El Toro de Barro

El Toro de Barro

jueves, 26 de julio de 2007

En torno a Mercedes Escolano

Mercedes Escolano


A pesar de que han transcurrido casi veinticinco años, todavía sigo tomando en mis manos los poemas de Las Bacantes, de Mercedes Escolano, con el mismo pudor con que se vuelve la cabeza ante el brillo largamente inesperado de un camafeo antiguo colgado del cuello de una mujer que danzara en medio de la noche. El libro cayó sobre mi cama el 4 de noviembre de 1982, cuando no era más que un original escrito a máquina que acababa de alzarse por segunda vez con un premio literario convocado -tiene su ironía- por una institución religiosa de ámbito internacional, y estuvo durante mucho tiempo en mi mesita de noche -al lado de esas Palabras de tierra y vino que El Toro de Barro me acababa de editar-, como un ejemplo lacerante y vivo de todo aquello que hubiera podido escribir de no haber claudicado ante los dioses hermosos que se agitaban por doquier en la poesía culta y vanguardista de mi maestro y amigo Carlos de la Rica, al que admiraba entonces con un cariño extremo que ya no cesaría nunca.
Ignorante entonces de la cruz marcada en mi cuaderno de bitácora, tomé una de esas repentinas decisiones que son las que convierten el destino de un hombre en algo más que en el silbido de un dios menor, y me subí a uno de esos trenes vetustos y lentísimos que ofrecían camarotes forrados de madera y fotografías en blanco y negro de tiempos y ciudades que ya nunca me sería dado conocer, Once horas después, me hallaba en Cádiz frente a la joven autora de aquel manuscrito que se había convertido en mi obsesión. La reconocí de inmediato en aquel andén de provincias por sus aretes de plata y –sobre todo- por ese guante solo que llevaba delicadamente puesto en una de sus manos. Las Bacantes salieron pocos meses después, allá en 1984 y casi al mismo tiempo que mi pretencioso S, después de discutidos y corregidos ambos en algo parecido a una guerra de amor entre el aire y su llama.
Es verdad que sus páginas llevaron a Mercedes Escolano a ser recogida en aquella antología que la editorial Hiperión, bajo el título de Las Diosas Blancas y de la mano de Ramón Buenaventura y Jesús Munárriz, instaló a un buen grupo de mujeres en el firmamento de la poesía española de los años ochenta; pero también lo es que muchos de sus registros acabaron indisponiéndola frente a los grandes teóricos de esa gigantesca oleada rehumanizadora que se hizo entonces con la representación generacional de los poetas que, a comienzos de la década, empezaron a sacar la cabeza de la caja. Lo que algunos grandes críticos literarios entendieron en su día como una distracción retórica y poco afortunada que suele ser propia de quienes acaban de nacer antes de tiempo, sigue constituyendo para mí lo que distinguió a Mercedes Escolano de esa marabunta de epígonos a que dio lugar en España esa mal llamada "Poesía de la experiencia" que, bajo los estandartes del verismo urbano y voluntariosamente realista, pretendió devolver a las masas de un tiempo históricamente concreto como el de aquellos primeros años de recién descubierta democracia precisamente algo que, como la poesía -de ser auténtica- nunca se supo acomodar a ningún reloj de arena.
Y es que, aunque Mercedes Escolano lo convirtió en la imagen por excelencia del poder absoluto naufragado en la experiencia amorosa, la sola evocación de un dios griego como Poseidón y su utilización, por otro lado, como un modo de liberar dicha experiencia del peso de ese tiempo al que –presuntamente- la autora se debía, constituía –para los partidarios de la realidad- un doble pecado literario que ligaba su poesía al culturalismo que había caracterizado a esa generación precedente que se estaba procurando arrojar la gahena. ¿Cómo admitir entre los justos a quien, además, había consentido con sus juegos de lenguaje en debilitar el poder comunicador de la composición poética, dilapidando la complicidad de los lectores a los que la nueva poesía intentaba recuperar?
La autora cometió -incluso- la insolencia de perseverar en ello en una buena parte de su obra posterior. El mar -y todo cuanto le rodea- se erigió en Felina calma y oleaje (1986) en el principal argumento simbólico con que la escritora quiso integrar su propia experiencia amorosa en el viejo drama universal del mito de Eros y de Anteros: la destrucción y la creación, el erotismo y la perversidad, el drama del amor, y de la vida, y de la muerte. Aunque en Islas perdió los lujos barrocos de otro tiempo para instalarse en la más absoluta desnudez de lenguaje y en la levedad más pura, ese “mar” voluptuoso siguió estando presente en sus poemas, aunque ya no como la metáfora del combate amoroso sino como el escenario de una soledad irreparable. Y se alejó un poco más de la estética dominante cuando, en sus inolvidables Estelas, utilizó todo el poder evocador de una Roma reducida a escombros tras el paso de la muerte, para resucitar con la delicada y sobria precisión de sus versos las ambiciones, las debilidades y los sueños de los hombres y mujeres que fueron de otro tiempo pero que, en manos de su autora, nos son tan familiares que s u sola evocación nos sobrecoge…
Sin embargo, en la segunda mitad de la década de los ochenta, Mercedes Escolano decidió arrojar por la borda precisamente aquello que más la había distinguido entre los escritores de su generación y achicar los espacios que la separaban de las corrientes estéticas ligadas al verismo urbano, entonces ya dominantes en la poesía española. Escritos en aquellos tiempos –aunque publicados muchos años después- los poemas de Malos tiempos no fueron producto de una transición gradual hacia un nuevo posicionamiento literario sino la consecuencia de una ruptura absoluta y radical con todo cuanto fue. En muchos de aquellos poemas, los signos simbólicos universalizadotes desaparecieron para dejar paso a una escritura sin aristas vinculada única y exclusivamente a la decepción emocional de individuos presos del aquí y del ahora. Armada de una aplastante armonía, su poesía se alejó por completo de cualquier juego lingüístico que pudiera reducir la comunicabilidad del poema, y sus imágenes no tendrían ya como objetivo alzar un mundo distinto, sino reproducir el que había y buscar complicidades. Del amor concebido como entrega absoluta, desmedida y salvaje (que encontró –por ejemplo- en el mar que envuelve a la quilla que lo rompe, la mejor de sus metáforas), se pasó a los moteles de carretera, a los bares penumbrosos donde cazan los tigres y a las medias olvidadas en un hotel cualquiera de una ciudad de provincias. Su emblemático No amarás, editado en el año 2001, no vino a ser sólo la consumación estética –y ya plenamente madura- de aquella transformación, sino la aceptación espiritual de que, tras la efusión del amor, la orfandad es lo único que queda.
Uno ignora a estas alturas el peso que la propia Mercedes Escolano ha dado a cada uno de sus poemarios en la antología general que le ha dedicado el Ayuntamiento de Málaga con el título de Juegos reunidos (1984-2004), y que todavía no he tenido la oportunidad de leer, como sin duda la pasará a ninguno de sus lectores, entre quienes me cuento. Pero más allá de sus propias percepciones, me atrevo a decir –como un lector tranquilo que ha aprendido a torear las cuernas de la melancolía- que el conjunto de su obra literaria escenifica con diafanidad los dos polos opuestos entre los que se ha venido debatiendo la mejor poesía española de los últimos veinticinco años, en un combate inútil contra lo mejor de sí misma…

