El Toro de Barro

El Toro de Barro

jueves, 26 de noviembre de 2009

María Antonia Ricas, y los dones del silencio


María Antonia Ricas

Peces

Se asemejan
a la ligereza
del aroma de la vara de incienso,
patinan bajo el agua
y no pesan
y juegan.

Rodearon mi cuerpo
cuando caí al fondo del dolor;
me miraron desnuda, golpeada
por días de lo amargo,
rodearon mi cuerpo con su brillo
y me prestaron
sus escamas.

Les agradezco ahora
que se comieran el libro del miedo,
que me hicieran flotar
mientras mordisqueaban mi cintura
y me despertaran de la atracción
del lodo,
me volvieran el rostro boca arriba
y viese las estrellas como peces
mirándome.

Y no me prometieron
sino el aire,
unas veces acerbo,
otras dorado.

Se acercan a la orilla
livianos, portadores
de un cristal muy grácil y luminoso.

Baño mi mano próxima
a ellos,
a modo de saludo,
y vienen a mis dedos...
Me recuerdan
que aún les debo el don de su silencio.

He dejado un cuadro colgado en la pared oscura, a modo de farol en medio de la noche. En él resplandece el cuerpo de una mujer inclinada sobre un estanque. La mujer deja caer su mano en ese mismo estanque porque quiere saludar a los peces que arrancaron las páginas del libro de sus miedos; a los peces que la despertaron a mordiscos de la "atracción del lodo" y la elevaron luego del "fondo del dolor", ayudándola a flotar, "cabeza arriba", con la sola promesa de un poco de aire...
Sin incidir obsesivamente en las connotaciones individuales de su propia experiencia vital, y sin caer en la tentación -tan común- de contarse a sí misma de un modo aparatoso,María Antonia Ricas supo, con este poema, dar fe de su particular inmersión en el abismo y, al mismo tiempo, convertir ese hundimiento personal en una suerte de evocación universal de la caída a los últimos anillos del infierno, que es tan consustancial a la vida de todo ser humano como pueda serlo el fuego al aire que alguien sopla o agita con la mano. Al cortar amarras, al minimizar su peso, consiguió que el poema fuera más de sí mismo. Y más de todos.
Pero ésta no es, en modo alguno, la única virtud del poema que, como un farolillo rojo, aquí dejo encendido sobre la puerta cerrada de esta creadora. En manos de otros poetas, las muertes y resurecciones cotidianas que envuelven nuestra vida hubieran dado lugar a expresiones poéticas mucho más cargadas de emocionalidad. Maria Antonia optó por el camino opuesto: despejó esos fenómenos cotidianos de todo dramatismo, utilizando lel contraste, la antítesis y la paradoja como principales herramientas de su lenguaje poético: peces "livianos" que se acercan a la orilla con la ligereza del aroma del incienso nos arrastran a la resurección con sus coninuas "mordeduras". El propio poema es, en sí mismo, una enorme paradoja; al igual que el gran fotógrafo Darren Holmes en su "Bliss", que aquí reproducimos, María Antonia Ricas logra convertir la resurección y la muerte en personajes de un cuadro apacible lleno de silencio, de placer y de melancolía. ¿ Es por eso menos muerte la muerte en este cuadro? ¿Es por eso la resurección menos resurección?
No tiene sentido ocultar que siento una particular fascinación por aquellos escritores que, como María Antonia Ricas, trabajan con la conciencia de que el lenguaje, más allá de su capacidad para transmitir la emoción humana, es también, y por sí mismo, una fuente independiente de emociones. No es que renuncien en su obra a dejarse arrastrar por las emociones derivadas del propio hecho de vivir, no; es que se plantean -al menos- la posibilidad de ensancharlas, reconducirlas, matizarlas e -incluso- crearlas de nuevo donde no existen con las solas herramientas del lenguaje. El poema como "creación de una realidad" frente al poema como un mero "testimonio de la realidad" que se toma como punto de partida. Todos los poetas si sitúan, como equilibristas sin pértiga, entre estos dos focos de luz sobre los que se engancha el sedal vibrante de la creación, pero cada cual lo hace en una dirección distinta. Como lectores, sólo nos queda la posibilidad de elegir el farol que nos alumbre. Como editor que a veces ama lo que hace, yo abandono aquí este farol encendido, con la intención de invitar a quien lo observe a que atraviese la puerta que conduce a la poesía de María Antonia Ricas, de quien me he permitido construir una pequeña selección para el placer silencioso de los merodeadores, obtenida de esos Fantásmas y cálamos que edité en el año 2005 en los talleres de El Toro de Barro. Eran tiempos mejores.


Carlos Morales



jueves, 19 de noviembre de 2009

"Las trece rosas" de Júlia Bell




Un momento de la representación de "Las trece rosas" de Júlia Bel, el 4 de octubre de 2006.

