martes 19 de febrero de 2008

Palestina e Israel: el «peso de sus muertos».

Palestina, Israel: el «peso de los muertos»

Carlos Morales

N
ada tiene de extraño que la Organización Islámica de la Educación de las Ciencias y de la Cultura, en la que se encuadran organizaciones gremiales -públicas y privadas- financiadas por los gobiernos teocráticos y más o menos totalitarios de 50 países del mundo árabe, hayan lanzado una especie de «fatwa» contra el Salón del libro de París, aduciendo que con él se ha querido homenajear la literatura de un estado que, como el de Israel, practica el «genocidio» contra el pueblo palestino. Lo que sí resulta demoledor para los que, desde distinto campos, hemos procurado establecer un cauce de encuentro entre las culturas de dos pueblos condenados a entenderse, es la incapacidad de las grandes individualidades de la literatura árabe para emanciparse no tanto de la «presión moral» nacida de la tragedia palestina como del uso que de ella están haciendo los gobiernos árabes para mantener intacta la «cultura de guerra» generada por sesenta años de conflicto.
La sumisión a este anatema protagonizada por algunos de los más grandes escritores árabes contemporáneos, entre los que cabe destacar al egipcio Alaa Al Aswani, el anglopaquistaní Tariq Ali, los argelinos Boualem Sansal o Maïssa Bey y los marroquíes Fouad Laroui o Youssef Jebri, es tanto o más desconcertante cuanto los cerca de cuarenta escritores hebreos que han sido convocados a cónclave son gentes que en su vida pública y profesional están lanzando los más demoledores alegatos contra la actual «política de defensa» del gobierno israelí, poniendo todo el peso de su voz en favor del abandono de los territorios ocupados y de la creación de un Estado Palestino viable e independiente. Si intelectuales de la talla de Amos Oz, David Grossman, Avraham B. Yehoshua, Meïr Shalev, Margalit Matitiahu o el desaparecido Nathán Yonathán han sido capaces, en su obra y con su vida, de interiorizar la «presión moral» de sus hijos muertos -que también los tienen- para convertirla en el gran argumento vital de una sociedad israelí que clama por la reconciliación con el pueblo palestino; si han tenido el coraje de de hacer de ella la principal razón de su combate radical contra los grandes mitos antiárabes y antipalestinos con los que cierta cultura israelí ha generado su poderosa y particular «cultura de guerra» ¿qué impide a estos grandes escritores árabes hacer lo mismo en sus propias naciones?

En los años noventa, y en el contexto pacificador abierto por los Acuerdos de Oslo, también ellos comenzaron a dar pasos en esa misma dirección, haciendo de las ferias y congresos literarios internacionales escenarios habituales para la confraternización franca y pública con sus colegas hebreos. Es verdad que nunca dejaron de proclamar la «suciedad de origen» del Estado de Israel, pero su apuesta por el diálogo intelectual llevaba implícito el reconocimiento de que una gran parte de la cultura y de la sociedad civil israelí estaba apostando decididamente por la creación de un Estado Palestino independiente y viable. Y aunque su manifestación pública siguiera siendo dubitativa, resulta evidente que estas nuevas percepciones de la intelectualidad árabe, que habían dejado de contemplar al pueblo y al estado hebreo como un pueblo y un estado genocidas, supuso un duro golpe para la maquinaria ideológica de guerra con que los partidarios de seguir utilizándola para ampliar su hegemonía –Irán, Irak y Siria- venían apuntalando los posicionamientos más radicales de la «resistencia palestina».
Todo este proceso comenzó a desmantelarse poco a poco cuando la laboriosa coordinación de estas potencias regionales y las provocaciones de Ariel Sharon desencadenaron, en el año 2000, la II Intifada. En un contexto democrático homologable al de los países de Occidente, los intelectuales y escritores de Israel pudieron resistir con mayor vigor el fortalecimiento y la expansión en su propio territorio de esa «cultura de guerra» para la que todo palestino era un terrorista. La energía con la que, desde el primer momento, Amos Oz, David Grossman, Nathán Yonathán, Yoav Hayeck, Orsion Bartana o Margalith Matitiahu levantaron su voz contra la solución militar al problema palestino contrasta vivamente con el retraimiento casi generalizado de los intelectuales y escritores del mundo árabe a la hora de mantener públicamente el mismo posicionamiento crítico que con tantas dificultades habían logrado apuntalar en los tiempos de paz, y del que sus homólogos israelíes estan haciendo gala aún en tiempos de guerra.

