable.
Del lado árabe, sin embargo, la respuesta a nuestra solicitud fue casi unánimemente negativa. A diferencia de sus colegas israelíes, la falta de un contexto democrático en sus países y la opulenta legitimación religiosa de la guerra contra Israel operada mayoritariamente en su contexto social, impedía a la mayoría de los escritores y poetas cuya colaboración recabamos hacer pública su disidencia frente a la aplastante fiebre antijudía de la sociedad de que formaban parte. Algunos se negaron a participar en un proyecto que, de algún modo, daba árnica a los que nunca habían dejado de ser sus enemigos; los que habían sido partidarios de mantener un diálogo intercultural fluido con sus colegas hebreos, se mostraban moralmente incapaces de perpetuarlo en aquel contexto de guerra y represión; muchos dilataron su respuesta, y otros se negaron a participar solamente por miedo a perder su prestigio y hasta su propia vida.  Cuando, en aquel contexto realmente envenenado, algunos poetas árabes de Galilea como Naim Araidy, Shamer Kahir y Mohamed Ali Taha decidieron finalmente dar el paso y comparecer públicamente con sus poemas junto a los hebreos Margalit Matitiahu, Pnina Amit y Nathán Jonathan, no pude por menos de bajar la cabeza, intimidado ante aquel gigantesco ejercicio de valor, que todavía hoy me sobrecoge.
Todavía no acierto a entender por qué me fue dado vivir un privilegio como éste, pero sí sé que es un privilegio que ya no volveré a vivir, no al menos mientras los hilos de Dios sigan haciendo del conflicto palestino-israelí un bucle de dolor interminable. Una gehena para los mejores hombres, y para los hijos del valor, y de la vida.












sábado, 31 de marzo de 2012

Confesiones de un editor: "Ite misa est"



 


Carlos Morales

LA DANZA DE LOS PÁSHAROS


(El libro del Santo Lapicero, 2000; Salmo, 2005)


A Margalit Matitiahu, y a Daniel Chanoch, 
uno de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz. 




Cielo triste
cielo mira mujer con niño dentro
hombre solo mira cielo
mira niño
mira mujer sola
contempla nube oscura pintada en cielo triste

Indio pone quena en boca
quena silba mágica
trota en aire
llama pájaros
pájaros duermen en monte
pájaros no quieren despertar
no pueden despertar
no saben volar en cielo triste

De pronto cielo fulge
de pronto brama cielo
toca címbalos y llora
entorna sus esclusas himen Dei
vienen pájaros en medio de tambores
pájaros y espinos la música buscando

Quena encuentra pájaro qui vola
rara escoba baila cielo triste
danza tosca
oh pájaro insolente
oh pásharo que bajas
oh páxaro infelice en plomo dibujado

Hambriento el Agnus Dei el cielo triste cruza
cielo llove pájaros y lluvia
quena llora pájaros cursivos
gozoso Santo Espíritu a pájaros espera
a pájaros que lumen pecatta tollis Dei
al cabo pico santo rompe pájaros ingrávidos
plumas llueven
en garra de Dios oh pájaro abolido

Indio sella boca
guarda quena
hinchado Sancti Espíritu regresa a la montaña
ya no pájaros
ya no ojos mirando cielo triste
solombras nubes rojas
sólo un hombre en la tempesta
mujer sola con niño dibujando
el rastro del espíritu
el caos que se avecina 






Nota sin demasiada interés.-

     Escribí este poema en un autobús, sobre unas servilletas de papel que tomé de un bar y en el vaho de la luna de la ventana que me separaba del frío. Iba con mis hijos, entonces muy pequeños. Nos había impresionado el espectáculo que un peruano escenificó con sus pájaros en un zoológico. Y es que ocurrió algo sobrecogedor: un águila desobedeció las órdenes de aquel hombre pequeño y racial, y agarró con sus garras a un pajarillo despistado, cuyas plumas comenzaron a caer sobre el viento. Ignoro cual fue la razón, pero aquella visión dramática de un simple gesto de la naturaleza, me indujo a pensar en la relación del hombre con los dioses, en la libertad vigilada de que goza el espíritu humano y cuya vigencia depende de voluntad de la divinidad. Me dio por pensar que el pájaro era yo en las garras de Dios, o del destino, que por primera vez me había dibujado un tumor que luego -con el tiempo- apenas sí tuvo consecuencias. 
     Esto ocurrió en noviembre de 1999. 
     Llevaba sin escribir catorce años.
    Mi necesidad de escribir estalló de repente, y lo hizo con una violencia que hacía imposible racionalizar la visión que estaba contemplando lleno de temor. Era incapaz de pensar, pero no de ver, pero lo que veía me conducía al delirio. 
     Utilicé expresiones sefardíes y latinas. Y lo hice sin señalar -mediante subrayados- su individualidad. Las integré voluntaria y conscientemente en las expresiones en castellano, buscando en su continuidad un solo, un único lenguaje poético, capaz de adecuarse a las visiones enloquecedoras de la desesperación que, por aquellos días, me doblaba las espaldas del espíritu. Pero no me bastó con eso: ya en casa procuré borrar del paisaje del poema los artículos, adaptarme al lenguaje dificultoso de mi -entonces- hijo más pequeño, Darío, que hablaba como los indios de los western. Todo ello me permitía desrealizar el lenguaje, desvincularlo de sus usos sociales, algo que me era entonces espiritualmente necesario para intentar dibujar un paisaje dantesco semejante a los lienzos de El Bosco, cuya delirante crueldad no era menor que la que yo sentí ante aquella visión del águila destrozando la cabeza de los pájaros incautos, de los hombres,  sometidos de pronto a la persecución de las garras desplegadas de Dioos, o de su propio destino.           
     Tengo que reconocer que aquella elección de una lengua inexistente para intentar la expresión literaria del dominio terrible de Dios estuvo determinado por algunas circunstancias personales. El 11 de noviembre de aquel año, Francisca Domingo me había enviado un puñado de poemas de Gabino-Alejandro Carriedo, que tenían en común la circunstancia de haber sido escritos en los días que precedieron a su muerte mortal. Entre todos ellos, ardían los versos deslumbrantes del Ite misa est, en el que el genial poeta palestino daba la vuelta moral a los grandes mitos cristianos de la redención a través de la muerte de Cristo:  "El cordero de Dios, pecado que limpia el mundo!"..."El cordero pecado de Dios, es el mundo que pare", "El mundo que limpia el cordero de Dios, como piel de almendra"....y entonces esos últimos versos que arrojan su luz sobre el malherido animal que algún día lloraremos...