Al amanecer del día 5 de agosto de 1939, trece jóvenes muchachas de Madrid -la mitad de ellas menores de edad- fueron fusiladas a los pies de una de las tapias del cementerio del Este, en cumplimiento de la sentencia dictada por un tribunal militar que consideró plenamente probada su colaboración activa con la barbarie comunista en los días que precedieron al fin de la Guerra Civil española, y al fracaso definitivo de la esperenza republicana. Los cuerpos de estas bordadoras, enfermeras y conductoras de autobuses de la retaguardia madrileña fueron arrojados a una fosa común. 
Durante muchos años, su memoria sobrevivió en las sentinas más oscuras de la España de Franco, aunque reducida a los ámbitos estrictos de los grupos más implicados en la lucha antifranquista y en la causa de la República. La muerte del dictador, en este punto, nada alteró. Ni siquiera bajo aquel impulso espiritual que, desde 1975, emergió con la nueva democracia, nadie en el mundo de la Historia fue capaz –con la honrosa excepción del Jacobo García, en 1985– de rescatar sus voces de los polvorientos archivos del Estado, ni tampoco de instalarlas en la conciencia colectiva de la España de hoy. Como ocurrió con la Shoa –cuya literatura vengo estudiando desde hace algunos años– la "resurrección" de todas y cada una de esas muchachas ha venido –y muy tardíamente– de la mano del periodismo y del arte. 
Todo comenzó cuando Jesús Ferrero, uno de los grandes novelistas de la España contemporánea, publicó en el año 2003, en los extraños talleres de Siruela, su novela coral Las trece rosas. Aunque sus páginas estaban basadas en los hechos reales que ya se conocían, el autor no dudó en alejarse del drama político y en renunciar al frío verismo documental, porque su solo objeto era adentrarse en la normalidad de espíritu de aquellas jóvenes de retaguardia y, a la vez, contemplar la dignidad conque se enfrentaron al abismo como la reencarnación contemporánea de una dignidad moral universal que no sabe de patrias, ni se ajusta a ideologías ni entiende de fronteras, fenómeno éste que las emparentaba, por su virtud, con personajes y mitos mucho más antiguos que los surgidos o creados al amparo de la memoria de la Guerra Civil. 
La universalización del mito de Las Trece Rosas llevada a cabo por Ferrero, que de algún modo se alejaba de su utilización ideológica como fuentes legitimación casi sagradas de la ambición republicana, recibió pronto su cumplida respuesta. 
Un año después, en 2004, aparecieron Las trece rosas rojas del periodista y escritor Carlos Fonseca. Sus páginas eran, de hecho, un excelente reportaje de investigación periodística elaborado con extrema pulcritud y que buscaba enfrentar a los lectores a los acontecimientos reales que condujeron a aquellas muchachas a una zanja. Narrados con la frialdad de un cirujano, y sin más concesión a la fuerza de las emociones que las justas, el cuadro que dibuja es, realmente, demoledor. Sin embargo, y como el propio título evidencia, en la reconstrucción de los hechos resplandece la voluntad del periodista de vincular la dignidad con que se enfrentaron a la muerte con la dignidad conque la España republicana -y la comunista- combatió la barbarie del Régimen de Franco. Con ello, Fonseca devolvía su historicidad a Las trece rosas, rescatándolas para la mitología particular de la causa de la República. 
Estas dos maneras radicalmente opuestas de reconstruir los perfiles de los personajes, y de ponderar lo que en ellos hay de mito o de verdad, encontraron una suerte de síntesis en la película Las trece rosas del cineasta español Emilio Martínez Lázaro, al que hay que reconocer haber universalizado el conocimiento de este episodio de arbitrariedad totalitaria que fue el fusilamiento de las jóvenes muchachas.
 Basada en los hechos que hoy nos son sobradamente conocidos, su dirección se deleita en la reconstrucción de las vicisitudes vitales de todas y cada una de las protagonistas, y lo hace sin concesión alguna a la retórica, situando al fondo -a veces muy al fondo- el drama político y social en el que viven. Ni se aleja, pues, de la realidad histórica ni renuncia al contexto político en que se desarrolla el drama, pero se cuida mucho de ensanchar desmedidamente las distorsiones que suele imponer toda idología para rescatar en su normalidad las vidas de las fusiladas. En ellas, lo heroico no es tanto su actitud de servicio a una u otra causa, ni tampoco su mayor o menor conciencia de estar trabajando para un ideal más o menos justo, sino su capacidad para mantener intactas, en medio de la devastación, una manera particulamente generosa de vivir y su capacidad -no menos generosa- para enfrentarse al dramático abismo de su propia muerte. En este sentido, Lázaro levanta sobre un drama históricamente concreto un modelo universal de "virtud" que no dependía del espacio o de la historia para existir como tal sino de la ética individual es sus protagonistas.


Júlia Bel
Hemos dejado para el final Las trece rosas de Júlia Bel. Y lo hemos hecho porque somos conscientes de la necesidad de reparar la injusta rapidez con que suelen apagarse los fuegos que nacen de la poesía y de la dramaturgia, casi siempre a poco de nacer. La obra, que comenzó a gestarse meses antes de que Martínez Lázaro ultimase los preparativos del rodaje de su película, se estrenó en Barcelona el 4 de octubre de 2006 de la mano del grupo Delirio, una compañía de teatro creada seis años antes por Eva Hibernia y por la propia Júlia Bel, que fue la responsable última del guión. 
En él, la joven dramaturga no renuncia a la continua evocación del contexto histórico en que se desarrolla el drama, ni tampoco a utilizar ese contexto como una sólida argamasa conque apuntalar el vínculo entre la dignidad con la que las cinco protagonistas afrontan el miedo a morir y los valores morales y éticos de la causa republicana. La autora, sin embargo, da un paso más hacia adelante y concreta aún más la historicidad de su reconstrucción mítica de Las trece rosas, procurando focalizar toda la atención del espectador en aquellos aspectos de la normalidad cotidiana de la vida en la cárcel que acentúan el peso de la feminidad en sus particulares respuestas ante el totalitarismo. Quisiera o no, lo cierto es que, al escoger este camino, liberó en buena medida el mito de la historicidad que, en principio, había logrado establecer, situando a las protagonistas en un plano mucho más universal que el de la Guerra Civil, como cristalizaciones contemporáneas del mito de Antígona o, dicho de otro modo, como gestos simbólicos de la rebelión de la feminidad frente la tiranía: la rebelión de la Mujer de todos los tiempos -como mujer y como madre- contra la Tiranía de todos los tiempos.



No podemos ni debemos olvidar el atrevimiento de Julia Bel al abordar la reelaboración del mito con un guión construido todo él en verso libre, toda una locura en los tiempos que corren. Todo ello, unido al papel jugado por la música y la danza en la representación y a la rehabilitación de viejas canciones de los tiempos de la Guerra, otorgan a Las Trece Rosas de Júlia Bel una formidable carga de lirismo y de emocionalidad que, aparte de agitar las olas de la melancolía, nos reconcilia con nuestra condición humana. Y con nuestra propia historia. 


miércoles, 4 de noviembre de 2009

En torno a José Corredor-Matheos



No hay ninguna razón
para estar triste.
No hay ninguna razón
para estar triste,
ni para estar alegre.
No hay razón para nada.
Y sé feliz así.

Para quienes hemos crecido sobre la convicción de que el poeta debe de alejarse de las evidencias con la misma determinación con que el gato lo hace del agua, enfrentarse a la poesía de José Corredor-Matheos es, en sí mismo, una experiencia tan perturbadora y tan desconcertante como pueda serlo toda cura de humildad.