El Cantar de los Cantares

Eva Reguera

Carlos Morales
y
El Cantar de los Cantares

Luís María Anson

La novia, hermosa como las tiendas de Quedar, dulce y encantadora como Jerusalén, terrible como un ejército en orden de batalla, enferma de amor, de amor muriendo, le dice al novio: «invítame a tu alcoba, disfrútame y gocemos, y déjame que alabe el vino de tu amor, al hombre entre los hombres más amado».
El novio quiere escuchar la dulzura de la voz deshabitada y probar el azúcar del talle de la amada, y la seda caliente. Por eso le habla de sus ojos que son palomas que emergen de su velo; de la cinta escarlata de sus labios; y de sus pechos «como crías mellizas de gacela que saltan hacia mí, paciendo entre azucenas por los valles». Le habla el novio, en fin, de su boca que «destila miel virgen sobre mí, la leche y la miel que ocultas debajo de la lengua…» Y aspira entre jadeos sus aromas de canela fina.
La novia, enferma de amor, se extasía: «Por el hueco de la cerradura mi amado su mano entró y mis entrañas temblaron». Dice que los ojos de su enamorado son «palomas en la orilla del río», manaderos de mirra son sus labios, y sus piernas «columnas de alabastro creciendo hacia lo alto sobre basas doradas».
El novio, erecto el deseo sobre los carros de Aminadab, se complace en las caderas de la amada, en su ombligo rebosante de vinos aromados y en su vientre, montón de trigo encinto de azucenas. Vuelve a cantar las «gacelas mellizas de sus pechos», las aguas desbordadas de sus ojos y su rostro que flota en el aire como el Monte Carmelo. Prueba el novio el vino generoso del paladar manante de la amada, enlaza su talle flexible como una palmera y asciende tembloroso hacia los racimos de uvas de sus pechos.
La novia invita al amado a beber «del licor de mi granada». Su pasión es insaciable hasta la devastación, «saetas de fuego son sus flechas, llamaradas de Yahvé». Ni los ríos podrán anegar el fuego de su amor pues «mis pechos son las torres, y yo una muralla que a mi amado protege en su refugio».
Bellos, bellísimos versos de El cantar de los Cantares los que ha escrito Carlos Morales en su versión de El Toro de Barro. De ese poema asombroso deriva casi entero San Juan de la Cruz. Desde la versión de Fray Luís en 1561, los amores de Salomón y la Sulamita han conocido cien traducciones y adaptaciones desde la puramente erótica al símbolo alegórico de Cristo y la Iglesia. Entre tanta agitación política, en fin, como nos sacude estos días, reconforta detenerse a leer estos versos admirables de Carlos Morales, que ha convertido en actualidad periodística El Cantar de los Cantares.