Sólo un puñado de escritores de la mayoritariamente árabe región israelí de Galilea, como Shamer Khair, Mohamed Ali Taha o Naim Araidy, lograron a duras penas retorcer el cuello al corazón y enfrentarse con éxito a la «cultura de guerra» que parecía obligar a lanzar violentos anatemas contra el pueblo de Israel. No les fue fácil arrastrar hacia los principios pacifistas el fiel de la balanza de ese delicado y terrible «conflicto de doble fidelidad» que amedrenta y confunde los espíritus en tiempos de guerra, ni mantener vivo el movimiento que abogaba por la reconciliación ante la incomprensión por parte sus colegas árabes y de los peligros que podía representar para su prestigio profesional y para su propia vida manifestar públicamente una actitud que podía ser entendida por los sectores más radicales de su propia cultura como un acto de «traición» hacia la causa árabe. La celebración cada primavera de los ya legendarios Encuentros de Maghar se ha convertido desde entonces y durante muchos años en el único escenario donde ha sido posible la confraternización literaria entre las cultura árabe e israelí, y en los que sólo en fechas muy recientes tuvieron el valor de hacerse oír el poeta jordano Zakaría al Omari y los poetas palestinos Saed Abo Tbanja y Mona Abo Jousif. De ese más que notable ejercicio de valor protagonizado por quienes consintieron en compartir el mismo pan y la misma mesa nació, precisamente, Coexistence , una pequeña antología que tuve el honor de coordinar y publicar en el año 2002, y que sigue siendo el único documento literario que ha sido capaz de aglutinar la obra de algunos de los poetas árabes y hebreos más firmemente comprometidos con la causa de la reconciliación.

A diferencia de sus colegas galileos e israelíes, las grandes individualidades de la cultura árabe de hoy no han sabido transformar el peso de sus muertos en una fuerza ideológica lo suficientemente sólida como para enfrentar los espejismos del mito antijudío construido por la clase política que los gobierna y como para extender entre sus sociedades la necesidad de promover el encuentro y la reconciliación con el pueblo hebreo. Y los que lo han logrado, no han salido a la calle o a los medios de comunicación para desmontar la «ideología de guerra» emanada de los poderes teocráticos bajo los que sobreviven, y que los movimientos religiosos de corte waabista no han hecho otra cosa que revitalizar. Eso es, precisamente, lo que han hecho los escritores hebreos con los que ahora parecen no querer compartir un plato caliente de comida, pero porque lograron mantener un contexto democrático que lo hacía posible. No. No es sólo la «presión moral» del drama palestino lo que hace comprensible la actitud de estos grandes escritores árabes. Es, también, el miedo a manifestarse en sociedades gobernadas por regímenes totalitarios y sacudidas, desde la guerra de Irak, por una marea yihadista que, nacida de la perversión del Islam, no puede tolerar la disidencia. En estas condiciones no siempre es posible ni exigible el ejercicio del valor. ¿O es que tenemos que recordar las «fatwas» lanzadas por los poderes religiosos islámicos contra los escritores e intelectuales árabes que han sido capaces de reivindicar para sí la libertad de expresión y pensamiento?







viernes 8 de febrero de 2008

Un pájaro en la luz...


"un pequeño infierno florido,
una cadena de rosas,
un calabozo de aire..."




Cuando te regalan un reloj, te entregan "la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo" un reloj, "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire...". Eso lo dijo Cortázar, madre, y no me preguntes dónde. Y en ello pienso ahora, en el reloj de boca quebradiza que hace lo que puede -que ya es poco- para entonar las horas, cuando te veo yacer sobre la cama de un hospital, con los ojos sin brillo, nublados y remotos...
¿Detengo el reloj y te ayudo a marchar?
¿O te ayudo a quedarte y te beso?
Te pregunto y no sabes responderme;
urjo una respuesta, y no puedes responder, o ya no sé escucharte...
Me cuesta saber que lo que queda de ti no tiene más consistencia que una rosa en el desierto,
y que las manos que me acariciaron un día no son más fuertes ya que las alas de una mariposa que el invierno ha congelado de repente bajo las botas del aire...
¿Apago el reloj?
¿Acorto las horas para ayudarte a entrar como un pájaro en la luz?
¿O te acuno el dolor y te lo duermo
para quedarme a solas con lo que fuiste tú,
y yo más limpio?
Hoy, madre, eres tú el libro de páginas selladas que no sé cómo abrir.
Tuya es la página que habla con invalida ternura entre mis manos confusas y pequeñas.
¿Azuzo el reloj?
¿Abro las puertas de la antigua y dorada jaula en que alguna vez volaste?
¿Te retengo un poquito más, aquí, conmigo,
o soplo sobre ti para que vuelvas a los montes
con tus ovejas y tus árboles
como una pavesa pequeña flotando entre las sombras?
¿Qué he de hacer, Madre, qué he de hacer para ayudar
a un pájaro dispuesto para entrar en la luz de la noche,
en "la hora que no es de los bühos ni de las alondras"...