José es, como su nombre cuenta, un auténtico corredor de fondo que merodea con humilde delicadeza en torno a todas aquellas evidencias que, por serlo, hemos dejado de ver; y, de entre todas ellas, escoge como material para su creación las que, sometidas a la más simple y austera contemplación, son capaces de convertirse por sí mismas en una ventana entornada hacia el conocimiento propio. Sus levísimos poemas nos sitúan ante lo que las evidencias guardan en sí mismas de misterio en el instante preciso en que, por nuestra ceguera, se tornan invisibles; si se me permite la metáfora, nos colocan frente al viento que pasa en el momento en que, acostumbrados ya a él, dejamos de advertir su paso. Sus poemas, en fin, nos ofrecen la deliciosa oportunidad de reencontrarnos con las pequeñas cosas que apenas advertimos y de iniciar, a través de ellas, un reconfortante camino de retorno hacia nuestra más abrumadora desnudez.

Su negativa a enfocar la mirada sobre las regiones más dramáticas y oscuras de la realidad, y su renuncia a manejarlas con retóricas extremas e incendiarias capaces de ensanchar literariamente las complejas emociones derivadas de la misma, situaron a José Corredor-Matehos en las antípodas de la “estética del dolor” con que los poetas del realismo social de la generación de los cincuenta –a la que pertenece- pretendían hacer de la poesía un instrumento revolucionario.
Cono Ángel Crespo, Ángel Valente o Antonio Gamoneda, se atrevió a merodear en torno a las zonas más misteriosas e inefables de la realidad visible; se atrevió a desnudar las pequeñas cosas hasta "dejar tan sólo el hueso, /…/ como puñal o luz / que ilumine la noche / a mediodía"; se atrevió a afianzar la emoción poética precisamente en ese íntimo temblor que acontece en las pequeñas cosas como un "algo que madura" y "no quiere morir", como un "algo" que crece en el silencio y que nos mira. Y se atrevió, finalmente, a utilizar la poesía como una construcción intelectual al servicio del conocimiento. En este sentido, Corredor ha llevado hasta el extremo y -en buena medida hasta su consumación- los principios de ese "realismo mágico" que se desarrolló en la periferia de la poesía española en los años cincuenta, y que anidó especialmente en las tierras manchegas de las que procede.
A nadie puede extrañarle pues que, dadas sus opciones, el poeta fuera acusado de nihilista por muchos compañeros de su propia generación, especialmente por aquellos que veían en la poesía una estrategia de político combate o –en palabras de Gabriel Celaya- un “arma cargada de futuro”. Tal vez por esa misma razón, y por su acercamiento particularísimo a la poesía oriental, cuando muchos de esos poetas que entonces le excluyeron comenzaron a adentrarse como enormes fardos viejos en las ciénagas de lo olvidable, su nombre emergió de la intrahistoria con inusitada fuerza para convertirse, en los años setenta, en uno de los más apreciados referentes literarios de la poesía española. La proverbial sencillez de sus composiciones y la extrema humildad de su abrazo constante a lo real, le permitieron seguir siéndolo incluso cuando, a partir de la década de los ochenta, los partidarios de la realidad –en sus diferentes versiones– se alzaron con la hegemonía en el mundo literario. Y en el año 2005, cuando menos lo esperaba, los continuos y sencillos gestos de sabiduría que su poesía, en medio del silencio, nos fue dejando, la granjearon el reconocimiento general y le valieron el Premio Nacional de Poesía y su consagración como una de las voces más singulares y capaces de la poesía española del siglo XX.

Me acerco muchas veces a los ligerísimos poemas de José, un hombre -y un poeta- que se muere de sencillo. Cuando, como hoy, la vida no me da ni para apoyarme en la mesita de noche, me ato a su palabra tal a un poste, como un San Sebastián cansado al que no ha llegado aún el fulgor de la primera flecha. En momentos así, si de algo me siento emocionalmente compensado es de haber editado, en el año 2005, su Deja volar la pluma en el paisaje, y de haberlo hecho meses antes de que aconteciera su consagración definitiva. Yo os invito a vivir una experiencia inolvidable acercandoos a él, no sólo a través de estos dos breves poemas que aquí dejo tallados, sino en esta extensa selección que, en otro lugar, hace tiempo ya ofrecí a quienes quisieron -y pudieron- entonces disfrutarla.

Quede todo aquí, como una brindis para el amigo, pero también como un gesto de amistad y de cariño hacia esos queridos merodeadores que, de vez en cuando, aquí llegan para dejar su fuego y para arder en este...

Qué maravilla
la de haber nacido.
Qué maravilla, sí:

haber nacido ciegos.. .

***

En estos enlaces podréis encontrar más información sobre José Corredor-Matheos

Poemas...Biografía...Libros del autor editados por El toro de Barro...




Carlos Morales






lunes, 15 de junio de 2009

"Resurección", de Rafael Talavera

Friedrich


ESCENAS EN EL JARDÍN

(IV)


Rafael Talavera



Da miedo dividirse, con un corte tan limpio en la mitad del ser: luz, sombra.
El alba, que es dulzura, soldará las dos partes, las restañará.
No existe herida alguna entre el día y la noche, ni vacío enquistado,
sino un vuelo sonámbulo que goza demorándose, aquí, allá, en las islas
más claras de los árboles, en los vacilantes dibujos de los lirios, en los brocales
de los pozos inciertos que imaginan las sombras en los jardines.
Algo sutil se mezcla, se funde, se difunde. Da miedo otra resurrección,
ser dibujado por claridades que dudan,
ser otra vez cuerpo real, carnal juego de aún dormidas luces.
El alba es un terreno peligroso, desconfianza, un éxtasis sin mente, desolada llanura,
desierto con dunas que ahogan el sentido común.
Dicen que así es la muerte: tierra de nadie entre ni luz ni sombra
y el universo encima, mutando, pivotando, agigantándose, agrietándose.
Uno no sabe qué hace aquí: de pie, lúcido, solo, absorto, ¿vivo?, ¿muerto tal vez?, ¿abandonado?
Da miedo dividirse, ser, volver a ser.
Pero se intuye, al fondo, nada aún, casi un rosa,
o un rosa muy, muy lívido, o un blanco, un casi blanco.
Ya vuelan, aún sin árbol, mariposas blanquecinas, las flores, las del peral.
Ya asciende terso el humo, pan recién hecho, hacia los altos nidos de los pájaros.