Luis María Anson
de la Real Academia Española

(«Canela fina» publicada en el Diario LA RAZÓN el 5 de junio de 2003)



3 comentarios anteriores:
Azul dijo...
Maravilloso espacio el tuyo...un placer volver y encontrase con cosas como ésta. Bikos mil. (23 de julio de 2007 20:39)
Carles Riba (Sabadell) dijo...
Anson es un personaje que no goza de mi devoción. Pero reconozco en él una enorme grandeza literaria. Sus famosas "Canelas" dedicadas a la literatura, suelen ser reelaboraciones de los libros que le entusiasman: algo así como si escribiera versos distintos con los versos que le proporciona el autor de los libros que lee. Son refritos, sin duda, pera de una emoción literaria realemente inolvidable. En este caso, la ocasión lo merecía. Lo merecía El Cantar, y lo merecía su versión de El Cantar, que tengo reiteradamente el gusto de leer con la frecuencia con que se leen los buenos textos. (24 de julio de 2007 7:07)
Isabel Romana dijo...
Me ocurre lo que a Carles Riba, y he de confesar que he leído con interés y agrado el artículo escrito en torno a la versión de Carlos Morales. Felicidades al autor de la vesión y a tí como editor. Feliz verano. (24 de julio de 2007 22:21)

sábado, 14 de julio de 2007

Nazismo y arte

Escucho el «Carmina Burana». El alma remonta a las navidades de 1981, a la casa de Carlos de la Rica en Carboneras del Guadazaón. La joven Acacia vuela bajo una sábana blanca. Sus piernas granadas, esbeltas, cortan el aire. Yo extiendo los brazos. Extiendo el cuello. Danzo colgado de una sábana blanca. Todo es fascinación. Sudor. De pronto, acaba la música. Acacia y yo somos cuerpos cansados y brillantes. Sus padres -Acacia Uceta y Enrique Dominguez Millán- nos contemplan asombrados. Carlos se levanta. Alza una mano y pregunta. ¿Fusilaríais al autor de esta maravilla, a Carl Orff, por haber sido el más amado compositor de Hilter? ¿Y a Leni Riefenstahl? ¿Qué habría sido de su visión de la belleza si hubiera acabado frente a un pelotón de fusileros? Carlos de la Rica amaba al pueblo de Israel. Era uno de los hijos de Ruth, la que medía a solas con los haces de trigo el alma judía. Acacia y yo nos quedamos estupefactos. Admirábamos al músico. Tambián los cuerpos esbeltos que la Reifensthal había retratado como nadie. Pero ignorábamos su pasado nazi. Su vínculo con el terror. Los hilos dorados que les unieron al Apocalipsis. Por eso, y porque teníamos el corazón incendiado de ideología, no acertamos a dar entonces contestación ninguna.
Ahora -yo- tampoco. Dejo los poemas de Paul Celan en el lado más alejado y más oscuro de la mesita de noche. Necesito salir de su voz. Su voz es un rincón sin paredes que me asfixia y me arroja a los infiernos. Salgo de mi dormitorio abuhardillado donde duerme mi hijo Amós y la mujer que quiero. Ellos no pueden salvarme de mí mismo. El amor no sabe limpiar, no puede limpiar las chimeneas del alma bajo las que arden los maderos secos de Paul Celan y de seis millones de seres esfumados. ¿Qué hubiera hecho yo de haber vivido en el entonces? Habría escogido el destino del burrito del Giotto, que carga con Aquél que ha echado sobre sus espaldas el dolor del mundo? ¿O habría sido como el perro que yace bajo el mantel de la última cena que pintara El Veronés, ansioso por coger entre sus fauces la migaja de pan que le arroja su amo y retrasar su propia muerte por el camino del sometimiento? ¿Habría sido yo de los que señalaban con una cruz el nombre de los que iban a morir? ¿O habría sido yo el gaseado número 358? Ahora es fácil decirlo. Pero las víctimas del Reich, y los verdugos, eran seres como tú, y como yo. Son apenas del ayer. Podrían ser como el abuelo que nos ofrece un cantero de pan pringado de aceite. Como el tendero que nos vende la fruta al mejor precio. Como el cartero que nos hace llegar las sobres oscuros de un amor que acaso sólo fuera un espejismo.
En madrugadas así, los libros no dejan de mirarme con los ojos abiertos y redondos como los de una becerra que ignora adónde va. Está oscuro, y tanteo sus lomos. Con el tacto de los ciegos..

jueves, 5 de julio de 2007

En torno a Paul Celan

Luis Vence, Dogma.