Te quiero, pero no sé cómo decírtelo....
Adiós, madre,
Adiós.

sábado 1 de diciembre de 2007

El viejo




EL VIEJO

Carlos Morales


Cuando las cosas se van, cuando las cosas
recogen sus cosas del armario,
y dicen que se van,
y por última vez en la puerta se vuelven,
y sus ojos te dejan -llamándote- en los ojos,
y tú no les contestas
porque hay lluvia en el pecho,
porque una voz te llama
pasando su lengua por tu mano,
y ese viento
con su rabo feliz ahuyentando la vida,
y esa luz de pronto, esa luz airada
golpeando de pronto
la ventana con sus dientes -llamándote-,
luz que entra
y al llegar a la cama se detiene
y te observa en medio de lo oscuro
como águila al conejo que asustado bajo una zarza llora.
Es inútil levantar la mano. La mano no se mueve.
Inútil es también abrir la boca.
La boca no puede cantar, la boca no sabe cantar
cuando las cosas te miran
y no te reconocen y dicen que se van,
que nada queda ya que las retenga en la casa,
nada de todo cuanto hubo, nada que no sea
ese viejo austero y recostado como un bronce
que mirando al Sur bajo la salicaria duerme,
y en cuyos ojos fríos los pájaros vienen a morir,
y no lo saben.

jueves 22 de noviembre de 2007

Reportaje gráfico del estreno teatral de «Guantes de Piel Humana»

El 16 de noviembre de 2007 se escenificó de nuevo, y en la misma ciudad de Tarancón, la obra de teatro Guantes de piel humana, cuando se cumplía el XXX aniversario de su primera representación pública. A continuación, El Toro de Barro os presenta algunos de los comentarios de prensa detectados sobre este acontecimiento memorable, así como un breve reportaje fotográfico acompañado de no menos breves extractos del guión con que Carlos Morales y Julio Clemente Lourtau -que encarnaron al judío y al nazi respectivamente- se convirtieron en los primeros autores latinomaricanos en montar un drama sobre el Holocausto.


PRIMER ACTO
(Extracto)



DELMER.- (Al público) ¡Guantes de piel humana¡ ¿Quién compra guantes de piel humana? ¿Alguien quiere guantes de piel humana?

Delmer baja al patio de butacas, y busca entre el público a quienes les pueda vender su mercancía. Encuentra a un señor cuyo aspecto delata su opulencia.

DELMER.- (Al hombre opulento) ¿Ud. Caballero, no desea Ud. Unos guantes de piel humana como no los hubo nunca en parte alguna? Se nota que Ud. es de los que saben lo que quieren, y de los que están dispuestos a pagar el más alto precio por algo que lo distinga de los demás. ¡Verdad que son hermosos, eh¡ ¿Cuánto me daría Ud. por estos guantes de piel judía? ¡Póngale precio¡ Pero no me diga lo que aquel ingenuo poeta alemán que nunca se lavaba ¿cómo se llamaba aquel ingenuo poeta alemán que creía en los débiles? ¡Ah sí, Bertolt Brech¡ Un día le preguntaron que cuanto valía un hombre y él dijo “¡un hombre vale lo que un saco de arroz¡” Yo estoy seguro que Ud convendrá conmigo –toque, toque– que estos guantes valen bastante más que un saco de arroz…

Como el hombre opulento no quiere comprar su mercancía, Delmer se dirige a un muchacho joven.

DELMER.- (Al joven muchacho) Eh, muchacho, pruébate éstos. Tus manos son muy grandes, muy viriles, le vendrán muy bien a la piel de estos guantes. No seas tímido, sé un hombre, y póntelos. Los hicimos con la piel de una muchacha judía que nunca conoció varón, una fruta roja que nunca fue arrancada del cerezo…¿Te imaginas la caricia de seda de su piel en tu mano?
No son unos guantes de piel humana cualquiera…
¿Usted?
¿Acaso Usted?
¿Quién de Ustedes quiere guantes de piel humana?
¿Es que nadie aquí quiere contemplar esta luz?
¡Es la Luz que tolis pecata Dei¡
¡Es la Luz que limpia los pecados de Dios!
¡Es la Luz, la Luz de Alemania!