Desde la edición por El Toro de Barro, en 1975, de Llámale como quieras, Rafael Talavera había guardado un escrupuloso y sonoro silencio en los papeles. Un silencio que, gracias a la Excelentísima Diputación de Cuenca, se acaba de romper con la publicación de su Gran angular, el volumen antológico que recoge la práctica totalidad de la escritura que salió de sus manos de pintor desde que deciera abandonar los escenarios de la literatura para inciar una larga travesía entre los pinceles.
La composición con que hemos querido celebrar sus renovados golpes de nudillo en nuestra puerta, y que no es sino la cima de un poema de más largo recorrido, es -en buena medida- una metáfora de su resurección, y, a la vez, la expresión más ancha y en todo su explendor de una poesía pictórica que tiene en las imágenes su herramienta sagrada; una poesía, la suya, en la que, dejando a un lado algunas concesiones a los impulsos vitales de la íntima cotidianidad tan ligados a algunos momentos de su producción, aprovecha con sabiduría el lenguaje simbólico y la emoción derivada de los mitos de siempre para escenificar los complejas geografías de la pasión humana, de la que Rafael Talavera es un terco merodeador.





viernes, 13 de marzo de 2009

"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla

Al Magnus

Ante un paisaje de Ma-Yuan
(Tinta sobre papel, siglo XIII, dinastía Song)


Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.


***

Cuenta una antigua y hermosísima leyenda cómo, cierto día, un comerciante europeo se quedó prendado de una adolescente que bailaba como una lengua de fuego en una de las tabernas que flanqueaban el zoco de Damasco. “Qué voluptuosa eres, muchacha”, le dijo blandiendo al cielo una copa de vino. Y ella, acercándose hacia él, le respondió mirándole a los ojos con los ojos redondos de su asombro: “Viajero, ¿qué es la voluptuosidad?”.
La leyenda no nos cuenta lo que hizo el venerable mercader de especias cuando aquella muchacha, con su enorme inocencia, le arrojo a la cara los vientos del este, pero sí sabemos lo que ha hecho Juan Ramón Mansilla en su Fugaz, al que pertenece esta delicada composición poética que otro viajero acaba de leer: un poemario nacido -tode él- de la contradicción, que se nos da como la inusual cosecha de un mundo literario crecido a la sombra abigarrada de la poesía inglesa pero alumbrado -de pronto– por Oriente y sus farolillos rojos.
Todo ello convierte Fugaz, ante mis ojos, en uno de esos palacios de invierno que, después de haberlos recorrido una y otra vez, te devuelven siempre la certeza de que aún existen puertas por abrir.
Por esa razón, El buscador de joyas
ha dedicado a ésta que ahora comparece ante los ojos de los merodeadoresde la noche, y que todavía es fácil de econtrar en algunas librerías, un apunte en su asombrado cuaderno de bitácora: no más que un brindis tranquilo por un autor de creciente y sinuosa bigrafía que, por la fuerza de los hechos y de algunas de sus arriesgadas cabalgadas literarias, se ha convertido para muchos en un poeta de culto llamado a perdurar en los bosques del alma...


(Biografía de Juan Ramón Mansilla; Antología poética; Comentarios y reseñas de su obra literaria; Títulos del autor editados por El Toro de Barro y blog del autor)

lunes, 18 de agosto de 2008

La razón ebria, de Vicente Gallego...



VAMOS ALTO
(MDMA)

Vamos alto esta noche,
que me ha mirado mal
el alma mía.
Dame un dulce veneno y vamos lejos.

Dejémosle a la muerte
pan y agua,
porque vendrá hoy también a compartir
la mesa y no estaremos.
Ni un respeto de más:
lo que le debe el miedo solamente,
que el amor lo traemos con nosotros.

A su vicio peor va entregándose el alma,
que es no darnos consuelo,
que es pisar mal la uva
y es agriarnos el vino.

Sin temor,
vamos alto,
vamos hondo en el trago.
Porque somos ya el cuerpo de la noche
nos abandona el cuerpo,
y un claro tornasol se traga el mundo
para escupirlo libre
de su exacta ecuación, de su fiel resultado.

Y si alguien, un día,
os anuncia que he muerto,
decidle que a la muerte
le di tan sólo aquello que era suyo,
pan y agua,
que el amor aún lo traigo de mi parte,
que en el amor mi muerte va de vuelo.

***

Quién conozca un poco la biografía del poeta español Vicente Gallego, caerá en la cuenta de hasta qué punto es necesario adentrarse en el mundo de lo que ya nadie quiere para acceder al conocimiento de lo que no puede morir. Eso me dije cuando, allá por 2003, me dispuse a preparar la edición de sus poemas de La razón ebria en un humilde Cuaderno del Mediterráneo, un tiempo antes de que el jurado del Premio Nacional de Poesía honrara al joven poeta valenciano y de que los mismos fueran incluidos en uno de esos libros cuya navegación, como botella de náufrago, nunca hallará rada en que guarecerse, en la Santa deriva...

No era la primera vez que editaba la obra de un poeta de la experiencia, pero sí que, como consecuencia de ello, comencé a notar cómo comenzaban a debilitarse de hecho los vínculos -ya antiguos, y por mi parte firmes- que habían unido la tradición del Toro al destino de la poesía española de vanguardia: pareciera que reconocer lo valioso a que pudieran dar lugar las múltiples tendencias literarias que, en un momento dado, pueden competir por la prelacía en los papeles que administran la mayor o menor eternidad de los mortales pudiera ser tomado como delito de lesa traición. En fin, son cosas que pasan, pero que merman la confianza en nuestra capacidad como lectores y como creadores para caminar sin caerse por rutas distintas a las que marcan los númenes de de la propia mesnada; para mezclarse y aprender con los distintos -sin perder la propia identidad- las claves de un mundo que se nos escapa y de cuyos laberintos ninguno nacimos enseñados...












martes, 19 de febrero de 2008

Palestina e Israel: el «peso de sus muertos».