“¡Pueblos de la tierra, que no haya quien diga muerte al
hablar de vida, o quien diga sangre al hablar de cuna..."!

Estas palabras resonaron en las conciencias de toda Europa cuando Nelly Sachs murió el 12 de mayo de 1970. Quiso el destino que, ese mismo día, unos operarios encontraran flotando en el Sena el cadáver de quien, en vida, había logrado como ella hacer del lenguaje el único refugio: su gran amigo, su amigo del alma Paul Celan (1920-1970). Aplastado por la «memoria» del dolor, por el sentimiento de culpa ante el hecho de haber sobrevivido a la Catástrofe y por la «conciencia» de saberse condenado a "seguir viviendo para consumar el destino del espíritu judío en Europa”, el poeta había dejado escrito sobre su mesa de trabajo, inmediatamente antes de arrojarse desde el puente Mirabeau, que "a veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo del corazón". El hombre que se sabía destinado a yacer en una fosa común, lo hace ahora -tal vez a su pesar- en el cementerio parisino de Thiais, en una fosa propia."
Ayer, cuando me dejaba llevar por las estremecedoras creaciones de Luis Vence -del que hemos querido humildemente recoger aquí algunas composiciones, pero cuya Galería personal puede visitarse cuando se desee- me quedé literalmente cegado por su inquitante Tregua. Esa reluciente mancha roja que mana de la mano crispada del crucificado me recordó las palabras que dediqué a Paul Celan en el prólogo de una antología de la poesía del Holocausto en que llevo trabajando desde hace algunos años, y del que he querido recoger el comienzo para abrir las puertas de esta confesión. Convertida en un latigazo de la propia conciencia ante la dilatada lentitud que mi inseguridad está imprimiendo a la edición, de una vez por todas, de esa antología que llevará por título Negra leche del alba, la majestuosa visión del gran fotógrafo español me condujo, de cabeza, a uno de los poemas más sobrecogedores del poeta alemán, a ese legendario «Tenebrae» que hemos querido recoger de nuevo aquí, con un tridente en las axilas.
Escrito en la primavera de 1957, Celán nos dibuja un cuadro sombrío muy ligado al tenebrismo barroco, tomando como referencia fundamental uno de los momentos culminantes de la mitología crística, la crucifixión de Jesús. Sin embargo, esa referencia comparte espacio con el otro protagonista del lienzo, el pueblo judío exterminado, cuya presencia no tiene precisamente nada que ver con el grupo de dolientes orantes tan común en la iconografía cristiana. La escena, por el contrario, se configura –al modo de una pieza dramática de gran poder visual– como un verdadero "juicio de la verdad" en el que se realiza un durísimo encuentro entre, por un lado, el Hijo de Dios –cuya muerte sentó las bases del mito cristiano del "pueblo deicida"– y, por otro, ese mismo pueblo que fue visto como el responsable último de su crucifixión y que aparece ahora en escena como un "nosotros" exterminado que ha levantado la voz y no deja de mirarle. No hay odio aquí, no hay venganza tampoco. Nadie reclama nada, nadie pide nada. Sólo existe un Cristo que ha de enfrentarse, desde su propia cruz, con la presencia del espíritu encorvado de los seis millones de muertos que fueron sacrificados en su nombre por quienes le adoraron, y que han venido al cuadro para contemplarle cara a cara y recordarle que ellos son, sí, "la sangre que derramaste, Señor".
La extrema sobriedad del lenguaje poético, las reiteraciones constantes, los encabalgamientos agresivos y esa sobrecogedora atmósfera de luces y de sombras hacen de este lienzo de Celan un paisaje cruzado por silenciosos lanzazos de dolor, en el que el momento decisivo de la escena es ese "ruéganos, señor, / estamos cerca": no es Jesús el que, elevándose sobre los clavos que le atraviesan, levanta a la cabeza y ruega a su Padre el perdón para los judíos que le han crucificado: es el mismo Jesús el que, inclinando su cabeza coronada de espinas, ruega e implora el perdón para sí mismo a esa “sangre que reluce”, a esos seis millones de judíos inhumanamente asesinados en su nombre... Las poco más de cien palabras de «Tenebrae» hacen de él el juicio moral más silencioso, dramático y extremo al que se haya enfrentado nunca la civilización cristiana.
El poema, que nos devuelve -de nuevo- a ese estupendo artículo que Juan Ramón Mansilla nos ofreció sobre los orígenes cristianos del Holocausto, y que tuvimos no hace mucho el honor de editar aquí, no ocupa por entero el espacio al que señala el doliente dedo de Paul Celan, como tampoco cierra el lienzo de las responsabilidades morales ante el más gigantesco genocidio perpetrado jamás en parte alguna. Su más temprano grito frente a aquella barbaria apocalípca, su «Todesfuge» o «Fuga de la muerte», apuntaba, de hecho, hacia otro lado. El poema, que después de superar el mucho pudor hemos querido recoger en este mismo lugar, lo hace -desde luego- hacia la civilización alemana y, en un sentido mucho más amplio, al conjunto de la civilización de Occidente.