DELMER.- (Al público, mientras bebe y pasea por el escenario) Hipócritas. Hipócritas. Hipócritas. Había que hacerlo. Sabíamos cómo hacerlo. Y lo hicimos. Nosotros sí tuvimos el valor de hacer aquello que vosotros quisísteis pero no tuvísteis el valor de hacer. Nosotros sí supimos liberar a Europa de su vieja enfermedad judía. Y lo hicimos sin contemplaciones. ¿Por qué cercarlos? ¿Por qué expulsarlos? Lo reducimos todo a una cuestión de rentabilidad. Con piel humana forramos las Biblias del Dios de los débiles y los libros escolares de los niños de Alemania. Construimos mamparas para las ventanas y acostumbramos al sol de Europa a pedir permiso e inclinarse antes de pasar a los salones de Alemania. Con piel humana protegimos a Europa del frío que llegaba de oriente con sus crisantemos rojos. Fabricamos guantes para nuestros héroes; mandiles para las matronas de nuestros hospitales; bolsos para nuestras esposas y estolas para nuestras amantes. Fabricamos lámparas con la piel judía, y con ellas combatimos en Europa la vieja oscuridad, le dimos la luz, nuestra luz. (Gritando) La Luz de Alemania, (Saludo militar) ¡Heil!





SEGUNDO ACTO
(Extracto)



(El judío Moshe deja de ser el perro Nadie y, mientras Delmer duerme, se acuerda de su esposa Sulamith, y se deja llevar por los bucles opulentos del dolor con los versos del Todesfuge, de Paul Celan)








MOSEH.- Y tú, Sulamith, y tú?
Amor mío,
Yo ya sé que no te volveré a ver más.
Yo ya sé que no volveré a sentir tus brazos en mi espalda
ni la sombra de tus pasos en la arena…
Oh, Sulamith, Rosa de Nadie, ¿Donde podré hallar los negros cabellos tuyos que brillan como el carbunclo en la noche? Humo negro, ceniza ya…



(Señalando a Delmer, con voz aterrorizada)









Vive un hombre en la casa
que juega con serpientes, Sulamith,
Hay un hombre que juega en la casa con serpientes

y escribe a Alemania al atardecer….




Escribe y escribe
Y sale de la casa

Y mira las estrellas, y ordena a las estrellas
¡lucid, lucid, lucid!
y las estrellas arden, Sulamith,

y las estrellas lucen, lucen, lucen…

Y su ojo es azul.
empuña su látigo
sus ojos nos miran…
y silva a sus perros
azuza a sus perros,
los lanza a nosotros

¡ladrad, ordena, que rujan los perros,
y vosotros hincad más hondo en la tierra las palas nos dice
y vosotros cavad una zanja en la tierra más hondo,
tallad una tumba en el cielo,

y vosotros cantad, judíos, cavad, cavad y cavad,
y los otros seguid tocando y bailad
que suene más dulce la muerte

...que suene más dulce la muerte
y así subiréis como humo en el viento
al nicho que os doy abierto en el aire
no se yace allí estrecho….


(Moshe cae arrodillado y eleva las manos como si ofreciera al cielo su cáliz de dolor)


Negra leche del alba
Te bebemos al atardecer.
De mañana y de tarde te bebemos
Al medio día la bebemos, la bebemos de tarde, Sulamith, Bebemos y bebemos
La negra leche del alba…







TERCER ACTO
(Extracto)


(Delmer Appelman, Comandante en jefe del campo de concentración de Buchenwald, tiene una visión en la que habla con su madre, que está ausente)


DELMER.- Madre ¿Estás ahí? El Führer me ha requerido en persona para prestar un servicio especial a Alemania. Toma ¿la quieres leer? ¡El mismo Führer, a mí, a mí, en persona. ¿es que no lo entiendes madre, es que no lo entiendes?


¡He sido nombrado comandante del campo de concentración de Buchenwald, Madre¡
Es un gran destino. Eso me alejará de los peligros del frente, del frío que se avecina ¿No te alegra eso, Madre?



¿Mi misión? No sé si debo decírtelo, Madre. Es una misión secreta. Sólo te puedo decir que hay que aprovechar la guerra para liberar a Alemania, y aun al mismo mundo, del cáncer judío. Pero hay que hacerlo en la oscuridad de los bosques, porque el mundo no está preparado para comprenderlo, madre…¿Te imaginas, Madre, lo que dirían los rusos si se enteraran que vamos a limpiar de judíos la faz de la tierra? Ellos, sí, los rusos, los mismos que han acabado en su revolución con la vida de millones de personas? ¿Te imaginas qué dirían los “demócratas” de Occidente? Ellos, los mismos hipócritas que han robado lo mejor de Alemania…


No te escandalices, Madre… ¿acaso los judíos no crucificaron al Hijo de ese Dios al que me enseñaste a rezar? Ese crimen los cambió para siempre. Alteró su naturaleza. Los hizo distintos….¡No es una raza inferior, madre, es una raza incompatible con la civilización que anhelamos, Madre¡ ¿Es que no lo entiendes?