Palestina, Israel: el «peso de los muertos»

Carlos Morales

N
ada tiene de extraño que la Organización Islámica de la Educación de las Ciencias y de la Cultura, en la que se encuadran organizaciones gremiales -públicas y privadas- financiadas por los gobiernos teocráticos y más o menos totalitarios de 50 países del mundo árabe, hayan lanzado una especie de «fatwa» contra el Salón del libro de París, aduciendo que con él se ha querido homenajear la literatura de un estado que, como el de Israel, practica el «genocidio» contra el pueblo palestino. Lo que sí resulta demoledor para los que, desde distinto campos, hemos procurado establecer un cauce de encuentro entre las culturas de dos pueblos condenados a entenderse, es la incapacidad de las grandes individualidades de la literatura árabe para emanciparse no tanto de la «presión moral» nacida de la tragedia palestina como del uso que de ella están haciendo los gobiernos árabes para mantener intacta la «cultura de guerra» generada por sesenta años de conflicto.
La sumisión a este anatema protagonizada por algunos de los más grandes escritores árabes contemporáneos, entre los que cabe destacar al egipcio Alaa Al Aswani, el anglopaquistaní Tariq Ali, los argelinos Boualem Sansal o Maïssa Bey y los marroquíes Fouad Laroui o Youssef Jebri, es tanto o más desconcertante cuanto los cerca de cuarenta escritores hebreos que han sido convocados a cónclave son gentes que en su vida pública y profesional están lanzando los más demoledores alegatos contra la actual «política de defensa» del gobierno israelí, poniendo todo el peso de su voz en favor del abandono de los territorios ocupados y de la creación de un Estado Palestino viable e independiente. Si intelectuales de la talla de Amos Oz, David Grossman, Avraham B. Yehoshua, Meïr Shalev, Margalit Matitiahu o el desaparecido Nathán Yonathán han sido capaces, en su obra y con su vida, de interiorizar la «presión moral» de sus hijos muertos -que también los tienen- para convertirla en el gran argumento vital de una sociedad israelí que clama por la reconciliación con el pueblo palestino; si han tenido el coraje de de hacer de ella la principal razón de su combate radical contra los grandes mitos antiárabes y antipalestinos con los que cierta cultura israelí ha generado su poderosa y particular «cultura de guerra» ¿qué impide a estos grandes escritores árabes hacer lo mismo en sus propias naciones?

En los años noventa, y en el contexto pacificador abierto por los Acuerdos de Oslo, también ellos comenzaron a dar pasos en esa misma dirección, haciendo de las ferias y congresos literarios internacionales escenarios habituales para la confraternización franca y pública con sus colegas hebreos. Es verdad que nunca dejaron de proclamar la «suciedad de origen» del Estado de Israel, pero su apuesta por el diálogo intelectual llevaba implícito el reconocimiento de que una gran parte de la cultura y de la sociedad civil israelí estaba apostando decididamente por la creación de un Estado Palestino independiente y viable. Y aunque su manifestación pública siguiera siendo dubitativa, resulta evidente que estas nuevas percepciones de la intelectualidad árabe, que habían dejado de contemplar al pueblo y al estado hebreo como un pueblo y un estado genocidas, supuso un duro golpe para la maquinaria ideológica de guerra con que los partidarios de seguir utilizándola para ampliar su hegemonía –Irán, Irak y Siria- venían apuntalando los posicionamientos más radicales de la «resistencia palestina».
Todo este proceso comenzó a desmantelarse poco a poco cuando la laboriosa coordinación de estas potencias regionales y las provocaciones de Ariel Sharon desencadenaron, en el año 2000, la II Intifada. En un contexto democrático homologable al de los países de Occidente, los intelectuales y escritores de Israel pudieron resistir con mayor vigor el fortalecimiento y la expansión en su propio territorio de esa «cultura de guerra» para la que todo palestino era un terrorista. La energía con la que, desde el primer momento, Amos Oz, David Grossman, Nathán Yonathán, Yoav Hayeck, Orsion Bartana o Margalith Matitiahu levantaron su voz contra la solución militar al problema palestino contrasta vivamente con el retraimiento casi generalizado de los intelectuales y escritores del mundo árabe a la hora de mantener públicamente el mismo posicionamiento crítico que con tantas dificultades habían logrado apuntalar en los tiempos de paz, y del que sus homólogos israelíes estan haciendo gala aún en tiempos de guerra.

Sólo un puñado de escritores de la mayoritariamente árabe región israelí de Galilea, como Shamer Khair, Mohamed Ali Taha o Naim Araidy, lograron a duras penas retorcer el cuello al corazón y enfrentarse con éxito a la «cultura de guerra» que parecía obligar a lanzar violentos anatemas contra el pueblo de Israel. No les fue fácil arrastrar hacia los principios pacifistas el fiel de la balanza de ese delicado y terrible «conflicto de doble fidelidad» que amedrenta y confunde los espíritus en tiempos de guerra, ni mantener vivo el movimiento que abogaba por la reconciliación ante la incomprensión por parte sus colegas árabes y de los peligros que podía representar para su prestigio profesional y para su propia vida manifestar públicamente una actitud que podía ser entendida por los sectores más radicales de su propia cultura como un acto de «traición» hacia la causa árabe. La celebración cada primavera de los ya legendarios Encuentros de Maghar se ha convertido desde entonces y durante muchos años en el único escenario donde ha sido posible la confraternización literaria entre las cultura árabe e israelí, y en los que sólo en fechas muy recientes tuvieron el valor de hacerse oír el poeta jordano Zakaría al Omari y los poetas palestinos Saed Abo Tbanja y Mona Abo Jousif. De ese más que notable ejercicio de valor protagonizado por quienes consintieron en compartir el mismo pan y la misma mesa nació, precisamente, Coexistence , una pequeña antología que tuve el honor de coordinar y publicar en el año 2002, y que sigue siendo el único documento literario que ha sido capaz de aglutinar la obra de algunos de los poetas árabes y hebreos más firmemente comprometidos con la causa de la reconciliación.