Fue compuesto en 1946, y no precisamente sobre la base de su propia experiencia personal, sino después de que el poeta hubiera tenido conocimiento de la costumbre –inaudita y delirante– instaurada por los oficiales de las S.S. de hacer acompañar con música orquestal –ejecutada por los propios judíos confinados– a aquellos otros que cavaban con sus palas la tumba común."Hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar / (...) / que suene más dulce la muerte”. Con esta paradoja, Celan quería mostrar la grotesca perversión en que había incurrido la Alemania nazi al negar los valores más elementales del espíritu humano en su intento de poner en conexión el orden y la nada y de otorgar armonía a la extrema aflicción. Las continuas reiteraciones del poema, sus ariscados encabalgamientos, los puntos y contrapuntos de su ritmo y su extrema musicalidad son ejemplos vivos en sí mismos de esta grotesca paradoja. La misma grotesca paradoja de esa "Leche negra" que "bebemos y bebemos", sobrecogedora metáfora que nos pone en relación con la eternidad del drama judío y que, para vergüenza del surrealismo, era la leche previamente ennegrecida por los alemanes para alimentar realmente a los cautivos. La misma grotesca paradoja de una “tumba en el cielo”, donde hay un espacio ancho para los que han de morir bajo el dulce compás de los violines y las flautas...Era imposible expresar lo imposible de otro modo. Y es que el lenguaje figurativo no podía representar lo que era inexpresable: solo había lugar para la racionalidad de la "irracionalidad", sólo había lugar para la metáfora, para esa "negra leche del alba" que "bebemos de tarde"...Lo demás es silencio, es sólo silencio lo que queda...



Tal vez sea este un buen momento para recapitular sobre la obra de Paul Celan, del que a falta de las reflexiones y traducciones -esperadísimas- de Arnau Pons, tenemos una muy sucinta y completa biografía redactada por Carlos Ortega, «Que nadie testifique por el testigo», que aparece como prólogo al grueso volumen que en el año 2002 Ediciones Trotta dedicó a las Obras completas de Paul Celan, traducida por José Luis Reina Palazón. Ese mismo año, y también de la mano de la misma editorial, John Felstiner publicó una excelente y muy amplia biografía con el título de Paul Celan. Poeta. Superviviente. Judío. Del gran poeta alemán tenemos numerosas obras traducidas al castellano. Juan Francisco Elvira-Hernández nos regaló, por ejemplo, Rejas del lenguaje (1957) y La rosa de nadie (1963), que fueron editadas por Piedrahita Editores en 1974 y 1976 respectivamente. Felipe Boso hizo lo propio en 1983 con Cambio de aliento, para la editorial madrileña Cátedra. En 1985, Jesús Munárriz tradujo y publicó en su editorial Hiperión Amapola y Memoria y De umbral en umbral. Y en 1999, Ela María Fernández Palacios editó en la madrileña Visor Hebras de sol. Y la hebra sigue...