¿Y por qué habría que apartarlos de la solución definitiva, Madre, de la Solución Final? Bajo su ingenuidad se esconde la perversidad que emergerá mañana para la perdición del mundo y de Alemania… Sí, madre, sí, a los niños también…


Oyes los trenes, Madre?
Los oyes?
Llegan más y más. De mañana y de tarde llegan los judíos, con su piel dispuesta...
Su destino ya está escrito, Madre.




(Delmer se queda con los brazos apoyados en su fusil, como un crucificado. Moshe, el judío, entra en el escenario y se encara con él, recriminándole el apocalipsis judía con unos versos del Tenebrae, de Paul Celan)



MOSHE.-
¿Quién, quién era la estirpe aquella que fue asesinada,
el testículo y la verga que fueron arrancados de raíz

y que ahora se alzan hacia el cielo
como una salvaje corona que florece?
Somos polvo, venimos del abajo,
Y estamos aquí, Señor, estamos cerca.
Presos ya, Señor, presos y apresables, engarzados los unos en los otros,
con las uñas hundidas los unos en los otros,
Como si cada uno de nuestros cuerpos fuera, Señor, tu propio cuerpo…


Agobiados íbamos, encorvados bajo el viento hacia la fuente,
hacia la zanja
para arrodillarnos sobre el charco y sobre la oquedad,
sobre el abrevadero, Señor,

frente al abrevadero...

Era sangre, la sangre que tú mismo derramaste, Señor,
y relucía.

La sangre que bebimos, Señor.

La sangre y la imagen que manaba de tu sangre,
Señor,
La negra leche del alba...

Y Ahora somos una negra y salvaje corona que florece.

Ruega, Señor, ruéganos. Estamos cerca….









Momento en el que Moshe grita el nombre de su hijo Amós, cuando se entera de que fue convertido en una lámpara de piel humana en el campo de concentración de Buchenwald. Retorcido de dolor, sólo romperá el largo silencio para contar una pequeña nana -"Mueve las patitas de conejo, mueve las patitas perrito viejo"-, con la que le recuerda el tiempo en que él nisno se hizo pasar por un perro alemán y colaboró como kapo con los nazis para sobrevivir y ayudar a su hijo a conservar su vida.... Y se inicia un terrible combate entre los dos protagonistas...








MOSHE.- Podría haberte matado. Podría haberte degollado mil veces, Delmer, mientras dormías…
DELMER.- De haberlo hecho, no habrías sido el último en morir, y la piel de tu hijo no habría tamizado la luz de Alemania en las estancias privadas del Fuhrer sino en las más sucias cuadras de los cerdos…Es verdad, Hubieras sido un héroe para tu propio pueblo, Nadie; la gente habría hablado del hombre que tuvo el valor de degollar a Delmer Appelman, el fabricante de guantes de piel humana…
MOSHE.- Nada hay más absurdo que escribir la biografía de un héroe.
DELMER.- Te equivocas, hay algo más absurdo que escribir la biografía de un héroe: ser un héroe… Nadie te pedía ser un héroe. Yo acepté mi destino para salvar a mi patria, y me convertí el brazo ejecutor de un pueblo que antes o después tendrá que desaparecer de la faz de la tierra. Y tú lo hiciste también, Moshe, hiciste lo que pudiste para sobrevivir y para salvar la vida de tu hijo. Nadie te lo puede reprochar, pero es que además, y gracias a eso, salvaste la vida de algunas personas. ¿Sabes? cuando Buchenwald fue liberado había cien niños que todavía vivían Moshe…Ellos te debieron su miserable vida. Tu pueblo nunca reconocerá eso, te llamarán traidor, pero eso es tuyo, su vida es tuya… Nadie te pedía ser un héroe, y de algún modo lo fuiste…
MOSHE.- Debería haberme levantado, haberte degollado, haberme llevado por delante la vida de los guardias antes de morir…
DELMER.- Ahora podrías hacerlo, Moshe. Mira. (Coge un hacha y golpea un tajo) Así, así, así, así, así…
MOSHE.- De nada serviría que hiciera ahora lo que debí hacer hace mucho tiempo…
DELMER.- Sí, sí serviría. No es lo mismo morir fusilado que en combate, no para un héroe alemán… (Señala el hacha) ¡Cógela, cógela y acaba con esto de una vez!... ¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡Ahora puedes hacer lo que quisiste hacer y no tuviste el valor necesario para hacer¡ Mira. Es fácil…

(Moshe se niega a coger el hacha)