A diferencia de sus colegas galileos e israelíes, las grandes individualidades de la cultura árabe de hoy no han sabido transformar el peso de sus muertos en una fuerza ideológica lo suficientemente sólida como para enfrentar los espejismos del mito antijudío construido por la clase política que los gobierna y como para extender entre sus sociedades la necesidad de promover el encuentro y la reconciliación con el pueblo hebreo. Y los que lo han logrado, no han salido a la calle o a los medios de comunicación para desmontar la «ideología de guerra» emanada de los poderes teocráticos bajo los que sobreviven, y que los movimientos religiosos de corte waabista no han hecho otra cosa que revitalizar. Eso es, precisamente, lo que han hecho los escritores hebreos con los que ahora parecen no querer compartir un plato caliente de comida, pero porque lograron mantener un contexto democrático que lo hacía posible. No. No es sólo la «presión moral» del drama palestino lo que hace comprensible la actitud de estos grandes escritores árabes. Es, también, el miedo a manifestarse en sociedades gobernadas por regímenes totalitarios y sacudidas, desde la guerra de Irak, por una marea yihadista que, nacida de la perversión del Islam, no puede tolerar la disidencia. En estas condiciones no siempre es posible ni exigible el ejercicio del valor. ¿O es que tenemos que recordar las «fatwas» lanzadas por los poderes religiosos islámicos contra los escritores e intelectuales árabes que han sido capaces de reivindicar para sí la libertad de expresión y pensamiento?







viernes, 8 de febrero de 2008

Un pájaro en la luz...


"un pequeño infierno florido,
una cadena de rosas,
un calabozo de aire..."




Cuando te regalan un reloj, te entregan "la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo" un reloj, "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire...". Eso lo dijo Cortázar, madre, y no me preguntes dónde. Y en ello pienso ahora, en el reloj de boca quebradiza que hace lo que puede -que ya es poco- para entonar las horas, cuando te veo yacer sobre la cama de un hospital, con los ojos sin brillo, nublados y remotos...
¿Detengo el reloj y te ayudo a marchar?
¿O te ayudo a quedarte y te beso?
Te pregunto y no sabes responderme;
urjo una respuesta, y no puedes responder, o ya no sé escucharte...
Me cuesta saber que lo que queda de ti no tiene más consistencia que una rosa en el desierto,
y que las manos que me acariciaron un día no son más fuertes ya que las alas de una mariposa que el invierno ha congelado de repente bajo las botas del aire...
¿Apago el reloj?
¿Acorto las horas para ayudarte a entrar como un pájaro en la luz?
¿O te acuno el dolor y te lo duermo
para quedarme a solas con lo que fuiste tú,
y yo más limpio?
Hoy, madre, eres tú el libro de páginas selladas que no sé cómo abrir.
Tuya es la página que habla con invalida ternura entre mis manos confusas y pequeñas.
¿Azuzo el reloj?
¿Abro las puertas de la antigua y dorada jaula en que alguna vez volaste?
¿Te retengo un poquito más, aquí, conmigo,
o soplo sobre ti para que vuelvas a los montes
con tus ovejas y tus árboles
como una pavesa pequeña flotando entre las sombras?
¿Qué he de hacer, Madre, qué he de hacer para ayudar
a un pájaro dispuesto para entrar en la luz de la noche,
en "la hora que no es de los bühos ni de las alondras"...

Te quiero, pero no sé cómo decírtelo....
Adiós, madre,
Adiós.

sábado, 1 de diciembre de 2007

El viejo




EL VIEJO

Carlos Morales


Cuando las cosas se van, cuando las cosas
recogen sus cosas del armario,
y dicen que se van,
y por última vez en la puerta se vuelven,
y sus ojos te dejan -llamándote- en los ojos,
y tú no les contestas
porque hay lluvia en el pecho,
porque una voz te llama
pasando su lengua por tu mano,
y ese viento
con su rabo feliz ahuyentando la vida,
y esa luz de pronto, esa luz airada
golpeando de pronto
la ventana con sus dientes -llamándote-,
luz que entra
y al llegar a la cama se detiene
y te observa en medio de lo oscuro
como águila al conejo que asustado bajo una zarza llora.
Es inútil levantar la mano. La mano no se mueve.
Inútil es también abrir la boca.
La boca no puede cantar, la boca no sabe cantar
cuando las cosas te miran
y no te reconocen y dicen que se van,
que nada queda ya que las retenga en la casa,
nada de todo cuanto hubo, nada que no sea
ese viejo austero y recostado como un bronce
que mirando al Sur bajo la salicaria duerme,
y en cuyos ojos fríos los pájaros vienen a morir,
y no lo saben.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Reportaje gráfico del estreno teatral de «Guantes de Piel Humana»

El 16 de noviembre de 2007 se escenificó de nuevo, y en la misma ciudad de Tarancón, la obra de teatro Guantes de piel humana, cuando se cumplía el XXX aniversario de su primera representación pública. A continuación, El Toro de Barro os presenta algunos de los comentarios de prensa detectados sobre este acontecimiento memorable, así como un breve reportaje fotográfico acompañado de no menos breves extractos del guión con que Carlos Morales y Julio Clemente Lourtau -que encarnaron al judío y al nazi respectivamente- se convirtieron en los primeros autores latinomaricanos en montar un drama sobre el Holocausto.


PRIMER ACTO
(Extracto)



DELMER.- (Al público) ¡Guantes de piel humana¡ ¿Quién compra guantes de piel humana? ¿Alguien quiere guantes de piel humana?

Delmer baja al patio de butacas, y busca entre el público a quienes les pueda vender su mercancía. Encuentra a un señor cuyo aspecto delata su opulencia.

DELMER.- (Al hombre opulento) ¿Ud. Caballero, no desea Ud. Unos guantes de piel humana como no los hubo nunca en parte alguna? Se nota que Ud. es de los que saben lo que quieren, y de los que están dispuestos a pagar el más alto precio por algo que lo distinga de los demás. ¡Verdad que son hermosos, eh¡ ¿Cuánto me daría Ud. por estos guantes de piel judía? ¡Póngale precio¡ Pero no me diga lo que aquel ingenuo poeta alemán que nunca se lavaba ¿cómo se llamaba aquel ingenuo poeta alemán que creía en los débiles? ¡Ah sí, Bertolt Brech¡ Un día le preguntaron que cuanto valía un hombre y él dijo “¡un hombre vale lo que un saco de arroz¡” Yo estoy seguro que Ud convendrá conmigo –toque, toque– que estos guantes valen bastante más que un saco de arroz…

Como el hombre opulento no quiere comprar su mercancía, Delmer se dirige a un muchacho joven.

