El Toro de Barro

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jueves, 26 de julio de 2007

Invitaciones de El Toro de Barro: Rodolfo Häsler




Nació en Cuba, en una familia de ascendencia germánica, pero vive desde su infancia en Barcelona, acunado por las aguas del mediterráneo. No sabemos de dónde es realmente
Rodolfo Häsler
pero, de la mano del fotógrafo ruso Dimitri Djizarliev
-a quien hemos dedicado un pequeño hueco en nuestro
y del renovado abrazo de Carlos Morales a uno de los poetas de su devoción,
El Toro de Barro ha querido invitarte a recordar los amores siempre luminosos de Jerusalén con sus
Poemas de arena;
a descubrir de nuevo en su Tratado de lisantropía los orígenes oscuros de la pasión humana;
a dejarte llevar por los afrodisíacos sones de Elleife,
o a viajar a lomos de
Mariposa y caballo a las ciudades del alma.

En torno a Rodolfo Häsler

Dimitri Djizarliev



En ciertas madrugadas, y sobre todo tras haber abrevado en el oquedal y la charca de Paul Celan, uno camina cabizbajo entre los estantes atestados de su biblioteca como si atravesara con un traje demasiado sucio un gigantesco y laberíntico lupanar, esperando con desesperación que no haya algún farol rojo encendido sobre una cualquiera de las muchas puertas cerradas que vas dejando atrás. Pero, a veces, eso no puede ser así, y uno advierte de pronto una ventana que se entorna y una oscuridad que quema, y se adentra en ella como quien se arroja a una lluvia que desciende desde los infiernos más hondos del alma para limpiarte por dentro.
Eso es lo que me ha ocurrido este amanecer, cuando decidí agitar la pequeña portezuela -tejida con un hermoso pedazo de lona de Salma- de los
Poemas de arena cuyo farol Rodolfo Häsler se había ocupado de dejar suavemente encendidos para los remotos peregrinos en el rocoso desierto de Judea, hace ya casi veinticinco años...
Uno no sabe por qué los libros primeros aparecen siempre semiocultos en las biografías, como cosas pequeñas que nadie reclama y a quienes ya nadie espera. Uno ya casi se ha acostumbrado a caminar casi a ciegas por esas vaharadas yorubas y multicolores de las emociones más incendiarias y voluptuosas que el poeta de ninguna patria nos dejó, como migas de pan para el incauto pájaro, en su camino de
Elleife, el mismo que le convirtiría a ojos de la crítica en el heredero espiritual del Lezama Lima. Uno mira, incluso, con asombro, el despertar de los instintos más primitivos que Rodolfo nos ofreció en su Tratado de lisantropía mezclado con los aromas de una tacita de té del Río Azul. He aprendido, incluso, a caminar como editor confiado a su bitácora, editando su Mariposa y caballo en un delicioso Cuaderno del Mediterráneo en que el poeta nos dibujó con precisión de orfebre un viaje delicado y nunca melancólico por las ciudades encontradas de su vida errante, pero, al cabo, por más que me asomo una y otra vez a sus palabras distintas, todo, todo, acaba siempre conduciéndome a los atardeceres rojos de esa Jerusalén donde un muchacho se levanta todavía con un hibisco fresco prendido en la solapa. Pocas veces hubo tanta luz en un libro primero; pocas, muy pocas veces, la vida halló en un libro primero como esos Poemas de arena tantas razones para despertar con la sencillez del placer que nos deja en los labios un vaso de agua que uno apura en el desierto donde se yergue -como una gran metáfora- esa Jerusalén encontrada bajo la luz abrasadora de un luminoso amor, devastador, delicado, y apenas suficiente para sentirte vivo...