DELMER.- No me hagas eso, Moshe, seré tu perro, seré tu Nadie, pero no me hagas eso, no permitas que haya muerto como un vulgar criminal. ¿Es que no te das cuenta? ¡es la única manera de quitarte de encima el peso de tu culpa!... (Delmer, desesperado, lame las botas de Moshe)…
MOSHE.- ¡No, Delmer, No! Para ser un héroe tienes que acabar lo que fue tu misión. Quemaste mi cuerpo, y con la piel de mi hijo hiciste una hermosa lámpara de hierro. Pero te equivocaste, Delmer, mataste a Nadie, a tu perro Nadie, pero no a Moshe, y mientras me quede el nombre, seguiré vivo, seguiré estando vivo, seguiré siendo el último judío al que no te atreviste a asesinar ni siquiera en la antesala de este infierno interminable! ¿Qué dirán tus dioses, eh? ¿Qué quedará de lo poco que las balas dejaron colgado de tu gloria!

(Moshe se dirige hacia el tajo. Cuando llega a él, se detiene, y mira a Delmer por última vez)

MOSHE.- Entre tu gloria y tú, sólo quedo yo, Delmer. El último judío al que no tuviste el valor de arrebatar su nombre.

(Moshe se inclina y apoya su cabeza sobre el tajo de madera. Delmer se dirigie hacia el aguamanil, y se lava con traquilidad. Después, se acicala: ¿qué soldado alemán no cumple su misión en perfecto estado de revista? Y acto seguido, se acerca hacia el judío, y le increpa):

DELMER.-
¿Es eso lo que quieres?
¿no sabes de otro modo de acabar con tu culpa?
¿No te atreves a luchar como Jacob y el ángel?

(Un silencio muy largo)
(Coge el hacha, y la alza) ¡Que nadie vuelva a pronunciar tu nombre, Moshe!
Que nadie vuelva a pronunciar tu nombre, Moshe!
Todo sea por la luz de Alemania….y por la gloria


Y el hacha cae, cae, cae...

jueves 25 de octubre de 2007

«Guantes de piel humana», de Julio Clemente Lourtau



Karl Koch y su esposa Ilse, fotografiados con sus hijos en la época en que dirgían aquel terrible campo de concentración de Buchenwald, que habría de pasar a la historia como una factoría dedicada a la fabricación de guantes, lámparas y forros para biblias con la piel humana de sus víctimas.