sábado, 30 de junio de 2007

Neus Aguado

Autor desconocido


ARDOR DE NIEVE

No hace mucho tiempo, cuando me dejaba arrastrar por mis toscas botas de campo en medio de la primavera, entre los feraces trigales de La Mancha, encontré en el Sintagma in blue de Pura Salceda una hermosísima fotografía de ese joven maestro de la nikón que es Darren Holmes, con la que la autora de A Ollada de Astarté había querido ilustrar un hermoso poema de Margalit Matitiahu y ese Encuentro de Escritores pacifistas de Maghar en el que un puñado de poetas árabes y judíos, reunidos en torno a una misma mesa en la bella aldea galilea, habían decidido enseñar sus mandíbulas batientes a los fantasmas del totalitarismo, precisamente en el mes que todos los semitas llaman de "nissan", y que señala el tiempo de la resurección de la vida y de las pequeñas cosas.
A poco de entrar en sus ensoñaciones, quedé aboslutamente fascinado por ese equilibrio imposible con que el fotógrafo canadiense procuraba amansar voluntariosamente el expresionismo radical de muchas de sus emociones interiores, aherrojándolas en composiciones casi perfectas y dotándolas de un delicado simbolismo. Muchas de aquellas creaciones convocaron en mi memoria los momentos sombríos en que llegaron a mis manos los versos de Aldebarán, desde cuya lectura, allá por el 2000, raro ha sido el día en que el nombre de Neus Aguado ha abandonado mi mesita de noche para colgarse del polvo o para dormir tranquilo y olvidado en un estante de la biblioteca.
Como la de Darren Holmes, la voz de esta poeta de origen argentino pero catalana de vocación parecía llegar desde una cárcava oculta en las oscuridades del alma, vertiginosa y desmedida; sus versos de la cotidianidad iban y venían con la furia de esas marabuntas de caballos que flotan por los montes cántabros y astures en la primavera, y sólo a duras penas podía Neus ponerlos bajo su control. Cuando lo conseguía, ay, cuando lo conseguía, la voz de Neus Aguado parecía un oráculo más que la voz de una mortal. Esa era la Neus que a mí me fascinaba, la que era capaz de contener una tormenta en una fragilísima copa de cristal como las que -a poco que se las observe- amenazan con su lluvia bajo la serenísima quietud con que el gran La Tour sabía dibujarnos sus mujeres. Su poesía se situaba entonces en ese momento de máxima tensión en la que algo parece estar a punto de ocurrir pero en modo alguno lo ha hecho todavía: un momento éste de enorme plasticidad, como la de esos perros de caza que, advertida la pieza, estiran la cauda y las orejas y adelantan su pata y su pezuña para quedarse quietos, en ese instante justo en que el perro se sabe preparado para atacar pero no ha escuchado todavía el silbo de su amo...
Recuerdo aquel día en que, de la mano de Juan Ramón Mansilla, Francisco Mora y de mí mismo, El Toro de Barro se presentaba en el Ateneo barcelonés, en el que habría de ser un acto realmente multitudinario. Comíamos juntos en su cafetería Pilar Gómez Bedate y -con su esposa- José Luis Giménez Frontín, cuando Neus Aguado apareció de pronto. Salvo algunas fotografías antiguas -como la editada a principios de los años ochenta en la ahora legendaria antología de Las diosas blancas por Jesús Munárriz-, y dejando su obra a un lado, apenas sí sabía nada de ella, pero estaba claro que aquella mujer de feraz brillo en los ojos que atravesó con humildad la puerta elegantemente protegida por en un abrigo marrón, no podía ser otra que la dueña de la mano que escribiera Aldebarán...
No sé si fue cosa de esa admiración que suele sentir quien, antes de editor, no ha sido otra cosa que un lector empedernido que se merendó por primera vez a Dante en una majada de ovejas; o acaso fuera el exceso de responsabilidad que supone presentar el sueño editorial de mi amigo Carlos de la Rica -que yo hacía lo posible para hacer mío sin que me sobrepasara- en la más prestigiosa institución literaria de su amada Barcelona. No lo sé, pero lo cierto es que no me fue nada fácil elevar los ojos más allá del suelo. Hubo de llegar la noche en el café La Ópera para que, al cabo de un caliente chocolate bien regado con cava muy "brut" de San Sadurní, comenzara a ver posible lo que, hasta entonces, no habío sido otra cosa que -otro más- un sueño tan sólo difícilmente realizable...
El sueño comenzó a cumplirse cuando, allá por el año 2002, edité en los Cuadernos del Mediterráneo, pero Entre leones, a esa Neus desmedida a la que intentar embridar parecía una locura tan solemene como inútil. Eso me diría yo hasta que, bien entrado el 2004, me llegó a las manos su Intimidad de la fiebre. En ella estaba, sí, la Neus que más me fascinaba: la mujer La Tour, la voz venida de otro tiempo para hablarnos desde este nuestro tiempo, al modo de una confesión, de su propia orfandad y de sus pérdidas. Sus páginas salieron a la luz en el año 2005, cuando las cuernas del Toro parecían tocar el cielo con su punta, sin percatarse aún de que, bajo el suelo aparentemente sólido que aguantaba sus pezuñas, se estaba abriendo una sima para la que no había puentes, una silenciosa fauce que, una vez abierta, tardaría en cerrarse, como una terca y dolorosa cicatriz...


Carlos Morales

De Neus Aguado el lector puede hallar aquí su
biografía, así como una breve selección de sus poemas.

jueves, 21 de junio de 2007

En torno a José Corredor-Matheos...


SERENIDADE...