DELMER.- (Al joven muchacho) Eh, muchacho, pruébate éstos. Tus manos son muy grandes, muy viriles, le vendrán muy bien a la piel de estos guantes. No seas tímido, sé un hombre, y póntelos. Los hicimos con la piel de una muchacha judía que nunca conoció varón, una fruta roja que nunca fue arrancada del cerezo…¿Te imaginas la caricia de seda de su piel en tu mano?
No son unos guantes de piel humana cualquiera…
¿Usted?
¿Acaso Usted?
¿Quién de Ustedes quiere guantes de piel humana?
¿Es que nadie aquí quiere contemplar esta luz?
¡Es la Luz que tolis pecata Dei¡
¡Es la Luz que limpia los pecados de Dios!
¡Es la Luz, la Luz de Alemania!



DELMER.- (Al público, mientras bebe y pasea por el escenario) Hipócritas. Hipócritas. Hipócritas. Había que hacerlo. Sabíamos cómo hacerlo. Y lo hicimos. Nosotros sí tuvimos el valor de hacer aquello que vosotros quisísteis pero no tuvísteis el valor de hacer. Nosotros sí supimos liberar a Europa de su vieja enfermedad judía. Y lo hicimos sin contemplaciones. ¿Por qué cercarlos? ¿Por qué expulsarlos? Lo reducimos todo a una cuestión de rentabilidad. Con piel humana forramos las Biblias del Dios de los débiles y los libros escolares de los niños de Alemania. Construimos mamparas para las ventanas y acostumbramos al sol de Europa a pedir permiso e inclinarse antes de pasar a los salones de Alemania. Con piel humana protegimos a Europa del frío que llegaba de oriente con sus crisantemos rojos. Fabricamos guantes para nuestros héroes; mandiles para las matronas de nuestros hospitales; bolsos para nuestras esposas y estolas para nuestras amantes. Fabricamos lámparas con la piel judía, y con ellas combatimos en Europa la vieja oscuridad, le dimos la luz, nuestra luz. (Gritando) La Luz de Alemania, (Saludo militar) ¡Heil!





SEGUNDO ACTO
(Extracto)



(El judío Moshe deja de ser el perro Nadie y, mientras Delmer duerme, se acuerda de su esposa Sulamith, y se deja llevar por los bucles opulentos del dolor con los versos del Todesfuge, de Paul Celan)








MOSEH.- Y tú, Sulamith, y tú?
Amor mío,
Yo ya sé que no te volveré a ver más.
Yo ya sé que no volveré a sentir tus brazos en mi espalda
ni la sombra de tus pasos en la arena…
Oh, Sulamith, Rosa de Nadie, ¿Donde podré hallar los negros cabellos tuyos que brillan como el carbunclo en la noche? Humo negro, ceniza ya…



(Señalando a Delmer, con voz aterrorizada)









Vive un hombre en la casa
que juega con serpientes, Sulamith,
Hay un hombre que juega en la casa con serpientes

y escribe a Alemania al atardecer….




Escribe y escribe
Y sale de la casa

Y mira las estrellas, y ordena a las estrellas
¡lucid, lucid, lucid!
y las estrellas arden, Sulamith,

y las estrellas lucen, lucen, lucen…

Y su ojo es azul.
empuña su látigo
sus ojos nos miran…
y silva a sus perros
azuza a sus perros,
los lanza a nosotros

¡ladrad, ordena, que rujan los perros,
y vosotros hincad más hondo en la tierra las palas nos dice
y vosotros cavad una zanja en la tierra más hondo,
tallad una tumba en el cielo,

y vosotros cantad, judíos, cavad, cavad y cavad,
y los otros seguid tocando y bailad
que suene más dulce la muerte

...que suene más dulce la muerte
y así subiréis como humo en el viento
al nicho que os doy abierto en el aire
no se yace allí estrecho….


(Moshe cae arrodillado y eleva las manos como si ofreciera al cielo su cáliz de dolor)


Negra leche del alba
Te bebemos al atardecer.
De mañana y de tarde te bebemos
Al medio día la bebemos, la bebemos de tarde, Sulamith, Bebemos y bebemos
La negra leche del alba…







TERCER ACTO
(Extracto)


(Delmer Appelman, Comandante en jefe del campo de concentración de Buchenwald, tiene una visión en la que habla con su madre, que está ausente)


DELMER.- Madre ¿Estás ahí? El Führer me ha requerido en persona para prestar un servicio especial a Alemania. Toma ¿la quieres leer? ¡El mismo Führer, a mí, a mí, en persona. ¿es que no lo entiendes madre, es que no lo entiendes?


¡He sido nombrado comandante del campo de concentración de Buchenwald, Madre¡
Es un gran destino. Eso me alejará de los peligros del frente, del frío que se avecina ¿No te alegra eso, Madre?



¿Mi misión? No sé si debo decírtelo, Madre. Es una misión secreta. Sólo te puedo decir que hay que aprovechar la guerra para liberar a Alemania, y aun al mismo mundo, del cáncer judío. Pero hay que hacerlo en la oscuridad de los bosques, porque el mundo no está preparado para comprenderlo, madre…¿Te imaginas, Madre, lo que dirían los rusos si se enteraran que vamos a limpiar de judíos la faz de la tierra? Ellos, sí, los rusos, los mismos que han acabado en su revolución con la vida de millones de personas? ¿Te imaginas qué dirían los “demócratas” de Occidente? Ellos, los mismos hipócritas que han robado lo mejor de Alemania…


No te escandalices, Madre… ¿acaso los judíos no crucificaron al Hijo de ese Dios al que me enseñaste a rezar? Ese crimen los cambió para siempre. Alteró su naturaleza. Los hizo distintos….¡No es una raza inferior, madre, es una raza incompatible con la civilización que anhelamos, Madre¡ ¿Es que no lo entiendes?


¿Y por qué habría que apartarlos de la solución definitiva, Madre, de la Solución Final? Bajo su ingenuidad se esconde la perversidad que emergerá mañana para la perdición del mundo y de Alemania… Sí, madre, sí, a los niños también…


Oyes los trenes, Madre?
Los oyes?
Llegan más y más. De mañana y de tarde llegan los judíos, con su piel dispuesta...
Su destino ya está escrito, Madre.