Uno no sabrá nunca si fue por exceso de valor o por uno de esos ataques de sana imprudencia que hace irrepetibles -y también inolvidables- los tiempos de nuestra juventud, pero lo cierto es que, cuando todavía no se había diluido el olor de la cirios bajo el que fue enterrado en el Valle de los Caídos el dictador Francisco Franco, y cuando no eran pocos en España los que entretenían sus miedos y sus viejos rencores alargando hasta el infinito las listas de los que habrían de ser fusilados cuando estallara -de nuevo- otra guerra Civil, un joven estudiante de Arte Dramático se subió al escenario de la Casa de la Juventud para representar, con la única protección del cielo de septiembre, aquel diálogo terrible entre un comandante nazi y la última de sus víctimas judías que marcó la historia personal de quienes tuvieron la ocasión de escucharla en directo.
¿Cómo supo aquel muchacho los pormenores de lo que ocurrió en el terrible campo de concentración de Buchenwald, en los que se basaba el guión de sus «Guantes de piel humana»? ¿Cómo supo aquel muchacho que entonces no contaba con más de diez y ocho años del inaudito despliegue de crueldad que se ejecutó, durante cerca de diez años, tras las alambradas de aquel dantesco infierno? ¿Cómo pudo sobrepasar los férreos cinturones de la censura franquista, tan atenta para cortar de raiz lo que pudiera recordar al mundo, y a los españoles, la calaña de quienes fueron sus aliados?
Algún día, Julio Clemente Lourtau tendrá que contarnos esa historia, porque a la altura de 1977 los sumarios que daban fe de la iniquidad de Ilse Koch, de quien partió la idea de hacer guantes y lámparas de piel humana en aquel campo de concentración de Buchenwald que dirígía su marido Karl Otto Koch, apenas sí eran conocidos en España por el personal del cuerpo diplomático, por algunos periodistas como Carlos Sentís y por los historiadores especializados en la Segunda Guerra Mundial.
Más allá de su valor, o de su inconsciencia, lo cierto es que cuando Julio Clemente Lourtau -que aparece en la fotografía superior de la derecha, poco antes de arriesgarse al esecenario- estrenó en lo últimos compases del verano de 1977 sus «Guantes de Piel Humana», faltaba todavía un año para que aquella legendaria y cuestionada serie de televisión que protagonizara Meryl Streep socializara en todo el mundo el conocimiento de aquel gigantesco Apocalipsis que sufrió el mundo judío bajo la alemania nazi. En este sentido, aquel adolescente barbilampiño se adelantó en España a la gran marea literaria que, construida en torno al Holocausto, agitó a partir de entonces todas las conciencias -incluso las más tibias- de Occidente. Y no sólo eso: aunque él no lo supiera entonces, lo suya fue, también, la primera pieza dramática en torno a la Shoa escrita en castellano y representada en castellano en el amplísimo espacio de la cultura hispanoamericana, rompiendo así con ello el monopolio que hasta entonces había ejercido el teatro y la cultura centroeuropea en la difícil hora de poner imágenes y voz a la catástrofe. Su nombre se sumó, así, al de Rolf Hochuth, que algunos años antes, en 1963, puso en evidencia en El Vicario la cómplice actitud de la jerarquía católica ante la tragedia; o a la de Peter Weiss, que en 1965 había representado con La indagación la distinta visión que las víctimas y los verdugos se habían construido de aquel apocalipsis. El joven dramaturgo español se adelantó, así mismo, a la voz del israelí Yehosua Sobol, que en 1984 se detuvo, con su Ghetto en las luces y en las sombras de la normalidad antiheroica de las millones de judíos que fueron ejecutados. En ello se resume -poco más o menos- la producción dramática en torno al Holocausto de toda la cultura occidental, en la que Julio Clemente Lourtau merece algo más que un frontispicio propio.
Si todo marcha bien, la obra volverá a ser representada en Tarancón el 16 de noviembre de este año de gracia de 2007, treinta años después de que sacudiera temerariamente las conciencias de toda una generación. Aparte de la responsabilidad de encarnar al judío -el autor hará lo propio con el comandante Otto Koch- he tenido el inmenso honor de revisar el guión de aquella legendaria obra, que ha sido reconstruido para la ocasión adecuando el texto a los pormenores de la tragedia rescatados por más de sesenta años de investigación historiográfica e incorporando por primera vez en una obra dramática relaccionada con la Shoa algunos de los poemas más célebres y capitales de Paul Celan, el gran poeta alemán que, no pudiendo tolerar haber sobrevivido a la catástrofe, acabó arrojándose a las aguas del Sena.
Será ésta, sin duda, la ocasión de reconocer y homenajear en Julio Clemente Lourtau la temeridad de quien, teniendo el valor que a otros nos faltaba de alzar su voz en tiempos aún difíciles, nos golpeó la conciencia para siempre. Y, tal vez, lo sea también para renovar de nuevo nuestro compromiso por la defensa de los valores sobre los que Occidente ha sabido construir su Civilización.





En las fotos anteriores, Ilse Koch compareciendo en el jucio seguido contra ella; cabezas reducidas y diversos objetos de piel humana elaborados para su uso personal y, finalmente, Julio Clemente Lourtau y Carlos Morales en los ensayos de la obra Guantes de Piel Humana.



Ilse Koch, fotografiada con su esposo en Buchenwald mientras descansaba de sus interminables orgías sexuales y de su concienzuda tarea exterminadora. Ilse fue condenada a cadena perpetua, pero se suicidó en 1967 en el silencio de su cárcel. En cuanto a su esposo, el sanguinario Karl Otto Koch, fue ejecutado por la SS en 1945 por el manejo corrupo de los fondos obtenidos en los campos de concentración que había dirigido.






martes 25 de septiembre de 2007

Invitaciones de El Toro de Barro: Rosa Alice Branco y Egito Gonçalves

Flor de tinta
(Rosa Alice Branco)


El poema es el dibujo de esta letra
inclinada por el rumor del viento
cuando le pido abrigo
y veo en él el espejo de mi cuerpo
reposando en tus brazos de ayer.
La tinta aún no ha acabado de secarse
el olor fresco de la página se vuelve hacia la página siguiente
y mi voz se oye mejor al viento
cuando conspiramos en el silencio
la próxima letra
y la exactitud de su dibujo.
Ahora hay mimosas en los árboles
y allá abajo el río ya no es como era
ni sabría serlo.
Olvidé cómo se bebe el agua con la mano
o cómo se bebe la mano
del río.
Yo existía en esa transparencia
en la flor espiritual y líquida
de la tinta
que retoca en el papel su vida.
Esta letra es mi nombre deletreado por ti
o mi nombre que todavía no está seco
y te mira desde las acacias que florecen amarillas
en el rigor del invierno.
Cualquier palabra tuya me dibuja
y así comienza cualquier cosa
que me estaba destinada desde siempre.