Con este suave y extenso Resplandor, El Toro de Barro ha querido hoy de nuevo empinar la cuerna al paso del poeta español José Corredor-Matheos, tal y como ya lo hicimos allá por al año 2005 cuando, poco antes de que recibiera con el Premio Nacional de Poesía uno de los máximos galardones de las letras españolas, quiso El Toro rendir en él un cálido homenaje al espíritu de la individualidad, editando a comienzos de ese mismo año una antología de su obra poética con uno de sus más hermosos versos como título –Deja volar la pluma en el paisaje–.
Lo que realmente nos sigue seduciendo de él, aparte de su escritura, es la delicada sabiduría con la que el autor de las ya legendarias Cartas a Li Po ha sabido hacer suyas, desde que allá por los años cincuenta agitara las aldabas del mundo literario, las necesidades éticas y estéticas de todas las generaciones con las que le fue dado convivir, sin dejarse arrastrar en modo alguno por ninguna suerte de espíritu gregario a territorios que no fueran los propios de su mundo interior.
Sometida a una extrema liviandad; aligerada de las perturbaciones que dejan a su paso los excesos emocionales, y voluntariamente alejada de toda retórica, la poesía de José Corredor-Matheos encontró primero su origen primigenio en la contemplación de esos espacios de la realidad de los que, siéndonos invisibles, sólo podemos escuchar su sordo rumor amenazante, para hallarlo, más tarde, en el planeta fecundo de esas pequeñas cosas por las que nadie pregunta, y a las que ya nada espera. De la inquietud, no por templada menos pavorosa, de sus primeros poemarios –los de los tiempos difíciles–, su poesía pasó –a partir de los setenta– a instalarse en una suavísima serenidad heredadada de la práctica de las filosofías orientales, y que acaba siendo propia de quien se sabe engarzado milagrosamente, y como una cuenta más, a ese humilde collar de las pequeñas cosas que no conviene tocar para que su belleza cante.
Su palabra nos limpia las habitaciones más oscuras de nuestro corazón, pero lo hace con la levedad de un visillo de seda que nos roza la frente cuando el aire lo besa en una de esas largas tardes del verano manchego en que la brisa se atreve a pasar por las ventanas. De ahí el tono particularísimo de su poesía, que haca de la suya una de las voces más insólitas y reconocibles de la literatura española contemporánea.
La impresionante visión de un atleta corriendo a solas al amanecer bajo el ruidoso silencio de un estadio vacío, que el poeta utiliza para abrir la puerta de su propio mundo a los lectores, es en sí misma la gran metáfora de la soledad de un hombre que, sin dejar de ser del tiempo, fue lu suficientemente sabio como para no dejarse seducir por él; y la de un poeta que ha sabido esperar su momento con paciente quietud haciendo mucho de lo poco -que lo es todo- con la alegría de quien sabe que el vivir es el único privilegio que merece la pena ser gozado.
Dos entrevistas concedidas por el manchego a Luis Luna y a Alberto Hernando y que fueron publicadas en el Blog de Escritores y Letras Libres con motivo de su consecución del Premio Nacional de Poesía en el año 2005, son sobradamente elocuentes de esa sed de lo absoluto que abrasa el espíritu de José Corredor-Matheos y de esa necesidad suya -y tan nuestra- de que la palabra sea capaz de trascender el tiempo para que, siendo de un tiempo, también lo sea de todos.

"El tiempo -nos dice- y el espacio en los que arranca el poema –como escribió Goethe– están siempre presentes de algún modo, pero creo también que han de ser trascendidos; sólo así puede interesar el poema donde esas coordenadas son otras. La poesía brota de niveles de la psique en que espacio y tiempo no son los de la vida cotidiana. Eso no supone inhibirse de la historia ni de la sociedad, sino operar en profundidad. El mundo en que vivimos, además, se transforma constantemente, y si el poema aprehende el instante con el ánimo y el ámbito de los medios de información, su interés caduca con la misma rapidez con que éstos se consumen. No creo que trascender el propio tiempo sea inhibirse y sí creo, en cambio, que limitarse a reflejarlo supone una autolimitación y una inhibición cara a la conciencia de nuestros problemas esenciales, que son los mismos que los que tendrán los seres humanos que nos han de suceder. Si nos siguen alimentando Sófocles, Cervantes y Shakespeare es porque están hablando también de nosotros y sus obras no se agotaron en su tiempo."

Con todos estos mimbres, y después de algunos años de cuernas melancólicas, quiere El Toro que aquí quede, en este menudo recuento que ofrecemos a nuestros lectores, la selladura tardía de un pacto con la sabiduría del alma y la bondad de espíritu de uno de los pocos maestros que aún nos quedan, y a quién El Toro reconoce como propio....

Carlos Morales


(Los enlaces directos están en el propio texto, y en colores más oscuros)