Gabino Alejandro Carriedo


ITE MISA EST

Becerro herido
la sangre del Agnus Dei
qui tollis pecata mundi.

Sus blandos ojos musitan
plegarias
miserere nobis.

Sus manos blancos se asemejan
al ruido de las lianas
miserere nobis.

su linda boca tierna informe
recuerda el parto
miserere nobis.

Su alegre piel peluda
se parece al almendro floreciente
Ome nobis pacem.

Noble becerro herido
vientre desventrado
tonto cordero defenestrado.

Oh, el Agunus Dei pecata
qui tollis mundi,
plegaria o ruido de lianas

El Agnus pecata Dei
mundi en el parto
tuerce tu boca informe.

El mundi qui tollis Agnus
como piel de almendro
miserere pacem.

Y ahora nobis afonía
del malherido animal
que algún día lloraremos...


Margalit Matitiahu
     En los días en los que escribía obsesivamente la Danza de los Pájaros, este poema de Carriedo no dejaba de perseguirme por todos los rincones de la casa. Lo mismo me ocurría con ese ramillete de poemas sefardíes que Margalit Matitiahu me había hecho llegar desde Jerusalén, en los que desplegaba la visión de sus antepasados "reskapados"  de Salóniki y enviados -todos ellos- a las cámaras de Gas de Aushcwitz. Aquellos versos suyos, sus pásharos que lloven y volan bajo las solombras de la horrible tempesta del espíritu Dei encarnado en un hombrecillo con bigote...La circunstancia de que sus padres tuviera que huir a Tel Aviv porque sus abuelos no daban su bendición a su matrimonio haría posible que Margalit naciera en tierra libre...el amor como fuente de salvación, o de rendención...
        Todos aquellos poemas actuaban sobre vi como lanzazos incriminadores clavados sobre una conciencia demasiado tiempo dormida -la mía- e incapaz de dejarse bogar por los papeles. En ellos quiero reconocer el gran impulso que me permitió escribir aquel poema, que fue el primero después de casi quince años de silencio.Y aquel atardecer comencé -por fin- a escribir, obsesivamente, como si aquella escena hubiera abierto totalmente todas las esclusas de mi corazón...     Durante los cuatro meses que siguieron a aquel día, tallé -esa es la palabra, a golpe de martillo- los poemas de El Libro del Santo LapiceroY desde entonces, apenas sí he vuelto a escribir más. Pocas cosas, pocas que merezcan la pena ser salvadas de la quema...
      Tomé aquella cadena de sucesos como una señal de por dónde debía comenzar a reconstruir el destino de El Toro de Barro.    Aquel atardecer decidí que sí, que lo pondría de nuevo en marcha, que lo pondría a mugir, que merecía la pena perseverar en el camino editorial de su fundador, y de mi amigo, Carlos de la Rica. Y decidí hacerlo volviendo a sus raíces, en parte para señalar -y de hacerlo con todas sus consecuencias- los territorios éticos y estéticos del Toro, y también -por qué no decirlo- como un acto de amor hacia quien fuera mi amigo. Primero fueron los poemas de Gabino, que acabé titulando El libro de las premoniciones. Luego llegaría Ángel Crespo, Edudardo Chicharro, Federico Muelas y Carlos Edmundo de Ory, pilares básicos del espíritu fundacional que Carlos de la Rica trato de imprimir al mugido de su Toro. Y más tarden haría su acto de presencia  Kamino de tormeno de Margalit Matitiahu,  que haría honor a la pasión judía de su fundador....Ellos fueron como ese "látigo que chasca y resplandece en medio de la noche" del que hablaba la Yourcenar, y que de algún modo me advertían de qué farolillos debería encender en el camimo para iluminar el camino de un Toro que no quería morir. Un camino -lo reconozco- que hasta entonces yo mismo había ignorado. 
     
    Y ahí comenzó mi propio camino. 
   
     



Carlos