(Delmer se queda con los brazos apoyados en su fusil, como un crucificado. Moshe, el judío, entra en el escenario y se encara con él, recriminándole el apocalipsis judía con unos versos del Tenebrae, de Paul Celan)



MOSHE.-
¿Quién, quién era la estirpe aquella que fue asesinada,
el testículo y la verga que fueron arrancados de raíz

y que ahora se alzan hacia el cielo
como una salvaje corona que florece?
Somos polvo, venimos del abajo,
Y estamos aquí, Señor, estamos cerca.
Presos ya, Señor, presos y apresables, engarzados los unos en los otros,
con las uñas hundidas los unos en los otros,
Como si cada uno de nuestros cuerpos fuera, Señor, tu propio cuerpo…


Agobiados íbamos, encorvados bajo el viento hacia la fuente,
hacia la zanja
para arrodillarnos sobre el charco y sobre la oquedad,
sobre el abrevadero, Señor,

frente al abrevadero...

Era sangre, la sangre que tú mismo derramaste, Señor,
y relucía.

La sangre que bebimos, Señor.

La sangre y la imagen que manaba de tu sangre,
Señor,
La negra leche del alba...

Y Ahora somos una negra y salvaje corona que florece.

Ruega, Señor, ruéganos. Estamos cerca….









Momento en el que Moshe grita el nombre de su hijo Amós, cuando se entera de que fue convertido en una lámpara de piel humana en el campo de concentración de Buchenwald. Retorcido de dolor, sólo romperá el largo silencio para contar una pequeña nana -"Mueve las patitas de conejo, mueve las patitas perrito viejo"-, con la que le recuerda el tiempo en que él nisno se hizo pasar por un perro alemán y colaboró como kapo con los nazis para sobrevivir y ayudar a su hijo a conservar su vida.... Y se inicia un terrible combate entre los dos protagonistas...








MOSHE.- Podría haberte matado. Podría haberte degollado mil veces, Delmer, mientras dormías…
DELMER.- De haberlo hecho, no habrías sido el último en morir, y la piel de tu hijo no habría tamizado la luz de Alemania en las estancias privadas del Fuhrer sino en las más sucias cuadras de los cerdos…Es verdad, Hubieras sido un héroe para tu propio pueblo, Nadie; la gente habría hablado del hombre que tuvo el valor de degollar a Delmer Appelman, el fabricante de guantes de piel humana…
MOSHE.- Nada hay más absurdo que escribir la biografía de un héroe.
DELMER.- Te equivocas, hay algo más absurdo que escribir la biografía de un héroe: ser un héroe… Nadie te pedía ser un héroe. Yo acepté mi destino para salvar a mi patria, y me convertí el brazo ejecutor de un pueblo que antes o después tendrá que desaparecer de la faz de la tierra. Y tú lo hiciste también, Moshe, hiciste lo que pudiste para sobrevivir y para salvar la vida de tu hijo. Nadie te lo puede reprochar, pero es que además, y gracias a eso, salvaste la vida de algunas personas. ¿Sabes? cuando Buchenwald fue liberado había cien niños que todavía vivían Moshe…Ellos te debieron su miserable vida. Tu pueblo nunca reconocerá eso, te llamarán traidor, pero eso es tuyo, su vida es tuya… Nadie te pedía ser un héroe, y de algún modo lo fuiste…
MOSHE.- Debería haberme levantado, haberte degollado, haberme llevado por delante la vida de los guardias antes de morir…
DELMER.- Ahora podrías hacerlo, Moshe. Mira. (Coge un hacha y golpea un tajo) Así, así, así, así, así…
MOSHE.- De nada serviría que hiciera ahora lo que debí hacer hace mucho tiempo…
DELMER.- Sí, sí serviría. No es lo mismo morir fusilado que en combate, no para un héroe alemán… (Señala el hacha) ¡Cógela, cógela y acaba con esto de una vez!... ¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡Ahora puedes hacer lo que quisiste hacer y no tuviste el valor necesario para hacer¡ Mira. Es fácil…

(Moshe se niega a coger el hacha)

DELMER.- No me hagas eso, Moshe, seré tu perro, seré tu Nadie, pero no me hagas eso, no permitas que haya muerto como un vulgar criminal. ¿Es que no te das cuenta? ¡es la única manera de quitarte de encima el peso de tu culpa!... (Delmer, desesperado, lame las botas de Moshe)…
MOSHE.- ¡No, Delmer, No! Para ser un héroe tienes que acabar lo que fue tu misión. Quemaste mi cuerpo, y con la piel de mi hijo hiciste una hermosa lámpara de hierro. Pero te equivocaste, Delmer, mataste a Nadie, a tu perro Nadie, pero no a Moshe, y mientras me quede el nombre, seguiré vivo, seguiré estando vivo, seguiré siendo el último judío al que no te atreviste a asesinar ni siquiera en la antesala de este infierno interminable! ¿Qué dirán tus dioses, eh? ¿Qué quedará de lo poco que las balas dejaron colgado de tu gloria!

(Moshe se dirige hacia el tajo. Cuando llega a él, se detiene, y mira a Delmer por última vez)

MOSHE.- Entre tu gloria y tú, sólo quedo yo, Delmer. El último judío al que no tuviste el valor de arrebatar su nombre.

(Moshe se inclina y apoya su cabeza sobre el tajo de madera. Delmer se dirigie hacia el aguamanil, y se lava con traquilidad. Después, se acicala: ¿qué soldado alemán no cumple su misión en perfecto estado de revista? Y acto seguido, se acerca hacia el judío, y le increpa):

DELMER.-
¿Es eso lo que quieres?
¿no sabes de otro modo de acabar con tu culpa?
¿No te atreves a luchar como Jacob y el ángel?

(Un silencio muy largo)
(Coge el hacha, y la alza) ¡Que nadie vuelva a pronunciar tu nombre, Moshe!
Que nadie vuelva a pronunciar tu nombre, Moshe!
Todo sea por la luz de Alemania….y por la gloria


Y el hacha cae, cae, cae...