La escritura como gran metáfora de la emoción amorosa: esa es la gran almendra espiritual de la Caligrafía de Rosa Alice Branco y de La cicatriz amable de Egito Gonçalves, poemarios que El Toro de Barro sacó adelante el año 2001 en sus Cuadernos del Mediterráneo como un gesto de renovación del ya viejo abrazo a la poesía portuguesa -y brasileña- que estuvo en los orígenes mismos de sus tradiciones. Vistos desde la lejanía del tiempo, tanto los poemas de Egito como los versos de Rosa Alice -que con tanta delicadeza tradujo al castellano la poeta gaditana Mercedes Escolano- se nos antojan un hermoso diálogo amoroso entre dos de las voces más significativas de la poesía portuguesa contemporánea, que estuvieron unidas por muchas y arriesgadas aventuras literarias y, al tiempo, hcieron de su alma una casa común suspendida del aire -hasta el finl- por un hilo de seda.
Sirva este renovado abrazo de El Toro a la poesía lusitana como un silencioso homenaje, también, a Egito Gonçalves, cuya muerte -acaecida en las postrimerías del año 2000- nos dejó a quienes le admirábamos un poquito cada vez más solos, y del que aquí queremos dejar su voz rodar al cabo de una dicha que no cesa:


Tu nombre
(Egito Gonçalvez)

Tu nombre es un vocablo
de amor,
una caricia
que la lengua desenvuelve.
No puedo pronunciarlo
en voz alta
cuando no estoy solo. Las
respiraciones ajenas
corrompen: podría
disolverse en el viento,
fragmentarse,
perder
su misterio indescifrable,
desviar
la flecha de su blanco.
Lo pronuncio eliminando
el sonido, dos sílabas
que ruedan por mi cuerpo,
abren los poros y,
por medio de los ojos,
envían el mensaje necesario
al soporte de Octubre.
Todo canta, rodeando el silencio,
la brisa leve que perfuma
las letras
cuando traspasas la puerta
y tu sonrisa dulce
avanza hacia mí.
La garganta se abre,
las sílabas revolotean,
transforman
el espacio en música,
los acordes del agua:
mi cuerpo es ahora una cama
en la que la alegría abre
la felicidad, sus alas.




(El lector podrá encontrarse con la biografía de ambos autores, y con sedas antologías de su obra poética, a través de los vínculos que figuran en el texto con letra más oscura
)


sábado 15 de septiembre de 2007

Invitaciones de El Toro de Barro: Ángel Crespo


Venecia recorrida por un caballo

Venecia recorrida por un caballo
de noche por un caballo
blanco animal que avanza
trotando por el aire de la noche
que todavía no se hace viento caballo
desconcertado es un caballo
recortado a golpes de luz ya al galope
fino como un ciervo una cierva
un unicornio caballo de crines
onduladas que no mueve el viento
como el caballo de un grabado
o de una tela sin montura
ni caballero descabalgado
caballo que cruza Venecia
de noche y ni vuela ni para
al espantarse de los puentes
con gracia de caballo manso
corriendo sin que se despeine
la crin rizada de la cola
al pie de las casas y canales
deshabitados llenas de agua
que no le salpica los flancos
descabalgado blanco como
una luna que se refleja
en el aire un caballo
que se pierde en Venecia
entre mis versos: ese caballo.




Con la emoción contenida de quien cree haber descubierto por primera vez la joya que otros muchos contemplaron antes, «El Toro de Barro» te ofrece el resplandor de quien fue uno de sus númenes tutelares: la poesía de uno de los grandes heterodoxos de la poesía española del siglo XX: Ángel Crespo. La certeza de que el lenguaje era, en sí mismo, la principal fuente de emoción poética, y el convencimiento de que la poesía que importa no es otra que la poesía que emerge libre ya del yugo del tiempo que la engendró, constituyeron los cimientos de una vastísima obra literaria que comenzó a principios de los años cincuenta con su militancia en las vanguardias postistas; continuó en las lindes de las estéticas realistas proponiendo un realismo nuevo, el «realismo mágico», y terminó convertida en una espacio intelectual orientado al conocimiento del alma y a su transformación -alquímica- con la sola ayuda de las aventuras iluminadoras del espíritu. Una obra que se extendió a su monumental trabajo como traductor, y no sólo de Petrarca o de Dante -del que fue el mejor de todos sus traductores a cualquier lengua- sino, también, de los poetas brasileños y portugueses del siglo XX, de cuyo conocimiento en España y en Europa fue, en gran medida, el más temprano y activo de sus responsables. Aquí te lo dejamos, encima de la mesa, para aliemento del alma...






(En caracteres más oscuros y del color de la tierra mojada, el lector podrá encontrar una biografía del poeta Ángel Crespo, adentrarse en su mundo poético a través de una amplia selección antológica o adquirir noticia de los libros del autor -y sobre el autor- editados por El Toro de Barro y, de un modo especial, de su Oculta transparencia)