martes, 19 de junio de 2007

En torno a José Ángel Cilleruelo

Pocos poetas como José Ángel Cilleruelo han sabido rescatar el resplandor del lado más oscuro de la cotidianidad en una poesía urbana que, como la suya y en palabras de José Luis Morante, ha procurado sacralizar siempre “la conciencia de un esplendor efímero que anuncia mudanza y devastación y la recreación de escenas que protagonizan sombras anónimas, posadas un instante en los sentidos”. Recogida en una antología publicada por El Toro de Barro, allá por el año 2005, con el título de Domicilios, la poesía del que Dionisia García definió como el genuino "poeta de la ciudad" nos sitúa frente a una gran pintura en el que el gran protagonista es, según Eduardo Moga, “el lento camino de la desposesión” de un hombre eternamente sólo y perdido en los laberintos de todas las ciudades de este mundo. Sin embargo, y aunque formó parte activa de esa gigantesca marea rehumanizadora con que los partidarios de la realidad agitaron, en los años ochenta, los cimientos de la poesía española, no toda la obra de Cilleruelo puede entenderse situándola en los márgenes concretos de la estética del realismo. Y, tal vez, esa voluntad de “innovación dentro del funcionamiento del principio de realidad” sobre la que reflexiona Joaquim Manuel Magalhães, fuera la que, a la postre, y como muy bien ha señalado Valter Hugo Mãe en una breve reseña publicada en su día en Portugal, llevó al gran poeta catalán a esa posición de relativa marginalidad con que los liderazgos de las mayorías sociales suelen premiar sus desafectos. Y esto es, precisamente, lo que, al arriesgarnos por alguno de sus Túneles o al contemplarnos los ojos en El espejo del fondo, El Toro de Barro ha querido corregir con las afiladas y también tranquilas puntas de su cuerna, al modo de una señal de que, sin dejar de serlo, la realidad puede atravesar tranquilamente las puertas de la intemporalidad y de la literatura.

Carlos Morales

jueves, 7 de junio de 2007

Los mugidos de El Toro

Jorge García


LOS TERRITORIOS DE
EL TORO DE BARRO


Hemos querido dar comienzo a esta aventura literaria por esta tela de araña que la red nos parece, prestando a la Shoa una gran parte de nuestro espacio para la reflexión: abren la senda la voz de algunos de los 131 niños que tuvieron la fortuna de sobrevivir a Auschwitz, y cuyo sobrecogedor testimonio hemos obtenido de La cicatriz del humo, la novela de la escritora israelí Amela Einat con la que El Toro de Barro inició, en el año 2003, la Biblioteca Internacional del Holocausto. y de la que , en su día, el prestigioso crítico literario José Luís García Martín se hizo eco en el diario La Razón. En este mismo orden de cosas, el poeta e historiador Juan Ramón Mansilla se enfrenta en dos demoledores artículos a quienes, comparándolo con el totalitarismo comunista, intentan ocultar que el Holocuasto fue el genocidio más terrible de la Historia de la Humanidad, cuyos orígenes cristianos él mismo se encarga de recordarnos. También Carlos Morales se adentra en las alambradas de Auschwitz, criticando con dureza las corrientes historiográficas que contemplan la Shoa como un efecto colateral o como una mera consecuencia de la II Gran Guerra Mundial. Además, en una entrevista de Norberto Luis Romero para la revista Europa Plurilingüe, el autor de Coexistence (2002) se acerca a la pervivencia del antisemitismo en Occidente, al tiempo que, en dos sendos artículos, reflexiona sobre el silencio del Islam ante los fenómenos totalitarios nacidos de su vientre y sobre capacidad del mundo islámico para desarrollar en su seno el espíritu de la democracia. También nos parece muy relevante la aportación del gran poeta catalán Carles Duarte sobre la respuesta ante el bilingüismo por parte de la poesía catalana. Y tampoco queremos olvidar la "lembrança" que hace la mexicana Irene Zamorano Cruz sobre las luces y las sombras arrojadas por los Encuentros de Maghar que lograron reunir por octava vez consecutiva en abril y mayo de 2007 a poetas hebreos y árabes de Palestina, Jordania y Galilea.


LA POESÍA DE EL TORO DE BARRO


El catalán Carles Duarte nos ofrece una breve selección de El Dios de la Ternura, publicado en el año 2005 por El Toro de Barro en su colección Cuadernos del Mediterráneo. Mercedes Escolano se acerca a los laberintos urbanos y a las sendas de un cementerio romano para acercarnos a sus Malos Tiempos y sus inolvidables Estelas. Con su palabra culpable, la poeta libanesa Sabah Zwein marca distancias con la poesía árabe contemporánea, mientras el recordado poeta de Israel Nathán Yonathán, que falleció un día después de los atentados del 11 de marzo en Madrid, parece esperarnos al final del camino, al lado de esa piedra que siempre está aguardando a los valientes y a los tempestuosos. La poeta sefardí de Jersualén, Michal Held nos ofrece una isla de las granadas encintas de melancolía; el español Juan Ramón Mansilla nos aprisiona en la angustiosa tela de araña de todos los días, y el poeta turco Üzeyr Lokman Çayci deja de ser cazador para convertirse en El guía de los pájaros. Cierran nuestro periplo algunas reflexiones críticas sobre algunos títulos capitales en la Historia de El Toro de Barro. Francisco Corrales y Sabas Martín nos sitúan en esos Días rotos con los que Juan Ramón Mansilla arrancó, en el año 2000, su Carrera literaria; José Luis García Martín nos acercan a Amela Einat y a su novela La cicatriz del humo, y Edit Dahán celebra la versión que, en el año 2003, hizo del Cantar de los Cantares el poeta Carlos Morales, quien se detiene por su parte frente a Pura Salceda y su Ollada de Astarté.


(Los enlaces, en letras más oscuras)